Fui Al Salón Erótico Y Salí De Allí Con Más Ganas De Experimentar Con Mi Sexualidad 

Festival erótico, ¿qué es eso de un festival erótico? Cada año ves carteles, vídeos que se viralizan y alguna noticia en la tele, pero seguramente te preguntas cómo debe ser entrar ahí dentro y darte una vuelta por uno de ellos. ¿Será una orgía multitudinaria? ¿Tendré que participar? ¿Me salpicarán con algún fluido? Pues a mí todas estas dudas me estaban carcomiendo por dentro así que decidí colarme en el Salón Erótico de Barcelona 2016 para descubrir qué hay de verdad y de mito detrás de sus paredes.

Sexo, cervezas y rock'n'roll

Una vez has cruzado la entrada ya no hay vuelta atrás: un mundo de erotismo y sexo frenético se abre frente a ti. El Salón Erótico de Barcelona se ha celebrado en el Pabellón Olímpico de la Vall d'Hebrón. Sí, en un polideportivo. En la zona central, hay varios escenarios que ofrecen shows eróticos. Me acerco para ver el primero. De repente, me veo envuelta en un sinfín de cámaras y palos selfie que enfocan directamente al chico que está en el escenario, concretamente a su pene. Sí, va desnudo, tenía que habérmelo esperado.

El show dura unos 5-10 minutos y va al ritmo de una canción de Rammstein. La cosa no pinta nada mal. Cuando acaba el espectáculo, empieza otro justo al lado. Y así supongo que puedes pasarte todo el día, si guieres, viendo vaginas y penes interactuando por donde quiera que mires. Necesito una cerveza para digerir esto.

BDSM, trampling y fetichismo de pies

De camino a por mi bebida, me encuentro una pequeña habitación con un cartel que invita, como mínimo, a la curiosidad. Me adentro en el rincón foot fetish donde me ofrecen algo para beber y nuevas experiencias. Yo acepto y me dispongo a caminar por encima de un chico guapo, alto, y desconocido, que está en la sala. La sensación es muy extraña y cuesta bastante mantener el equilibrio, pero ver la cara de placer a la que estás pisando es bastante alucinante.

Cuando estoy a punto de sentarme, me invitan a probar el tickling, o sea, fetichismo de cosquillas. ¿A quién no le gusta eso? Me suben a una mesa de madera, me atan de pies y manos y empieza el juego. No tengo cosquillas en los pies, así que la decepción es monumental, pero ninguno de los tres chicos que hay a mi alrededor descansa hasta encontrar mi punto débil: las rodillas. Y ahí estoy yo, aguantando al máximo mi vejiga para que no haya escapes por culpa de mis carcajadas. Después de este momento y la extraña excitación que siento por las cosquillas, me dan un masaje de pies espectacular.

Aula de sexo y zona tántrica

Cruzo el pasillo y un chico guapo me invita a ver Tango tántrico. Me piden que me quite los zapatos y entro en una sala oscura, donde cinco mujeres ofrecen un baile erótico al son de la clásica música argentina. Curiosamente, eso me excita mucho más que todo el sexo explícito que he visto fuera.

Cuando acaba el show, me calzo rápidamente y salgo a recorrer los diferentes stands llenos de vibradores, falos y lubricantes de todos los sabores. Tengo ganas de llevarme un nuevo amigo a casa, pero esta vez será algo distinto. Cambio mi rumbo y me voy directa al área de BDSM o sadomasoquista, donde me compro un collar de perrita por 5 euros. A mi lado, hay un hombre mayor en pelotas con correa, a quien le están dando una tanda de azotes y latigazos en el culo. Si giro la cabeza, veo a dos mujeres lamiéndose de arriba a abajo en el escenario.

Salgo con la sensación de haber visto poco y de perderme cosas; a pesar de haber estado dentro varias horas. He aprendido, he experimentado, me he comprado mi collar y he visto más porno que en toda mi vida. Sin duda, repetiré. Aunque la próxima vez quizás soy yo la que esté dando latigazos o recibiéndolos, que la vida es larga y da muchas vueltas.

Crédito de la imagen: Alberto Frost