Los campos de ‘reeducación’ con los que China quiere suprimir a los musulmanes

Mirar vídeos en un móvil o tener WhatsApp podría ser motivo suficiente como para acabar en estos campos, ensombrecidos por las acusaciones de torturas, trabajos forzados y lavado de cerebro

En 2015 no era más que un enorme campo desértico en medio de la estepa china. Tres años después, en 2018, estaba ocupado por centros ultravigilados de carácter militar. Todos los periodistas que han ido a investigarlos se han topado con lo mismo: hermetismo e impedimentos gubernamentales. “En el preciso momento en que salimos de la terminal, una caravana de cinco vehículos nos persigue, con varios policías y funcionarios chinos a bordo. Queda claro que nuestro plan de visitar al menos una docena de lugares que podrían ser campos de detención en el curso de los próximos días no va a ser fácil”, relata el periodista de la BBC, John Sudworth.

Estos centros de nueva construcción son los campos de detención y reeducación de Xinjiang, región china donde viven los uigur, una minoría musulmana. "Tienes algo que no funciona en tu cabeza. Te vamos a enviar a un centro para arreglarlo. Tenemos que transformarte". Son las palabras que le dijeron los policías a Jarkenbek Otan antes de ser enviado a uno de estos campos, según recuerda al diario El Mundo.

Otan “se pasó días siendo apaleado y torturado con descargas eléctricas sin comprender ni siquiera el motivo”, explica el artículo. No es el único testimonio de estas torturas. Sudworth habló con Abdurahman Hassan, un uigur que se exilió en Turquía. Su esposa y su madre no tuvieron la misma suerte y fueron detenidas, de sus hijos no sabe nada.

Vista aérea de un campo | Google Earth

"Desde muy temprano por la mañana hasta muy tarde por la noche, solo les permiten sentarse en una silla muy dura. Mi pobre madre tiene que soportar este castigo todos los días. El único crimen que ha cometido mi mujer es haber nacido uigur. Por esta razón ella vive en un campo de reeducación, donde debe dormir en el suelo, ya no sé si están vivas o muertas", le explicaba al periodista de la BBC el año pasado.

La ONG Human Rights Watch denunció estas torturas en China y, tras la presión internacional, el gobierno de Xi Jinping aseguró que había liberado los presos en los campos a pesar de que “los uigur eran una amenaza de islamismo radical por su sentimiento anti-gubernamental”, según explicaron. Pero una investigación del diario The New York Times revela que esta información es falsa y que los campos “no solo están operativos sino que en expansión”.

Bajo esta excusa de la amenaza terrorista, el gobierno chino ha empezado una persecución arbitraria de la minoría étnica. Otan, por ejemplo, fue detenido por tener WhatsApp y haber intentado renovar el pasaporte en Kazajistán. "Me daban descargas de electricidad y me preguntaban ¿Por qué tienes WhatsApp? ¿Eres un espía? ¿Has estado en EEUU, en Turquía, en los países árabes?", añade a El Mundo. Abduweili Kebayir, de 25, explica al The New York Times que fue detenido cuando miraba videos en árabe en su móvil. Estuvo ocho meses.

Imágenes de un vídeo del gobierno chino sobre los campos de reeducación

“Ahora soy un hombre reformado. Entiendo que cometí errores, ahora sé qué es bueno y malo, qué es ilegal y que es legal”, dice en una entrevista pactada por el gobierno y que el diario estadounidense califica como perturbadora, de “puesta en escena” y de propaganda del gobierno chino.

Además de estas entrevistas escenificadas que refuerzan su discurso, el gobierno ha lanzado vídeos para demostrar que los “estudiantes” van por “voluntad propia” a esta “escuela —no campo— de reeducación”, como informa la BBC, que tuvo acceso al vídeo. Todos dicen lo mismo: “tenemos problemas con nuestra forma de pensar”, “ahora he comprendido cuáles han sido mis propios errores”, dice un hombre mirando a cámara.

A pesar de los esfuerzos por demostrar que es un internamiento voluntario, las ONG y los medios lo  ponen en duda. “Las evidencias demuestran que es realmente un sistema de trabajos forzados. Se construyen fábricas cerca de los centros para enviar a los detenidos cuando están ‘reformados’”, puntualiza The New York Times.

Uno de estos centros se llama Nueva Villa de la Armonía. Es una especie de ciudad en donde trabajan sin apenas días festivos: “están de lunes a sábado, los domingos pueden visitar a sus familias”, informa el diario estadounidense. Además, deben vestir un uniforme estricto mientras están en estas instalaciones (las mujeres, por ejemplo, no pueden llevar velo, los hombres no pueden vestir nada con simbología religiosa y cultural islámica). Los periodistas se adentraron en sus clases, dormitorios y zonas de ocio, siempre vigilados por la policía, y llegaron a la conclusión de que era más parecido a una cárcel que a una escuela. El retrato sobre esta ciudad-campo de trabajo que hace el diario es muy exhaustivo, y se puede leer íntegramente en su web.

Los campos siguen en crecimiento y expansión, y no parece que el gobierno de Pekín tenga intención de frenarlo. Se excusa en los atentados islámicos para reafirmar su necesidad, pero las ONG pro-derechos humanos temen que solamente sea una medida más para crear una cultura unificada en toda China que sea más fácil de gobernar desde la capital, una política unificadora que China lleva practicando durante décadas en todos sus territorios periféricos.