Nadie nos está contando que el efecto secundario de esta crisis serán los suicidios

Hace un año, una llamada me salvó la vida. La única forma que tengo de darles las gracias a la persona que me atendió es visibilizar su trabajo

Salimos el confinamiento como quien sale de un búnker después de un bombardeo, con la ilusión de reconciliarnos con una vieja normalidad teñida de la crudeza que supone darnos cuenta de que nada volverá a ser igual. A muchas personas nos falta el trabajo, nuestros ingresos mensuales, personas que han desaparecido, espacios que compartíamos y demás factores que daban sentido a nuestro día a día.

El impacto del Covid-19 en la sociedad es mucho más profundo que el número de muertes o contagios producidos por el virus. El pasado mayo, la ONU y la OMS alertaron sobre los efectos en la salud emocional y mental de la población debido a la pandemia.

A principios de agosto, el Ayuntamiento de Barcelona anunciaba que, para dar respuesta a los efectos emocionales provocados por la pandemia, sumaban un millón y medio de euros a los 640.000 euros que ya estaban destinados a programas de salud mental, dado que el suicidio es la primera causa de muerte en hombres de entre 15 a 44 años y la segunda en mujeres, en la ciudad condal.

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Las causas sociales que empujan a una persona a suicidarse quedan ocultas por el propio tabú del suicidio, pero el vínculo existe. En 2018, la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), publicó una larga lista de artículos en prensa sobre suicidios por desahucios debidos al impago de la hipoteca. Y, aun así, faltaría contabilizar todos aquellos casos que los medios no publicaron, aquellos que no podían pagar el alquiler, a los que despidieron de la noche a la mañana, a los embargados con deudas, etc. Y es que no existe ningún organismo oficial que estudie los motivos sociales detrás de un suicidio, siendo éste el doble de mortal que los accidentes de tráfico. 

¿Os imagináis una DGT de la salud mental? 

Yo fantaseo con ello.

Esta semana se cumple un año desde que una llamada telefónica, literalmente, salvó mi vida. Nunca sabré quién fue que me ayudó. Es extraño estar tan agradecida con alguien que no conoces. El número era el 717.003.717, el Teléfono de la Esperanza, que durante el Estado de Alarma ha atendido 47.401 llamadas, un 50% más que el año anterior durante el mismo periodo. La entidad, a causa del impacto por el Covid-19 lanzó el programa Comparte Vida y un curso online gratuito para manejar el estrés durante esta crisis.

De momento, el incremento de suicidios estos meses es solo “hipotético” y lo más seguro es que no lleguemos a conocer cuántas personas se suicidaron debido a la crisis del Covid-19. Desde 2007, el INE (Instituto Nacional de Estadística) no recoge información sobre las tentativas o el acto del suicidio con todas las circunstancias de tipo social que pudieran tener interés. 

Pero no seamos tan naive como el sistema que nos oculta datos relevantes detrás de tabús. La realidad es que:

  • El suicidio es una de las principales causas de muerte en todo el mundo.
  • La incertidumbre, los despidos, los ERTES, los impagos y la dificultad para pagar alquiler aumentan el número de casos de depresión y ansiedad. 
  • La tramitación de los expedientes de concesión del IMV (Ingreso Mínimo Vital) que se puso en marcha a mediados del pasado mes de junio se han parado.
  • Las llamadas a teléfonos para la prevención al suicidio han aumentado significativamente debido a la crisis del Covid-19.
  • Las crisis sociales y la inestabilidad económica están vinculadas al suicidio (pese a que fuentes oficiales hayan dejado de estudiarlas).

Jamás conoceré a la persona que me ayudó por teléfono en un momento de desesperación tan íntimo y doloroso. Pero mi forma de darle las gracias es visibilizar el suicidio y el gran trabajo que desarrollan las entidades y las personas voluntarias que luchan en esta guerra oculta. Los suicidios son muertes evitables, pero se necesita un compromiso firme por parte de organismos gubernamentales, más recursos económicos, inversión pública y privada destinada a la investigación, a las ONG’s, a profesionales, a expertxs, a recursos sanitarios y educativos, y, sobre todo, a una comunicación que combata el estigma.

Solemos echar la culpa a los políticos y quedarnos tan anchxs, pero la salud mental no pertenece solo a una parte de la población, nos afecta a todxs por igual, todas las personas tenemos una salud mental de la que cuidar y cada vez somos más personas las que nos encontramos en situaciones en que nuestra estabilidad emocional tambalea por causas sistémicas (despidos, precio del alquiler, deudas, desigualdad social, impagos de subsidios, etc.) que nos dejan desprotedigxs ante un mundo que, además, estigmatiza la depresión y el suicidio.

Reconozcamos nuestra vulnerabilidad, visibilizándola y luchando por nuestros derechos. Participemos y apoyemos a entidades de salud mental, si no podemos con donaciones o voluntariado, compartiendo noticias, apoyando a personas que pasan por momentos complicados, no señalando o estigmatizando al enfermo mental y a su familia, hablando abiertamente sobre ello, pidiendo ayuda si la necesitamos, y, en definitiva, cuidándonos.