Viajé sola al Líbano y aprendí el verdadero significado de la palabra 'contraste'

“Ahora no es el momento, es una región inestable”, “¿no podrías irte a Ibiza, como todo el mundo, o a algún otro sitio un poco menos entre Israel y Siria?”, me decían familiares y amigos cuando les anuncié que iba a pasar mis vacaciones en el Líbano. Pero ya hacía demasiados años que quería visitar este país, hogar de civilizaciones milenarias (fenicios, romanos, otomanos), mezcla de religiones y culturas. Así que no me esperé a que a mi entorno le pareciese bien, ni siquiera a que me acompañase alguien: conseguí contactos para hospedarme a través de amigos y así empezó mi descubrimiento de Beirut.

Toma de contacto

¿Qué mejor forma de relacionarme con mi tan soñado Líbano que despojándome de todo lo superfluo y... que me pierdan la maleta? Sí, empezamos bien. Yo pensé que todo el mundo hablaría francés, porque estuvo bajo mandato de Francia entre la primera guerra mundial y el 1943. Pero el taxista a penas si habla inglés. Me dio diez veces la bienvenida a su país mientras esquivaba todo vehículo que se le cruzaba.

De camino a Beirut pasamos por uno de los numerosos campos de refugiados que hay en el país. Más del 30% de su población de cinco millones son refugiados palestinos, kurdos, iraquíes y ahora más que nunca, Sirios. Otra de sus particularidades es que se calcula que hay más de ocho millones de libaneses que viven en el extranjero, es decir que hay más fuera que dentro.

Al entrar en la ciudad uno ya se da cuenta de que está en una urbe al estilo europeo pero con la magia (y cierto descontrol) del mundo árabe. Llegamos a Achrafieh, un barrio históricamente cristiano, donde mis anfitriones me habían dejado bajo la alfombra la llave de su piso porque estaban pasando el día en la playa.

Así que me fui a comer algo a Al Falamanki, un restaurante fundado por el hijo de un boxeador libanés convertido en guardaespaldas que dio la vuelta al mundo y se hizo amigo de gente como Sinatra o Hitchcock. Mi siguiente parada fue el moderno centro de la ciudad, renovado en los 90 por el primer ministro Rafik Hariri después de la sangrienta guerra civil que tuvo dividida la ciudad y el país durante 15 años.

Nuestros primos del mediterráneo

Por la noche mis anfitriones me llevan a una fiesta organizada por una marca de whisky, y me doy cuenta de que la misma se había celebrado en Madrid un mes antes. El primer grupo de música que toca es íntegramente femenino, tienen unos 20 años y tocan canciones rockeras. Se me van disipando todas las dudas que tenía sobre si una chica occidental sola podía desentonar en Beirut. Puede que mi experiencia esté sesgada porque no me fui sola a un barrio alejado del centro dónde por ejemplo solo hubiese musulmanes, pero sí tuve la suerte de conocer a varios (algunos bebían, otros no) y todo salió a pedir de boca.

Después fuimos al bar más hipster que he visto en mucho tiempo, en el barrio de Mar Mikhael, y empiecé a sentirme una cutre al lado de toda la buena vibra joven, creativa y artística que se respira. Solamente me acordé de que no estaba en Brooklyn cuando, de repente, se fue la luz del bar y me contaron que es habitual que haya cortes de varias horas en toda la ciudad.

Pero la vida sigue como si nada y, por ejemplo, en los últimos años han proliferado los festivales de música mostrando lo viva que está la cultura en el país. Tuve la suerte de poder ver en directo uno de los grupos que lo petan ahora todo Oriente Medio: Mashrou’a Leila. Estos libaneses hablan de temas sociales tan actuales y relevantes como la homosexualidad, la violencia o la desigualdad, y están obteniendo reconocimiento internacional aunque se mantengan fieles a la lengua árabe.

Sorpresas en cada esquina

Otro día me llevaron a visitar la cueva más grande que he visto en mi vida, a 18 km de la ciudad: La gruta Jeita, una formación geológica espectacular que compitió para ser una de las 7 Maravillas de la Naturaleza.

Después condujimos a través del omnipresente tráfico libanés (me contaron que se suele hacer la broma de que si el Estado Islámico quisiera entrar al Líbano, se quedaría parado en el tráfico) hasta la ciudad más antigua habitada ininterrumpidamente del mundo: la fenicia Byblos. De su nombre proviene la palabra 'biblia', que originariamente significaba libro, y se dice que el primer alfabeto de la historia se originó allí.

Pero no todo son mariposas de colores y maravillas geológicas. De vuelta a la ciudad nos cruzamos con un cartel militar que me explicron que era una campaña del ejército nacional para promocionarse. Simbolizaba que las 24 horas del día se protegen los 10.452 km2 del país. La última guerra entre Israel y Hezbollah (grupo armado chií que "defiende" las fronteras del Líbano pero que muchos consideran terrorista) fue en 2006. Por no hablar del conflicto en Siria que está a unos pocos kilómetros. Hace tan solo cinco años los libaneses conducían tranquilamente menos de dos horas hasta la capital, Damasco, para pasar el fin de semana.

Sólo sé que no sé nada

Viajar es una de las formas más directas y gratificantes de aprender, de sorprenderse cada instante y lo he podido experimentar con mi estancia en Beirut. Los libaneses saben mucho más de España de lo que mis amigos o yo podríamos saber sobre el Líbano. “¿Qué tal vais, ha mejorado la situación? ¿Y el empleo? ¿Tú eres independentista o no?”, me preguntaban al saber de donde era. La gente me hablaba de lugares de Barcelona que no conozco y me decían “ah, ¿tú también estabas en el Primavera Sound?”.

La juventud libanesa vibra y está muy activa, solo hace falta echar un vistazo a la blogosfera, con ejemplos como el archiconocido Blog Baladí que trata sobre temas sociales o de actualidad. Pero este ambiente creativo y de pensamiento libre (pese a los destrozos de la guerra y la corrupción actual) no es únicamente producto de la globalización actual, sino que ya en los años 60 el Líbano tenía una fuerte identidad propia y era una ventana al mundo. Yo, por mi parte, me alegro de no haberle hecho caso a mi entorno y de haberme asomado a conocer este lugar tan plagado de contrastes y del que me marché con la mochila llena de aprendizajes.