Inspira Y Carga El Fusil. Aprendiendo A Disparar A Los 11 Años

Inspira y carga el fusil.

Expira.

Inspira y apoya el arma contra su hombro.

Expira.

Inspira y apoya el fusil en su hombro derecho.

Expira.

Inspira y guiña un ojo centrándose en la mirilla del rifle.

No expira.

Aguanta el aire, reduce las pulsaciones de su corazón y encuentra el objetivo en la diana del fondo de la sala. Suena el disparo y el proyectil impacta en el centro. Tiro perfecto. Esta chica acaba de cumplir los 18 y ya podría acertarte en el blanco de los ojos a 20 metros de distancia.

“Es un arma, debes tener cuidado”, explica Laura Martínez, estudiante de medicina que pasa sus tardes mejorando su puntería con la carabina. Con todo, el ambiente no se parece demasiado a lo que se pueda imaginar de una habitación repleta de gente armada. “No es algo violento”, asegura Martínez, y lo cierto es que no lo parece. Reina el silencio, tan solo perturbado por los estallidos comprimidos y los choques de los perdigones contra los objetivos de cartón. A lo largo de la sala hay críos que no llegan a los 11 años, y el más mayor cuenta tan solo con 20.

En el campo de tiro deportivo de Barcelona todo el mundo sabe lo que tiene que hacer. Hay unas normas básicas. En primer lugar, no hacer el imbécil con el arma. Hacer el imbécil significa olvidar que no se tiene entre las manos cualquier cosa, sino algo que puede hacer mucho daño a la persona que tienes al lado. “De vez en cuando llega alguno que quiere ser francotirador”, cuenta Enrique Claverol, gerente del club y ex tirador olímpico, “pero no dura mucho”. Para Claverol, el rifle está desligado de todo componente agresivo. Lo considera una herramienta para practicar un deporte “contra uno mismo: no necesitas árbitros ni jueces, solo tu habilidad y tu capacidad de superación”.

Las competiciones de tiro han llegado hasta tal punto que ya se presupone que sus participantes van a acertar de pleno en la diana. “Ahora se mide por milímetros cuál se acerca más al centro”. La precisión, si es más precisa, es mejor precisión.

Claverol pasea por las instalaciones del club de tiro. En una de ellas, un abuelo dispara con su nieto una pistola Walther, parecida a la que usan los Mossos d'Esquadra. Los casquillos salen expulsados de la recámara y rebotan sobre su cabeza con un cling cling cling metálico muy de película de policías de Los Ángeles, aunque, en fin, sin el falso glamour de Hollywood. A su lado, un señor trajeado introduce balas del calibre 22 en un revolver plateado. Flexiona las caderas, levanta ambas manos sosteniendo el arma y abre fuego. A juzgar por los resultados tiene más munición que puntería.

Claverol coge una de las muchas vainas que hay repartidas por el suelo. Puede leerse “9 mm Luger Geco”. Explica que entre los miembros hay muchos guardias civiles y policías. Aunque también simples aficionados. “Es algo que se transmite de padres a hijos”. A él, por ejemplo, se lo enganchó su padre. Cuando se le pregunta si alguna vez han tenido algún problema con tantas balas silbando por el campo explica que no, “aunque, bueno, una vez sí pasó algo, pero pareció más un suicidio que un accidente”.

De vuelta a la habitación en la que disparan los más jóvenes, las detonaciones de las armas de fuego se sustituyen por los discretos reventones de aire comprimido. Un niño que no llega al metro cuarenta de altura y que difícilmente tiene más de 11 años abre un maletín. Saca unas piezas de madera y aluminio en completo silencio. Está montando una carabina Anschütz con una tranquilidad impropia para su edad. Su padre le observa sentado desde el banco que hay en uno de los extremos de la sala. El crío carga el arma de perdigones de plomo y empieza a disparar. Sorprendentemente bien, todo hay que decirlo. Tendrá que esperar a los 18 para tener un rifle de verdad. 

Conseguir un arma de fuego para fines deportivos es relativamente sencillo en nuestro país: para la licencia de tipo E (dedicada a este fin y al de la caza) es necesario no tener antecedentes penales, acreditar el interés en dichas actividades, un certificado médico y superar una prueba teórica y otra práctica. "Lo de conducir borracho es un problema, porque puedes dar positivo y ya tienes antecedentes penales", se lamenta Claverol.

La sala está dividida por una barra desde la que disparan los practicantes. Al fondo, las dianas de cartón. En medio, Andrea Cardenal (16 años) empuña su arma. “Sé que tiene connotaciones negativas, y más en mi colegio de monjas”. Las profesoras le piden que no predique su afición entre sus compañeras. A ella le disgusta, porque sabe que no tiene nada de malo. Su camarada de armas, Joaquín Delgado, cuenta que lo suyo con las pistolas es pura superación personal. “No me mola mucho estudiar, la verdad, en cambio lo de disparar sí”, admite, “cuando tengo el arma me olvido de todo lo demás”.

"Mis amigos dicen que con mi puntería podría dedicarme a matar por encargo", dice Leyre Mendiologaray, estudiante de 20 años de telecomunicaciones, y "a veces se asustan cuando explico a qué dedico mi tiempo". Esta chica es un manojo de nervios en cuanto deja el arma, pero cuando la sostiene entre las manos se transforma. "Sí, soy muy impulsiva, muy dispersa, pero esto me ayuda a concentrarme". Detrás de ella hay un joven armenio quinceañero que manipula su pistola. Dispara desde los 13: "el primer día que vine supe que iba a llegar a las Olimpiadas, es por eso que entreno 4 días a la semana".

Fotos por Patrick Urbano