Estudié para ser cura pero lo dejé porque mi mentor me acosó sexualmente

"No quería dedicar mi vida a una organización con estos valores", se confiesa Mario. Y su historia no es la única, el acoso sexual está profundamente arraigado en la Iglesia

Mario, un barcelonés de 30 años, sintió la llamada divina de joven. Su familia, profundamente religiosa, le había inculcado una educación cristiana desde bien pequeño. Pero cuando cumplió la edad para ser consciente sobre lo que era la fe, él reafirmó su compromiso con Jesús decidiendo instruirse como sacerdote. Sin embargo, su carrera profesional no llegó a despegar. Durante el seminario, el que se supone que debía guiarle en las enseñanzas sobre la fe y el amor católico, le acosó sexualmente.

Ciudad del Vaticano (Wikimedia Commons)

Tenía 19 años, se había tomado un año sabático después del bachillerato para reflexionar sobre si ese era el camino que quería seguir en la vida. Tras mucho meditarlo, se decidió: quería hacerlo. Fue aceptado en el seminario de un centro educativo asociado al Vaticano en Roma, cuyo nombre no quiere revelar para preservar su intimidad.

Era joven, se había cambiado de país, de idioma y había dejado atrás a sus amistades y conocidos. No tenía a nadie y muchas veces se sentía solo y vulnerable. Por suerte, o eso creía al principio, la institución donde estudiaba asignaba tutores a todos los alumnos. Eran sacerdotes y profesores cuyo rol era acompañar, aconsejar y facilitar la transición hacia el sacerdocio. Mario hizo buenas migas con el que adjudicaron, que rápidamente se convirtió en una figura de “hermano mayor” en quien apoyarse emocionalmente.

Ser gay y empezar el sacerdocio

Mario sabía que era homosexual desde bien joven. De hecho, cuando empezó el seminario, era una de las cosas que le preocupaban: “yo sabía que era gay pero también quería ser sacerdote. Me daba miedo que por eso no me aceptasen y boicoteasen mi futuro en la Iglesia”. En este sentido, el testimonio de Óscar Escolano, secretario de CRISMHOM, asociación madrileña de cristianos LGTBI, demuestra que el de Mario era un miedo fundado: en su parroquia sugirieron que podían curarle y constantemente ponían en duda su identidad. "Un día me encontré a un compañero por la calle y me dijo: ‘¿cómo puedes ser homosexual y cristiano? No es posible’", recuerda.

Esto preocupaba a Mario en exceso. Le daba miedo no poder prosperar en la Iglesia si salía del armario y, a la vez, no quería vivir reprimiendo su identidad. Como tenía tan buena relación con su mentor, decidió confesárselo y quitárselo de encima. Necesitaba apoyo. Y su mentor se lo dio: “me dijo que no pasaba nada, que no importaba si era gay o no, solo mi fe y mi convicción religiosa”. Creía que había tomado la decisión correcta. Que se lo había sacado del pecho y que, aunque no iba a hablarlo con nadie más —“tampoco era algo que surgiese de forma natural, no es que los seminaristas hablásemos de sexo y mujeres”, matiza— se sentía liberado. Pero estaba equivocado, porque fue cuando todo empezó a torcerse.

Acoso sexual a alumnos en el seminario

Desde entonces, su mentor mostraba excesivas confianzas. Muchos abrazos, caricias, roces. Algo que para Mario fue normal, porque creía que era una forma de demostrarle cariño por haberse abierto. Una forma de apoyo. Sin embargo, un día en una reunión le empezó a tocar el paquete. Mario se apartó, rápidamente. Él insistió, agarrándolo y besándole con agresividad la boca y el cuello. “Lo aparté después de sentir la fuerza de su cuerpo contra el mío mientras se restregaba. Me dijo que le estaba mandando señales y que si no me gustaba por qué me dejaba tocar. Me fui corriendo”, recuerda.

