Me gasté 54 euros en Tinder Gold para pasar San Valentín a dos velas

Ligar es una dictadura que ha sustituido la lógica meritocrática de ligar en los bares de copas por la lógica capitalista de un algoritmo 

“Jajaja”, “ah q guay” o emoji de sonrisa repetido dos o tres veces. Si has leído cualquiera de estas cosas más de dos veces en una misma conversación de Tinder, la persona que las ha escrito está a punto de darte la patada. Para hacerlo hay muchas modalidades y todas igual de crueles. Puede ser un sutil ghosting, puede deshacer un match o puede continuar con su técnica monosilábica hasta que tus ganas de vivir se pierdan en una búsqueda absurda de temas de conversación que a ambos os importan una mierda. A mí me han hecho y he hecho las tres.

Es así de brutal, es así de simple, la ley de la selva, el supermercado digital del amor que se ha materializado en forma de app. Una dictadura que ha sustituido la lógica meritocrática de ligar en los bares de copas por la lógica capitalista de un algoritmo que te valora, te categoriza, te ofrece y te desecha cuando dejas de aportar contenido valioso. “Si no pones a nadie, pírate”, debe pensar la máquina maligna desde lo más oscuro de algún servidor. Y así estoy: en San Valentin, solo y 54 euros más pobre después de haber pagado dos meses de Tinder Gold.

CN

Pero empecemos la historia por el principio. Mi relación con Tinder empezó más o menos dos meses después de que mi expareja me dejase. En un primer momento fue un “a ver qué se cuece por aquí”, de ahí pasé a un “joder, esto es un folladero” y de ahí, a gastarme la pasta exponiéndome a gente que ha sudado de mi cara de todas las maneras posibles. A ver, que follar se puede follar, pero de ahí a encontrar el amor… por mucho Tinder Gold que te pongas, por mucho que te curres un perfil creativo con fotos en Bali y por mucho match que acumules, te puede pasar como a mí y acabar con síndrome de Diógenes del amor. 

Romance con un bot

Acumulo matches y conversaciones inútiles que dejo olvidadas solo porque me hacen creer que mi verdadera ‘media naranja’ (término tóxico donde los haya) se esconde en el próximo match y no este. O simplemente porque me han descartado por los motivos más absurdos y arbitrarios que te puedas imaginar. "Te gusta la montaña o la playa", me pregunta. "Pues... yo soy más de montaña", respondo. Eliminado. "¿Eres súper alto, no?", me pregunta. "Qué va 1,75, lo normal", respondo. Ghosting. "¿Y tú dónde vives? Yo cerca de Glòries", pregunto. "Uffff qué palo", responde. Nunca más se supo. Y así podría continuar todo el día por no hablar de las escorts, los perfiles fake, los bots y demás personajes mitológicos que se esconden en la plataforma. De los 41 matches que acumulo solo he llegado a tener una con 10 y, de estas, solo 3 o 4 podrían considerarse conversaciones en toda regla. 

Resultado de imagen de tinder gif

Y sí, evidentemente que he quedado con personas reales y que, algunas veces hasta la cosa ha llegado a culminar, pero es que es MUY difícil construir una atracción de la nada. Antiguamente, en la época en la que la gente se venía arriba cuando ponían Bisbal, te ibas a un bar o una disco y te ponías a gusto. Entonces te cruzabas con alguien y se producía esa química que te movía a querer conocer a la otra persona. Luego ya se iría viendo si lo vuestro iba a ser un polvo guarro en el baño, una relación de follamiguxs o el inicio de una relación monógama y tradicional con hipoteca, tele de plasma, coche a plazos y un perrito o gato opcional. Todo dependía de esa química del principio y de vuestra afinidad, pero lo divertido era ir descifrándolo según ibais follando. Ahora se construye la casa por el tejado: primero la afinidad y luego ya veremos. ¿Y qué es la afinidad? Lo que un algoritmo y tu superficialidad decidan.  

