El sabor que me trajo de vuelta el recuerdo de mi primer amor

Un viaje de final de carrera, un atardecer que me marcaría para siempre y un recuerdo inesperado a través de los sentidos

Es increíble cómo los sentidos, ya sea el sabor de esa chuche que te encantaba de pequeño o el olor tan peculiar de los cromos de tus pelis de infancia, pueden transportarte a otros episodios de tu vida. ¿Quién me iba a decir que al probar los matices de lima, jengibre y jalapeño del nuevo Coca-Cola Signature Mixer Spicy Notes iba a transportarme a aquellas playas de Bacalar junto a ella? El corazón me dio un vuelco.

Este julio hizo cuatro años de aquella tarde que me marcaría para siempre. Acabábamos de aterrizar en la Riviera Maya junto a mis compañeros de uni en el viaje final de carrera. Antes de la incertidumbre del mundo laboral, tocaba descansar y recargar las pilas en México. Hacía mucho calor y humedad, había playas infinitas de arena blanca, burritos y tacos, fiestas interminables y buen alcohol. Yo, apasionado del tequila y amante del mar (nací y crecí en el Mediterráneo), estaba en una especie de paraíso estival. Todos estos elementos eran la ecuación para crear un viaje perfecto. Y, aunque creía que esto era todo lo que iba a vivir (¿qué más necesitaba para ser feliz?), sucedió lo impredecible: me enamoré por primera vez.

Ruinas de Tulum | Pixabay

Estábamos en Tulum y llevábamos ya dos semanas recorriéndonos las playas del país. Me había quemado, los despistes con la crema solar de siempre y me quedé dormido. “Tranquilo, que lo que hoy es rojo, mañana es moreno”, me decían mis amigos mientras se iban a la playa y me dejaban solo en el hotel, bañándome en after-sun y escondido en las sombras de la terraza del bar.

Pero no tenía ninguna envidia de mis amigos, estaba en el séptimo cielo. Me bajé a la piscina a leer con todos los sentidos estimulados: la brisa del mar olía a ese peculiar toque a agua y salitre, las vistas eran playas espectaculares, la música apacible de fondo y en mi boca notaba el sabor de un exquisito mixer de tequila (para algo había ido a México) con Coca-Cola, lima, jengibre y jalapeño, una fantasía.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Estaba prácticamente solo. En toda la terraza solo había una persona más de mi edad. Noté que me miraba mucho. Yo también me fijé en ella. Mi cabeza comenzó a imaginar que le gustaba, pero no me atreví  a decirle nada. Al cabo de media hora, se levantó y, cuando pasó por mi lado, me dijo: “buen libro”. Me sonrió y se fue. Yo titubee un tímido y ridículo “gra-gracias”. Me quedé en blanco.

A la mañana siguiente, mis amigos y yo abandonamos Tulum y fuimos a Bacalar. Nos bañamos, bebimos, nos divertimos. A la segunda noche, en un bar, mientras tomaba el mismo mixer de tequila y Coca-Cola, me encontré a esa chica. “Me he acabado el libro”, le dije eufórico, “me encantó”. Estuvimos hablando toda la noche, había chispas, química y cualquier otro sinónimo que defina esa pasión y atracción irrefrenable entre dos personas que se encantan. Me explicó que viajaba con unos amigos, y justamente la ruta que tenían planeada era la misma que la nuestra. Decidimos unir grupos y viajamos todos juntos.

Nuestro idilio duró una semana más. Compartimos momentos increíbles. Fiesta, risas en la orilla del mar, monumentos, cócteles y largos besos que terminaban… En fin, terminaban muy bien. Desgraciadamente, todo lo bueno se acaba y tocó despedirnos. Yo me volví a España y ella a Argentina, ambos con la idea de que muy probablemente no volveríamos a vernos nunca más. Y así fue. Al principio hablábamos a todas horas sin importarnos el momento del día. Después el cambio de horario comenzó a hacer de las suyas y al final las promesas y las ganas se fueron diluyendo en suspiros cada vez más espaciados.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Pero ahí están los recuerdos. Aunque no queramos, el sentimiento se queda almacenado en algún lugar de la mente, y a veces vuelve por sorpresa. Este verano sucumbí ante los embates de la nostalgia. Se cumplía un año desde que había roto con mi ex y sentía dentro de mí que ya se había acabado el luto post-ruptura. Estaba listo para volver a enamorarme.

Fui con mis amigos a una terraza espectacular de una increíble azotea de Barcelona. Me acerqué a la barra y me pedí un mixer de tequila reposado con el nuevo Coca-Cola Signature Mixers Spicy Notes. Lo agité con la cañita, lo olí y le di un trago. Tenía el mismo sabor de ese tequila con Coca-Cola, lima, jengibre, romero, jazmín y jalapeño que me había pedido en México. ¡Bum! De repente emanaron todos los momentos de aquel amor fugaz en México. Volví a recorrer Chichén Itzá, Isla Mujeres o aquel cenote que presenció un encuentro clandestino de amor. ¿Era un sueño o realmente estaba ahí? Un codazo de mi amigo me devolvió a la realidad, pero aquel pensamiento me zarandeó por dentro.

La tarde siguió con el mixer en mano, la música sonaba y mis ojos estaban posados en el skyline marítimo de la capital catalana. No pude evitar sonreír. Se me pasó el cinismo romántico típico de nuestra época de apps y me entraron ganas de hacer planes, de vivir, de saborearlo todo. Sonreí, tomé otro trago y me di cuenta de lo feliz que era en ese momento, aunque estaba convencido de que lo mejor estaba por llegar.

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Este artículo ha sido patrocinado por Coca-Cola.