Renovar el NIE es una tortura burocrática racista

Hasta tres años de trámites para conseguir un trozo de plástico que, en cualquier caso, no dice quién soy

Si ahora saliera a la calle y me parara la policía sería una indocumentada porque perdí mi tarjeta de identidad. Una situación cuya solución es fácil y rápida en el caso de que esa tarjeta sea un DNI, pero que se convierte en una tortura si tienes un número de identidad de extranjera. Mi caso. En consecuencia, pasé dos semanas como Astérix y Obélix en La casa que enloquece, donde los galos tiene que pasar 12 pruebas infinitas para demostrar a los romanos que son humanos. Hice colas para informarme, como si fuera la patata caliente de Grand Prix: a un microsegundo de estallar a medida que acumulaba horas yendo de una institución a otra.

El precalentamiento vino cuando fui a la comisaría para poner una denuncia de pérdida de la Tarjeta de Identidad de Extranjera. La llamada TIE. Con esa declaración se suponía que tenía luz verde para culminar unos trámites pendientes pero, ¡sorpresa!, me dijeron que necesitaban saber el tipo de permiso de residencia que tenía aprobada en España: temporal o permanente. Nacida aquí, el mío es permanente pero aun así me mandaron a comisaría donde me dijeron que no tenían modo de saber si yo era ilegal. Esas competencias, me indicaron, las gestiona Extranjería.

Tras pedir otra cita, esta vez en la otra punta de Madrid, fui para que me indicaran exactamente qué hacer. Allí me dijeron que para acreditar mi estatus tenía que pedir una nueva cita previa, llevar el expediente EX15 (original y copia), llevar mi pasaporte (original y copia); llevar la denuncia (original y copia); pagar la tasa 790, código 012 y que en torno a una semana dispondría del certificado.

Me preguntaron si tenía también cita para duplicar la TIE. Y mi respuesta fue que me pedían el Santo Grial. Lo había intentado en numerosas ocasiones y me fue imposible. Como a mí esto mismo le pasó a quienes se manifestaron en octubre del año pasado gritando "sin citas no hay derecho" en Madrid. Este embudo de trámites y falta de citas se debe a una disminución de oficinas, me comenta Álvaro González, colaborador legal de SOS Racismo. Apoya la línea de su observación las quejas de la Asociación Catalana de Profesionales de Extranjería que ya en 2010, ante el Defensor del Pueblo, denunció el cese de autorizaciones de retorno. En diciembre de 2018 ocurrió que las solicitudes de asilo se demoraron casi un año sin motivo aparente. 

En mi caso, cuando expliqué que había perdido la TIE me advirtieron de que se alargaría el proceso. Y supe además que existía un cierto trapicheo. Lo comprobé al leer a la subdelegación del Gobierno que señaló a los locutorios e incluso dijo que una misma IP se había hecho con 12.000 citas. María del Mar López Álvarez, subdirectora adjunta de Nacionalidad y Estado Civil de la DGRN, apuntó en cambio a la falta de personal, llegando a afirmar en mayo de 2018 que con 30 funcionarios más en seis meses resolvía la cuestión.

Esta tortuga burocrática me ha salpicado en primera persona pero tiene consecuencias a muchos niveles: hay personas que esperan a ser reconocidas como refugiadas y otras que, como mi amiga Natalia, llegaron en situación irregular, tuvieron que estar tres años aquí y pasado ese tiempo tramitar su tarjeta de residencia temporal para acceder oficialmente al mundo laboral. Sin esa tarjeta no podía salir del bucle de precariedad absoluta. Con el tiempo optó además por la nacionalidad española. 

Natalia me confiesa que se precipitó a nacionalizarse por el miedo a superar los diez meses fuera de nuestras fronteras en un margen de cinco o diez años corriendo el riesgo de no poder volver. Safia Elaaddam, con quien hablé en 2019 por su campaña de #TeCedoMiVoto, me contó en su día que estaba esperando desde hacía varios años a tener un DNI porque existía un enorme estancamiento a la hora de finiquitar estos trámites. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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En 2018 por ejemplo empezaron a resolver expedientes cuyos trámites se iniciaron, por parte de los ciudadanos, en 2015. Quizás así se entiende mejor que de 2013 a 2018 haya registrada una aparente caída de adquisición de nacionalidad española por parte de migrantes a nivel burocrático. Las cifras muestran que en cinco años se pasó de casi 226.000 a casi 91.000 casos. Y según el INE, el primer bajón fue en 2015.

Yo soy hija de migrantes y con esta reciente dificultad que he vivido para conseguir el duplicado de la TIE me planteo lo práctico que es tener DNI. Por ahora mantengo la nacionalidad china (a la que tendría que renunciar para ser española) porque es mi modo de visibilizar que el artículo 17 del Código Civil me asignó una pertenencia por sangre, no por lugar de crianza. Ser leída como extranjera por la administración me hace empatizar con las situaciones que han afrontado mis padres y las barreras que aún a día de hoy combaten muches vistes como “gente de fuera”. Es mi modo de mostrar una realidad que considero cada vez más multicultural y fluida. Un trozo de plástico no define quién soy. O cómo me siento. A pesar de que se te impongan ciertas desventajas e incomodidades.