Y lo peor es que el algoritmo siempre va a saber tu punto débil porque conoce todas tus mierdas interiores. En su libro L'amour sous l'algorithme (El amor bajo el algoritmo), la periodista Judith Duportail explicaba cómo Tinder te evalúa a nivel físico, inteligencia, nivel de estudios e ingresos, el tiempo que te paras en observar las fotos, etc. para condicionar tus matches y conseguir que te vuelvas adicto a la búsqueda. "Ante todo, somos un cliente, un producto. Los cerebros de Tinder no se preguntan cómo Judith va a encontrar el amor, sino cómo hacer que Judith pague por usar Tinder”, contaba la periodista con más razón que un santo. Y es que, desde que leí la entrevista no puedo sentir que mis aparentemente aleatorios matches sean lo que realmente ando buscando sino lo que Tinder quiere que encuentre. Y además cuando crea que me engancho con algún match correrá para mostrarme otros ‘mejores’ y que abandone la idea. 

Es por eso que no puedes parar de intentar buscar y, por supuesto, de gastar: 7 eurazos por el boost que posiciona tu perfil durante 30 minutos, 9 por cinco superlikes con los que poder hacer match a mujeres que jamás verían mi perfil porque Tinder me considera ‘inferior a ellas’ y todo ello sumado al premium que tan solo te ofrece 5 superlikes al día y un boost al mes. Además, sospechosamente la chica que encaja 100% en lo que buscas siempre aparece al poco de gastar tus superlikes del día por lo que ‘para no dejarla escapar’ tienes que soltar la pasta. No sé Rick, parece falso. El caso es que toda esa manera de pensar en términos de ‘mejor’ y ‘peor’ es pura toxicidad, pero con un algoritmo alimentando ese prejuicio es difícil no caer. 

Match por follow

Pero volviendo al tema emocional, porque Tinder tendrá sus truquitos pero no te pone una pistola en la cabeza para que pagues y es cierto que muchísimas personas han conocido a sus parejas a través de la plataforma, el tema es que venderme no es lo mío ni creo que sea demasiado sano. Y digo que no lo es porque en Tinder hay una máxima: si quieres pillar tienes que mentir o, al menos, no ser demasiado sincero para evitar que te descarten de un slide. “Ser sincero en Tinder creo que es algo que es muy difícil porque interactuar a través de una pantalla facilita muchísimo el hecho de poder llevar a cabo prácticas como el ghosting, es más fácil para los usuarios dejar de hablar y abandonar que dar una explicación sincera y humana”, explicaban a Código Nuevo las autoras de Love me Tinder, Núria Gómez y Estela Ortiz.

Y es que, joder, es verdad. A la mayoría de las personas les da palo explicar por qué no le molas y mienten o acaban desapareciendo, que también te digo que hay peña que dicen que le han hecho ghosting pero es por pesaos. Eso por no mencionar la tonelada y media de personas que, en realidad, solo buscan que les sigas en Instagram con el típico mensaje “casi no entro aquí, mejor escríbeme por IG” o esas extrañas criaturas que usan Tinder para hacer amigxs. En fin, que después de todo el rollazo que te he contado se me cae el alma al suelo cuando leo artículos que afirman que el 50% de los matrimonios actuales tienen su origen en el online (el 70% en parejas heterosexuales) y que “las parejas de Tinder tenían más cosas en común, más estabilidad y más complicidad”. 

Pues que me expliquen cómo lo han hecho porque yo me he gastado una pasta y ni estabilidad, ni complicidad, ni San Valentín. El algoritmo podrá intentar engañarte pero al final el que se engaña eres tú. El día en que realmente estés preparadx para conocer a alguien surgirá en Tinder, en el gimnasio, en la parada de metro o en la cola para pagar del Primark. El amor es un estado mental ( y espiritual) y hasta que la gente no se quiera un poquito a sí misma esto no lo arregla ni Mac Gyver. Si pagar 54 eurazos me ha servido para esto, el sablazo habrá valido la pena. Eso sí, lo de seguir consumiendo a personas como si fuera el Black Friday se ha acabado para mi. ¿Sabes qué le digo al algoritmo de Tinder? Que no sé si le pongo a alguien o si soy un usuario valioso, pero esta vez el que se pira soy yo. Chau. Esta noche paja con velitas.