Te quiero pero odio que (no) quieras la independencia de Cataluña

"He pasado por la pena, la rabia, la alegría, pensando, por momentos, que las cosas se podían arreglar y la frustración, al comprobar que no", describe Blanca, de 34 años, cómo le está afectando la situación de extrema tensión en la que se vive en Cataluña por el conflicto sobre la independencia desde mediados de septiembre. La actualidad política ha estado llevando la batuta emocional de los catalanes y quienes conviven con ellos, pero también se ha sentado a comer con sus familias, se ha metido en los grupos de WhatsApp que tienen con los amigos y hasta se ha colado en sus camas impidiéndoles dormir y llenando las consultas de médicos de cabecera, psicólogos y fisioterapeutas.

"Yo he tenido varias veces pesadillas", cuenta por teléfono Fran, un madrileño de 29 años que vive en Barcelona desde hace tres y que, al igual que la mayoría de personas que hemos consultado para este reportaje, ha preferido no dar su apellido. Temen que Google les indexe de por vida y sus familiares o amigos les encuentren. Y ya hay suficiente tensión en el ambiente. Fran dice que se despierta con las noticias, en el trabajo no se habla de otra cosa y al tomar algo con los amigos sigue el mismo tema de conversación. A eso hay que sumarle la presión de tener el helicóptero sobrevolando constantemente, de ver furgones policiales por la calle y manifestaciones generalmente a favor de la independencia y, últimamente, también en contra.

Se podría decir que todo estalló el domingo 1 de octubre cuando, de buena mañana, se empezaron a retransmitir las imágenes de las cargas policiales en algunos colegios contra las personas que habían ido a votar en ese referendum que para unos era ilegal y, para otros, totalmente legítimo. "Yo lloré cuando vi lo que estaba pasando", recuerda Blanca.

Esas mismas imágenes en televisión hicieron que el psicoanalista Raúl Esquerdo propusiera a sus compañeros del centro de psicología Nexes de Barcelona que ofrecieran asistencia gratuita o con una aportación simbólica a las personas sin recursos que necesitaran ayuda para procesar la situación. "Estábamos viendo en nuestras consultas la altísima carga de tensión con la que estaban viviendo las personas y que se traducía en forma de ansiedad y de conflictos con amigos y familiares", explica Esquerdo por teléfono. Otra profesional que ve claramente el cambio en sus pacientes es Miriam Camps, fisioterapeuta y acupunctora: "Me llegan espaldas mucho más contracturadas de lo habitual, cervicales cargadas, dolores de cabeza y muchos se quejan del estrés y del insomnio".

Polarización de las opiniones

En los últimos años y meses, a medida que se ha ido haciendo patente la imposibilidad de los políticos de dialogar, las posturas también se han polarizado. "Yo no era independentista pero me he ido convirtiendo", cuenta Jordi Pubill, de 29 años, que es concejal del ayuntamiento de La Garriga, en la provincia de Barcelona. A María, de 31, también le ha pasado lo mismo y una de las cosas que más rabia le dan es el discurso paternalista de "a los catalanes os tienen manipulados desde la escuela y la televisión", y la siguiente es que no se entiendan y respeten los sentimientos de pertenencia de Cataluña.

"El tema de la identidad es muy importante a nivel emocional porque depende de las identificaciones que hacemos con las personas que nos han educado", explica la psicóloga clínica Neri Daurella. Ella lo compara con el fútbol y cómo los niños relacionan desde pequeños el hecho de que su equipo gane o pierda con momentos de celebración y sufrimiento. Por eso dice que se activan cosas muy básicas con las que nos hemos sentido identificados desde la infancia y es muy difícil racionalizarlo.

Esto lo siente y lo sufre en sus propias carnes Marta, de 24 años, que prefiere incluso dar un nombre falso, porque en su familia el conflicto está entre sus padres. Aunque llevan divorciados muchos años, habían conseguido tener una relación perfectamente cordial hasta que lo que les acabó de separar es el tema de la independencia en Cataluña. "Por su profesión de periodista mi padre es incapaz de hablar de otra cosa que no sea política y está muy en contra", cuenta Marta. En cambio su madre y su lado de la familia se muestran igual de viscerales pero a favor de la independencia y ella se encuentra en medio intentando esquivar las conversaciones con ambos.

El drama de los equidistantes

Porque, aunque podría parecer que en un conflicto hay dos bandos enfrentados, en este hay un tercer actor que probablemente reciba incluso más críticas y lo esté pasando peor que nadie. Son los llamados equidistantes, o aquellos que no se consideran ni a favor ni en contra sino que se quedan, más bien, en la escala de matices. Marta ya ha salido escarmentada de varias conversaciones en las que intentaba contra argumentar a cualquiera de sus padres, así que ha tirado la toalla a pesar de que ha estudiado Ciencias Políticas y de que siempre le ha gustado debatir sobre política.

A Blanca le pasa lo mismo. Se siente completamente sola ante la inmensa mayoría de su familia que es favorable a la independencia y se ve encerrada en una diatriba de: o estás conmigo o estás contra mí. "Desde España entienden mejor mi postura, pero aquí no te perdonan que seas catalana y no te quieras posicionar", cuenta Blanca por teléfono con pesar. Esta sensación de no pertenecer al grupo que tanto ha estudiado la psicología social, también la siente Fran, el madrileño de origen y barcelonés de adopción, que trabaja en Paseo de Gracia con Diagonal, donde se han producido la mayoría de las manifestaciones: "Esa sensación de ser el único que va caminando en una dirección mientras la multitud va en la opuesta es muy incómoda".

Es como un divorcio

Sin embargo Neri Daurella explica que, desde el punto de vista psicológico, precisamente esta es la posición más madura. "Los niños ven películas en las que los buenos son muy buenos y los malos, muy malos, pero cuando crecemos esas tramas nos aburren y preferimos que se refleje la complejidad de la vida real", ejemplifica la psicóloga.

Además cuenta que cuando una sociedad vive tranquila, las diferentes identidades pueden vivir perfectamente en armonía y el hecho de que un niño tenga, por ejemplo, un padre inglés y una madre francesa se considera una riqueza cultural. Sin embargo, si estas identidades entran en conflicto y al hijo se le insta a elegir una u otra, ahí es cuando llega el sufrimiento. "Es como si tuviera que decidir si quiere más a la mamá o al papá", dice Daurella relacionando el conflicto identitario que tienen muchas de las personas que viven en Cataluña con "un divorcio mal hecho".

La única solución que muchos han encontrado para salvaguardar las relaciones con sus seres queridos es apelar al silencio, a guardarse dentro lo que sienten a pesar de que después tengan que acabar en la consulta de fisioterapeutas como Miriam Camps porque quien las somatiza es su cuerpo. Lo que recomiendan los psicólogos es intentar tener momentos de desconexión informativa, tomarse una buena dosis de humor cada vez que las cosas se pongan amargas y acudir a un especialista para que nos enseñe a gestionar nuestras emociones, porque no tiene pinta de que la situación de la independencia de Cataluña se vaya a resolver en breves.