Voy de machito con las mujeres solo para tapar mis inseguridades

Me creí el puto amo. El fucker máximo. El crack que se follaba a todo lo que se movía.

O, al menos, eso es lo que le decía a la gente.

Me he pasado la última década aparentando ser lo nunca fui. Desde que salí del instituto y comencé la universidad, mi único objetivo ha sido enseñarles a mis colegas que tengo más ligues que Julio Iglesias y demostrarles a ellas que con un chasquido de dedos deberían estar manchando las bragas.

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Para conseguir mi propósito hice de todo. Me volví un adicto al gimnasio, me gasté todo lo que tenía ahorrado en ropa fashion y perfeccioné todo mi vocabulario con mis ‘guapa’, ‘bombón’ y ‘preciosa’ siempre a punto. Llegué a creerme mi máscara social hasta tal punto que incluso comencé a inspirarme en los gurús de la seducción de Youtube y a aplicar sus técnicas más oscuras para minar la confianza de las mujeres a las que conocía, y venderme como el héroe salvador y protector que Hollywood les había metido en la cabeza.

Así fue como noche tras noche, chica tras chica, mi fama me acompañaba de discoteca a discoteca. En esa espiral de alimentar mi ego a base de sexo ocasional, dejé decenas de corazones rotos a mis espaldas. Pero a mí no me importaba (o eso creía), en mi cabeza me repetía como un mantra aquello de: “mejor que sufran por mí que sufrir yo por ellas”. Sin embargo, un día me di cuenta de que lo mío era una huida adelante.

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Había creado una máscara que comenzaba a pesarme y que, realmente, solo ocultaba mis temores e inseguridades al resto de la gente. Porque, debajo de ese machito que se pavoneaba orgulloso en la discoteca, de ese tío sonriente siempre dispuesto a tirarte la caña o pedirte el Instagram, se ocultaba un tío con miles de miedos. Lo mío no era valentía de empotrador, lo mío era un niño llorica y malcriado. Un tío muy normal que necesitaba exhibir su ego solo para evitar tener que descubrir que estaba medio muerto por dentro.

Intentar quedar por encima de las mujeres hacía que yo cada vez estuviera más por debajo.

Así fue como huir y buscar una nueva víctima antes de convertirme yo en el rechazado se convirtió en mi forma de vida. Durante mi adolescencia, hasta que empecé la universidad, fui el típico chico que no ligaba. Era inseguro, era tímido y no tenía ni puta idea de cómo gestionar mi relación con las mujeres. Recuerdo que el último año antes de empezar la universidad,  me enamoré brutalmente de una chica a la que el último día acabé declarándole mi amor con una carta. Nunca recibí contestación, solo la mirada condescendiente de sus amigas que se rieron de mí cuando nos cruzamos por el pasillo.

Esto, junto a otros miedos que ya venían ya de serie, hizo que empezara a estudiar y desarrollar ciertas habilidades para que ninguna volviera a recordarme esa sensación de rechazo.  Y  fue así hasta que un día ocurrió. Abrí los ojos y en mi cama lo único que quedaba de aquella fiesta loca era su olor y toda mi miseria. Era ella la que se había largado. La que había puesto lo que le ofrecía en la balanza y se había dado cuenta de que no era más que bullshit, de puro humo para hacerla creer que era alguien especial cuando, en realidad, solo era un pobre inmaduro.

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Tardé semanas en asumirlo y todavía más tiempo en aprender algo de aquella experiencia. Lentamente comencé a despegar mi rostro, mis gestos y mi vocabulario de esa máscara misógina que me mantenía anclado en mi narcisismo. Fue entonces cuando el verdadero yo empezó a fluir y, por primera vez en mi edad adulta, a los 30 años,  pude sentir que me había quitado un gran peso de encima. Comprendí que no tenía que ser ni el puto amo, ni el fucker máximo, ni el crack que se folla a todo lo que se mueve.

Soy consciente de que lo que estoy intentando contar no cambiará al tipejo que las dejó tirada después de prometerte durante meses de encuentros fugaces que dejaría a su novia por ti, el que se largó sin hacer ruido de tu cama o el que dejó de enviarte mensajes tiernos a tu Whatsapp porque simplemente entendió que no querías follar con él y tenía otras en la recámara. No es que pretenda decir que mi verdad es la absoluta y que todos ellos deberían aprender de mi ejemplo, pero lo que sí me gustaría es que si tú te vas a cruzar con uno de estos energúmenos, que sepas que ‘el problema’ no eres tú, que es él y su ego los que te tienen miedo.