Se lo contó a uno de los coordinadores del curso. Pero no hizo nada. Volvió a insistir con otro superior, pero solo le preguntó si no lo había provocado e incluso dejó entrever que era algo normal y que lo único que podían hacer era cambiarle el tutor.

“Estaba devastado y decepcionado. No quería dedicar mi vida a una organización con estos valores”, se confiesa Mario. “Vi que a nadie le importaba mi caso. Era pura hipocresía. Aquellos que me hablaban de amor al prójimo no iban a hacer nada por mí. Así que lo dejé”. Volvió de Roma y reorientó su vida. Decidió estudiar Derecho y, aunque no perdió la fe en Jesús, sí lo hizo en la Iglesia que, supuestamente, sigue sus valores.

La cotidianidad de los abusos y la homosexualidad

El caso de Mario no es único. De hecho, como Frédéric Martel explica en su libro Sodoma: poder y escándalo en el Vaticano, el Vaticano es una organización "esquizofrénica" en la que convive "de forma deshonesta" la homosexualidad de sus miembros y la homofobia. "Un sistema que se inicia en los seminarios menores y continúa hasta el Vaticano; basado en la doble vida de algunos sacerdotes", denuncia.

A lo largo de más de 600 páginas explora la relación entre homosexualidad, represión sexual y abusos hablando con casi 300 testimonios, que van desde los estratos más bajos de la fe hasta las más altas esferas. Según Martel recoge en su libro, un 80% de los cargos eclesiásticos son homosexuales. Una sexualidad que reprimen y que utilizan como arma contra los demás: "cada obispo o cardenal se esconde ante los otros y ataca la homosexualidad de los otros para esconder su secreto", explicaba a El País

Los sacerdotes, humanos, tienen unas necesidades que acaban por convertirse en tóxicas. Viven en un ambiente de represión y homosexualidad, caldo de cultivo para que cometan abusos, que luego se silencian sistemáticamente para evitar escándalos. Y es, precisamente, lo que vivió Mario. Según explica el autor en su libro, esta represión es culpa de la posición dogmática que ha adquirido la Iglesia respecto a las relaciones homosexuales, que, basándose en las escrituras, condenan como "graves depravaciones" o "consecuencia de la repulsa de Dios".

Las víctimas de la hipocresía institucional

Pero todos los miembros de la Iglesia no están de acuerdo con esta postura. Como se lamentaba un cardenal romano entrevistado por Martel, "fue un error", "la Iglesia tenía que expresarse sobre la humanización de la sexualidad". Pero no lo hizo, y esto tuvo un efecto nefasto en su credibilidad: "la Iglesia católica aparecía brutalmente a contracorriente de la sociedad y desde entonces la distancia con la vida real de los fieles no hizo más que ampliarse. La mayoría de católicos no comprendieron estas reglas arcaicas, los creyentes las rechazaron de pleno". Según el cardenal, esto provocó un abandono masivo en la sociedad de la fe católica.

En el fondo, todo se resume en hipocresía respecto a la homosexualidad y las relaciones sexuales. Hipocresía porque la Iglesia promueve unas reglas morales estrictas y anacrónicas que prohíben una homosexualidad que es común en sus propias filas, porque luego obliga a vivir en una rectitud sexual que ni ellos logran, porque luego se cometen abusos cuando no se pueden seguir estas normas y optan por silenciarlos para evitar escándalos, aunque eso suponga ignorar a víctimas y mantener personas en el armario.

Una hipocresía que causa profundos daños en las personas que sufren los abusos y en todos esos homosexuales que tienen que escoger entre vivir su orientación sexual abiertamente u optar por su trabajo y fe. "Hay personas que no pueden evitar odiar a las instituciones eclesiásticas", explica Óscar Escolano sobre el rencor que sufren los afectados por esta doble moral. Precisamente, la que hizo que Mario abandonase su profesión soñada.