Gatillazo: Más Común De Lo Que Ellos Dicen Y Jode Más De Lo Que Ellas Admiten

El “es la primera vez que me pasa” y el “tranquilo, que no es tan grave” esconden más mentiras que los programas electorales de todos los partidos políticos de este país juntos. Porque sufrir un gatillazo siendo tío es más común de lo que parece y porque presenciarlo (y sufrirlo) siendo tía fastidia aunque pongamos cara de “aquí no ha pasado nada”.

De hecho, más de dos millones y medio de hombres españoles padecen disfunción eréctil, según el Atlas de la Disfunción Eréctil en España realizado por la Asociación Española de Andrología (ASESA). Es decir, el 18,9% de los hombres entre 25 y 70 años ha sufrido en alguna ocasión la imposibilidad o la dificultad de tener una erección para mantener una relación sexual con penetración.

Hay que matizar: comúnmente se suele denominar gatillazo a la “experiencia esporádica de una pérdida de erección cuando una persona no lo desea” y disfunción eréctil “cuando esa situación es persistente e imposibilita mantener relaciones con penetración de forma repetida durante un periodo de tiempo prolongado”, según informa Georgina Burgos, psicóloga y sexóloga.

Por descontado que hay causas físicas -problemas cardiovasculares, obesidad, diabetes, etc.- que pueden dificultar mantener una erección. Pero por lo general, siendo joven y teniendo una salud de hierro no hay causa física aparente que deba impedir tener una buena erección. Así que cuando no hay una causa orgánica, lo más normal es que factores psicológicos como el estrés, la baja autoestima o la inseguridad sean los culpables de que no puedas rematar la faena.

“Cualquier hombre puede tener una pérdida de erección, no tiene la menor importancia”, consuela Esteban Cañamares, psicólogo clínico y sexólogo. El problema está “cuando esto se convierte en un hábito”, comenta.

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La mejor manera de comprobar si se trata de un problema psicológico o no es que el hombre se intente masturbar, propone el psicólogo: “Si tiene una erección correcta significa que no hay ningún problema orgánico”.

Sin duda, la causa psicológica más frecuente, apunta Cañamares, es la ansiedad: “el miedo -al rechazo, a no dar la talla, a volver a fallar, etc.- es incompatible con tener una erección”. La reacción cuando esto sucede suele ser “de tener mucho miedo a que se repita”, indica Cañamares, lo cual favorece justamente eso, que se repita: he fallado, luego tengo ansiedad. Tengo ansiedad, luego vuelvo a fallar. El círculo vicioso que todo hombre teme. En la mujer “suele haber varios comecocos: ¿será que no le gusto, que hay otra, que no lo hago bien...?”. En el fondo, comenta Cañamares, “son inseguridades y generalmente ni lo que piensan unos ni otras es acertado”.


Tipos de gatillazo

Gatillazos (y excusas) hay de muchos tipos: el de “voy tan pasado de alcohol que esto no lo levanta ni la cofradía del Santo Cipote”. El famoso “a mí es que con condón se me baja”, o el de los “remordimientos por estar pegándosela a mi mujer”.

Luego está el más cruel de todos: el gatillazo porque no le gustas. Es cruel porque aunque el tío quede mal, realmente se la sopla porque no volverá a verte, pero tú te quedas ahí, dudando de tu atractivo y aguantando el calentón.

Frente a este mal rato tenemos otro que, según el día en que te toque, puede hasta caerte en gracia: el gatillazo halagador. Él ha recreado tantas veces esa escena en su cabeza y ha acumulado tantas ganas de follarte que cuando sucede, no se lo puede creer. Y así te lo dice: “es que no sabes las veces que he imaginado este momento”. Pues bien, llegado el ansiado momento, a su soldadito se le ha atascado la bayoneta por culpa de los nervios. Y así te lo dice: “uf, no entiendo qué me pasa... es que me gustas demasiado... no sabes las ganas que tenía de cogerte y...” Y así te quedas, follada dialécticamente y punto. Porque aunque des un giro de 180 grados a la jugada y hagas el esfuerzo de reconducir el asunto (porque en el fondo, que reconozca que estar frente a un pibón como tú le intimida, a ti te ha halagado), ya no hay solución. La idea de cumplir es un gran enemigo porque ¿realmente estamos aquí para dar la talla como en una competición o estamos para pasarlo bien?


Las dos fases del gatillazo

En la primera fase una idea fugaz pasa por tu cabeza mientras estás en faena. Puede ser cualquier cosa, pero por insignificante que sea basta para descentrar tu mente de lo que estás haciendo. Y ahí empiezas a notar cómo se te desinfla y viene el primer pensamiento negativo: ¡que no se me baje! Con lo que solo consigues echar más leña a la hoguera y que aquello acabe en pinchazo.

“El gatillazo simplemente está ahí, entra dentro de las posibilidades dentro del sexo. La cuestión es qué hago yo cuando me ha ocurrido”, plantea Georgina Burgos. “Si reacciono de una manera que me perjudica puede acabar en una disfunción eréctil, si no le doy demasiada importancia, lo más probable es que sea una cosa esporádica, que seguramente puede volver a pasar, pero no generará ningún grado de ansiedad que provoque que en la próxima relación pueda ocurrir, lo que hace que tu organismo ya no esté en disposición para la relación sexual porque hay una tensión”.

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Segunda fase: has perdido la erección. Se ha ido. Es un hecho. Puedes dejarlo para otro día o puedes intentar reavivar la llama de la pasión. Y he aquí el segundo pensamiento negativo: ¡me tengo que empalmar! ¿Qué ocurre entonces? Que empiezas a observarte, con lo que solo consigues añadir más presión. “Ese acto de observación y de intentar controlar algo que no se puede controlar es una de las causas que puede llevar a perpetuar el problema, porque con la voluntad, tu respuesta sexual ya no funciona de la misma manera que cuando estás fluyendo y te abandonas a las sensaciones”, explica Georgina. Por tanto, primera regla: ¡deja de mirar tu pene!

El escenario es el siguiente: te ves ahí plantado, con tu pene como un plátano pocho, y la sombra de la palabra problema se acerca peligrosamente para convertir todas tus noches de sexo en una tortura. ¿La solución? La psicóloga recomienda seguir con la relación “explorando otras vías alternativas sin centrarse en recuperar la erección, marcándose como objetivo, por ejemplo, satisfacer a la persona que está contigo y ver cómo puedes acabar sintiendo placer con otras prácticas sexuales”.

Porque una de las reacciones más comunes en las mujeres es centrarse en recuperar la erección para que haya penetración. Así, ayudamos al hombre a que se auto-observe. Pero ya no solo son dos ojos los que están pendientes de reanimar aquello -¡ni que estuviera muerto!- y evidentemente la presión es doble. Segunda regla: ¡deja de mirar su pene! Disfrutar por otras vías, permitiéndote no tener erección y buscar otras maneras de pasarlo bien pueden convertir un gatillazo en una excitante segunda oportunidad.

Crédito de la imagen: Darren Ankenmann