“Esta lucha me ha costado la salud”: Maricarmen, de 87 años, enfrenta mañana su tercer intento de desahucio
La historia de Maricarmen Abascal es de esas que evidencian que el sistema no funciona del todo bien. A sus 87 años, y tras vivir en la misma vivienda del barrio del Retiro desde que nació, esta mujer lleva años luchando contra los intentos de desahucio que la inmobiliaria Urbagestión ha estado activando contra ella, cuentan los periodistas Germán Aranda y Adrián Torrano en elDiario.es. Una lucha en la que no ha estado sola: la mujer ha sufrido previamente dos intentos de desahucio que fueron cancelados al final por la propia justicia ante la tremenda presión social. Sí, hubo muchos ciudadanos en aquellas dos intervenciones dispuestos a ser el escudo que Maricarmen necesitaba. Mañana se producirá un nuevo intento de echarla de su hogar.
Cómo se ha llegado hasta aquí
Para entender el origen del drama que sufre Maricarmen hay que tener en cuenta dos factores. El primero de ellos es la muerte del padre en el año 1960. El segundo es que aquella época tan machista prohibía a las mujeres firmar contratos de alquiler, lo que hizo que la vivienda fuera subrogada a la madre de Maricarmen tras la muerte de su marido. Sin embargo, el decreto Boyer de 1985, el cual establecía una única subrogación indefinida, hizo que la muerte de la madre dejara a nuestra protagonista sin ningún escudo y que su vivienda dejara de ser considerada de renta antigua. Más tarde, Urbagestión adquirió la vivienda y le ofreció un alquiler de 1.650 euros. Hasta entonces había sido de solo 500 euros y la pensión que cobra es de solo 1.400 euros.
Ahí comenzó la odisea judicial. Como explican estos dos periodistas, “el juzgado número 90 de Madrid dio la razón al considerar que cuando se produjo su subrogación, los entonces propietarios del inmueble la aceptaron tácitamente y que los compradores mantienen esta aceptación. Pero la Audiencia Provincial y el Supremo dieron la razón a los propietarios”. Sentencias a las que se aferra Urbagestión para proseguir con sus intentos de desahucio. El componente humano parece no importar nada. Ella, sin embargo, ha contactado sin éxito con la ministra de Vivienda y con el presidente del Gobierno para que compren su piso, la dejen vivir en él los años que le queden y lo pongan en alquiler social tras su muerte. Es una de sus últimas esperanzas.
La otra es la gente. El activismo. El Sindicato de Inquilinas. La ciudadanía. Mañana volverán a intentar echarla definitivamente de la única vivienda que ha habitado y, dice, “espero que haya mucha gente”. Y es que las fuerzas de Maricarmen no son las mismas que al inicio de este drama en 2020. “Esta lucha me ha costado la salud. El desgaste, la ansiedad, la angustia de estar luchando. He perdido tanta masa muscular que no puedo ni caminar. No me puedo tener en pie. El otro día fui a la manifestación en silla de ruedas, pero al menos fui. Que es lo que tiene que hacer la gente: salir a protestar. Y yo puedo ser la mecha que encienda una primera vela, pero detrás tienen que venir muchas velas y que la gente no se marche”.