La estafa de los tomates bio que nos hemos tragado todos los hipsters de Europa

La agricultura orgánica ya es también agricultura intensiva, antiecológica y corrosiva. Ser consumidor es cada vez una tarea más exigente

Primero fueron las fresas y ahora el tomate bio. Un diario extranjero, en este caso el francés Le Monde, acaba de publicar una investigación sobre las condiciones de los trabajadores que cultivan en España los productos con la cotizada etiqueta: frutas y verduras respetuosas con el medio ambiente y con tu propio cuerpo porque no llevan químicos, pero una humillación para quienes los cultivan. Es una metáfora de cómo consumimos y lo tenemos a pocos cientos de kilómetros (y en muchos casos, menos) de nuestras casas. ¿Cuántas veces no te has sentido mejor por pagar un poco más por una verdura imaginando que una campesina sonriente la había colocado en esa bandeja?

España ya es el principal productor de alimentación bio de Europa, y la etiqueta se paga. Se paga en la caja, pero no tanto a los trabajadores que se dedican a cultivar las casi 50.000 toneladas de tomates salieron de Almería en el último año. Un paseo por algunas zonas de la provincia basta para ver a los jornaleros protestando bajo las ventanas de sus jefes intentando cobrar el salario. "Tomates bio sí, pero con derechos", dice una de las pancartas, según cuenta el reportaje, que no pudo entrar en los campos de cultivo porque las empresas se reservaban el derecho a modificar su texto a su antojo si le concedían el acceso. Los casos también se acumulan en los tribunales.

Lo llaman ‘el huerto de Europa’: 33.000 hectáreas (47.134 estadios de fútbol, especifica el artículo) en Almería inundadas por un mar de plástico. Una décima parte se dedica al bio, y creciendo. Tres cuartas partes se comercializan en el extranjero, Alemania a la cabeza. El reclamo de Almería, que ya se ha coronado como "el huerto de Europa", es contundente: "el 100% de los tomates, también los tradicionales, son polinizados sin productos químicos por abejas; el 100% de los tomates son regados por un sistema de riego gota a gota único en el mundo que permite reducir drásticamente el consumo de agua; el 100% del plástico de los invernaderos es reciclado; 100% de los trabajadores gozan de buenas condiciones laborales", dice el reportaje citando a uno de los empresarios. Pero estos últimos lo ponen en duda: primero, sus condiciones y segundo, que el origen de los tomates sea totalmente orgánico.

Seleccionar 130 palets de tomates en media hora. 302 horas en un mes recolectando tomates. 35 euros al día. Los testimonios son aterradores. Súmale el calorazo que hace en Almería y más aún debajo de los invernaderos. "La persona que se vaya al baño sin avisar, se puede ir directamente a su casa. Y nos vemos en los tribunales", decía la jefa de una mujer marroquí que se atrevió a grabarla en vídeo. La pausa reglamentaria para ir al baño: seis minutos al día. También muestran manchas en su cuerpo provocadas por el uso excesivo de azufre, permitido para fumigar en los cultivos bio.

Las empresas tienen nombres: Luis Andujar, Bio Sabor, Campojoyma... pero también Lidl o Aldi al otro lado de la ecuación. Los organismos que ponen las etiquetas están empezando a darse cuenta de que sus controles son insuficientes e hipócritas. No solo por la mano de obra: los sindicatos calculan que hay entre 80.000 y 100.000 jornaleros, un tercio de ellos indocumentados, y que el 40% de sus sueldos (unos 50 millones de euros) se queda en la economía sumergida. Sino también porque un producto que se considera respetuoso con el medio ambiente se cultiva en una provincia con déficit crónico de agua. Es la zona con más sol de Europa, pero también en la que menos llueve y con una biodiversidad menguante. La agricultura orgánica ya es también agricultura intensiva, antiecológica y corrosiva. Ser consumidor es cada vez una tarea más exigente, pero también nuestra obligación.