Esta es la razón por la que me gusta (tanto) comer coños

Recuerdo la primera vez que me comí un coño, fue una sensación extraña, diferente. La verdad me quedé un tanto pasmado esa primera vez que planté mi cara delante de unas piernas abiertas al ver cara a cara algo que llevaba meses tocando y humedeciendo sin saber realmente que aspecto tenía. Seguramente aquella vez lo hice fatal, porque la verdad, me dedique a lamerlo sin saber si a aquella chica le estaba gustando o no. Lo único que pensaba era en meterla después, siguiendo el ritual que tras tantos años matándome a pajas delante del ordenador, el porno me había enseñado.

Sin embargo, medida que han ido pasando los años he ido cogiéndole el gusto al tema, perfeccionando la técnica, aprendiendo de mis compañeras de cama y sorprendiendo a otras y si os soy sincero, a día de hoy no concibo echar un polvo sin antes bajarme al pilón.

Sé que hay muchos hombres que no lo hacen. Según ellos les da asco o simplemente porque no saben hacerlo bien, y no hay nada que joda más que oír que somos malos en la cama. Muchos se preguntarán ¿Y por qué te gusta hacerlo? Pues la verdad, me gustaría hacerle la misma pregunta a las mujeres, porque no creo que mi polla sepa precisamente a piruleta.

Personalmente creo que la primera razón de todas es la fisiológica, porque a nadie le provoca placer meterla en seco y taladrar a la pobre chica sin darle ningún tipo de placer. Pero el placer de practicar sexo oral a una mujer va más allá de eso.

Es algo que se encuentra en una vertiente más psicológica, mística o llámalo X. A menudo concebimos el sexo como un mete-saca con una sola finalidad, que es la de corrernos, pero la verdad es que para disfrutarlo tenemos que ir más allá. Hacer el amor es un ritual, una conexión que escapa de lo puramente terrenal y físico. De ahí que decidamos meternos en la boca las partes íntimas de nuestro partenaire sexual.

Yo lo concibo como un intercambio de placer y poder, ahora yo soy quien te da, luego me lo darás tú. Vas descendiendo, recorriendo el cuerpo femenino hasta encontrarte en ese punto de no retorno donde tú tienes el control de la situación, mientras ves como el cuerpo que tienes delante empieza a estremecerse con cada uno de los movimientos de tu lengua. Y a medida que vas avanzando notas ese involuntario temblor de piernas, los movimientos de cabeza, un labio que se muerde, unas manos que empiezan a recorrer tu nuca y el calor. Un calor húmedo que no cesa aunque estés en la parte trasera de un coche en pleno invierno. Arriba, abajo, más rápido y más lento, con la boca y con las manos o con ambas cosas a la vez, al final todo se resume en poder.

El verdadero motivo de comerle el coño a alguien no es solo el placer sexual, sino la satisfacción de despertar el éxtasis en la otra persona. Una sensación que es muy difícil de describir, así que recomiendo a los lectores que se pongan a buscarla desde ya mismo porque les cambiará la vida.