Los peligros de ser joven, adicto al sexo y al amor

Follar con clientes en el trabajo o imaginarse teniendo hijos con una personas que apenas conoce, son algunas de las experiencias con las que Ignacio nos describe su adicción al sexo y al amor

Sexo, sexo, sexo y sexo es lo que retumba a diario en la cabeza de Ignacio., de 29 años. Para él, es una vía de evasión que ha tenido que alcanzar a toda costa en incontables momentos de su vida llegando a jugarse su propio empleo por un polvo. "Trabajo de cara al público y, en muchas ocasiones, solo he necesitado mirarme con un cliente para follármelo en el baño. Después he vuelto a mi puesto de trabajo como si nada. Incluso, he fardado de ello ante mis compañeros", cuenta sentado en un bar de Barcelona sobre una obsesión que, si a lo largo de los años no ha protagonizado a diario, es porque ha sustituido al sexo por atiborrarse de alcohol o comida. Lo importante es poder desconectar de lo que le rodea. 

La razón por la cual Ignacio vive inmerso en esta rutina es porque padece lo que se conoce como hipersexualidad. "Se trata de una adicción que sienten personas incapaces de controlar ciertas conductas sexuales, que sienten la necesidad de vivir sensaciones intensas que, normalmente, tienen un componente de riesgo",  indica la codirectora del Instituto de Sexología de Barcelona, Carmen Sánchez y añade: "Muchos se arriesgan a contraer enfermedades de transmisión sexual (ETS) teniendo relaciones sexuales sin condón o, como vi en un paciente, a gastar todo su dinero porque no podía parar de ir de putas". 

El sexo como obsesión

Ignacio recuerda que inicialmente se percató de que era adicto al alcohol. Era habitual que siempre hubiese latas de cerveza vacías en su casa o que, con demasiada frecuencia, tuviera la necesidad de emborracharse, por lo que un año atrás dio un paso adelante y empezó a asistir a reuniones de Alcohólicos Anónimos (AA). Su objetivo era desengancharse de la botella, pero, entre charla y charla, se dio cuenta de una realidad que no había esperado: las mismas obsesiones que tenía hacía el alcohol, las tenía hacia el sexo. Siempre estaba presente.

Prueba de ello es que ha puesto a sus pulsiones sexuales por encima de sus allegados, cuando ha hecho lo que él considera "lo que no toca cuando menos toca". Desde marcharse del hospital cuando nació su sobrina porque había quedado con un chico, pasando por follar con un desconocido en la boda de su prima en lugar de ir a saludar a su familia y hasta, en muchas ocasiones, tener relaciones sexuales con tres personas distintas en un mismo día, dejar a sus amigos colgados por tíos de Grindr y acabar practicando cruising con otros que no le despertaban ningún deseo. 

"Me he acostado con cualquiera, incluso con el más feo. En el momento he pensado: 'bueno, al menos me la chupará'. Pero al terminar me ha venido el bajón, he sentido asco por lo qué he hecho", comenta al traer al presente una serie de prácticas que pueden ser comunes entre gran parte de la población joven. Aunque, lo que diferencia a Ignacio de la mayoría, es que él ha interpuesto el sexo por encima de su vida en infinitas ocasiones. Ahora no persigue más objetivo que acabar con esta dinámica asistiendo a charlas de Adictos al Sexo y al Amor Anónimos (S.L.A.A.) desde el pasado setiembre.

Alba Losada

El amor como obsesión

Por si fuera poco, Ignacio también sufre en sus propias carnes la adicción al amor, un trastorno que consiste en una excesiva necesidad de dar y recibir afecto. "Tiene mucho que ver con los estereotipos de amor romántico que nos han vendido toda la vida", agrega la sexóloga Carmen Sánchez y explica que "el afectado idealiza el amor hasta el punto de someterse a su pareja y sacrificar su autoestima por la relación, especialmente si siente que se acerca la ruptura. Es el mito de la media naranja: no poder vivir sin una pareja". Una adicción que, por ahora, no cuenta con datos que reflejen a cuántas personas atormenta.

Como nuestro propio protagonista explica, siempre ha buscado ese ideal de amor del que nos hablaron de pequeños, aquel en el que una princesa Disney –en este caso Sirenita– era capaz de perder su voz y su aleta por un tío que ni siquiera conocía. Un estereotipo que él pensó que era real y que le hizo obsesionarse con tener pareja hasta el punto de, por ejemplo, imaginarse "teniendo hijos con un chico que aún estaba conociendo o pensar que por fin había encontrado el amor esperado al echar un polvo con otro". Aunque al compartir sus pensamientos con ellos, se estampó con la realidad. Se percató de que estos no existen fuera de su cabeza y de que sus obsesiones no le llevarían a ninguna parte. Y el único perjudicado era, una y otra vez, él: "idealizar el amor me ha hecho tener falsas expectativas que, al no cumplirse, han acabado con mi autoestima. Como si hubiese algo malo en mí".

Cómo dejar de ser un adicto

"Situaciones familiares complicadas o una concepción errónea de lo que es una pareja", es lo que, según Sánchez, provoca que alguien pueda tener una desmesurada dependencia emocional y añade que la adicción al sexo también nace de carencias emocionales. Aunque en este caso, su origen radica en cuestiones como "tener problemas para relacionarse por timidez, falta de autoestima o dificultades para confiar en los demás. En otras ocasiones también puede surgir a raíz de un trabajo muy estresante que lleva a uno a utilizar el sexo como evasión". Es por ello que para acabar con ambas adicciones es crucial "analizar las causas y frustraciones expuestas".

Después deben buscarse alternativas que trasladarán al afectado a un escenario más beneficioso. En el caso del amor, es crucial erradicar los falsos mitos y ayudar al paciente a comprender que debería aspirar a un modelo de pareja más sano en el que no exista una excesiva dependencia del otro. Y en cuanto al sexo, lo imprescindible es que, por ejemplo, el adicto vuelva a tener relaciones sexuales positivas y saludables con su pareja y ofrecerle otras vías de escape más constructivas, como el deporte. Se trata de sentir adrenalina para después acallar a los impulsos a base de satisfacción y agotamiento.

Sin embargo, tanto Sánchez como Ignacio, reconocen que no es nada fácil acabar con ninguna de estas adicciones, especialmente al sexo. "Para dejar el alcohol, te dicen que tienes que dejar de beber, pero para hacerlo con el sexo debes aprender a controlarlo sin renunciar a ello. Y eso es mucho más difícil”, porque es mejor cortar por lo sano que hacer que algo que ahora es nocivo vuelva a ser saludable. Pero sin pasarse. "Estuve 98 días sin masturbarme ni follar. Después volví a caer. Ahora llevo desde el lunes y no sé cuánto tiempo aguantaré", dice con tono escéptico pero, al mismo tiempo, sin perder la confianza en sí mismo. Si otros han podido salir de ello, el también puede. Porque, al final, follar mola, pero, ¿de qué sirve si pierdes todo lo demás en la vida?