En 2016, mucho antes de que comenzará el actual hostigamiento israelí sobre la población palestina, hubo un encuentro de fútbol oficial entre el Celtic FC de Escocia y el Hapoel Be’er Sheva de Israel. Allí, los ultras escoceses, de ideología de izquierda, izaron miles de banderas palestinas enviadas por el centro de apoyo a las nuevas generaciones palestinas Lajee Center. La UEFA multó al Celtic, pero los ultras lanzaron una campaña de recaudación con la que el propio Lajee Center pudo crear un equipo de fútbol: el Lajee Celtic, un club que entrena bajo la mirada atenta de los soldados israelíes en un campo de refugiados.
En concreto, como cuenta el periodista especializado en política James Greig, el club “cuenta actualmente con un primer equipo para jugadores mayores de 18 años, un segundo equipo para jugadores de 12 a 17 años y un equipo infantil”. Todos estos futbolistas sin excepción entrenan en el mismo lugar en el que viven día tras día: el campo de refugiados de Aida, ubicado en las afueras de Belén, en Cisjordania. Ni la vida ni los entrenamientos son fáciles allí. En palabras del director de Lajee Center, Mohammad Al-Azza, “nuestras vidas están controladas por francotiradores y muchas personas han sido víctimas de disparos”.
No solo eso. Al-Azza y otros entrevistados por Greig hablan de incursiones regulares en el campo de fútbol que dejan granadas lacrimógenas y otros elementos de hostigamiento por el terreno. “Incluso después de limpiarlas, siguen quedando malos olores y sustancias químicas que pueden causar cáncer”. Pero nada de esto desalienta a los jugadores. Al fin y al cabo, el club aúna dos componentes emocionales intensos: la pasión por el fútbol y la lucha por la dignidad de su pueblo, expulsado de sus hogares en 1948 y movido a diferentes campos de refugiados forzosamente a lo largo de las décadas por el ejército israelí.
De momento, cuenta Greig, “la liga de fútbol palestina está suspendida indefinidamente desde octubre de 2023, lo que significa que Lajee tiene menos oportunidades que antes de jugar contra otros equipos. Pero cada vez que viajan a un partido, corren el riesgo de ser sacados a la fuerza del autobús, interrogados y golpeados”. Aún así, el club representa mucho más que un entretenimiento. Se trata de una esperanza. De un espacio común que ilusiona. “Un lugar lo más seguro posible para los jóvenes”, le confiesa Al-Azza a este periodista. “Tenemos que centrarnos en lo que queremos a pesar de lo que está pasando”.
