Mi experiencia al hacer un trío con otra pareja hará que se te quiten las ganas de probarlo

Siempre había querido probarlo. Soy, o más bien era, lo que podemos llamar 'bicuriosa'. Había pasado mi adolescencia imaginando cómo sería enrollarme con otra chica, viendo porno lésbico e incluso, alguna vez me había metido en uno de esos chats del portal Terra a hablar con chicas (sí, solo a hablar). Sin embargo, todas mis relaciones sexuales habían sido siempre con chicos. Fue a mis 22 años, después de haber descartado el lesbianismo y la bisexualidad, cuando, sin que yo hubiera planeado nada en absoluto y saliendo de una ruptura bastante dolorsa, me cayó del cielo la oportunidad de probar el sexo con otra mujer. Y no fue, para nada, ni la mitad de excitante de como me lo había imaginado.

Conocía a Carlos de la universidad. Habíamos estudiado juntos pero hacía un par de años que no compartíamos clase y nunca habíamos tenido especial relación. Coincidimos una noche de agosto en las fiestas del barrio barcelonés de Gràcia, esa en la que se junta a media Cataluña con todos y cada uno de los guiris que están de vacaciones en la ciudad esa semana. Y entre toda esa multitud, su grupo de amigos y el mío se toparon por un segundo. Nos saludamos, nos sonreímos, nos pusimos al día en diez minutos y, al despedirnos, le di recuerdos para su novia Laura, que también era compañera de estudios.

Después de aquel encuentro, Carlos empezó a hablar mucho conmigo por Facebook. Me escribía, me preguntaba qué hacía, qué tal me iba en el trabajo y, de vez en cuando, me soltaba algún comentario muy fácil de malinterpretar y que yo siempre esquivaba dignamente. Como 'víctima' de cuernos que he sido y teniendo en cuenta que conocía a Laura (aunque solo fuera de vista), un día me harté y le dije que no quería tener nada que ver con sus gracias y que fuera a contárselas a ella. "Jajaja, tranquila. Laura y yo tenemos una relación abierta. Además, el otro día me dijo que le pareces muy maja y muy guapa", respondió. Después del shock inicial y de someterle al tercer grado para asegurarme de que no mentía, me planteé la situación.

Lo cierto es que Carlos tenía su atractivo y me caía bien. Yo estaba en modo me-tiro-todo-lo-que-se-mueve-porque-me-ha-dejado-mi-novio-y-necesito-sentirme-sexy. Así que le seguí el rollo. "Tengo que preguntarte algo y siendo tan abierta creo que te encantará", me soltó Carlos pocos días después. Sí, lo habéis adivinado. Laura y Carlos querían añadirle algo picante a su relación y parecía que yo iba a ser su juguete nuevo. Mis amigas se volvieron locas del cotilleo que suponía aquello (ante algo así, mi placer sexual pasa a otro plano, está claro). Después de sopesar todas sus opiniones y de pasármelas por un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, decidí que lo haría. Siempre había pensado en ello y no iba a rajarme ahora.

Quedamos para cenar en casa de Carlos. Comimos y charlamos como si fuéramos amigos de toda la vida, aunque era la primera vez que estábamos los tres a solas. Pero ellos no me conocían de verdad, solo a la parte de mí más liberal, más feminista, divertida y, sobre todo, más sexual. Todas esas 'yo' que quise mostrarles esa noche. Bebimos hasta emborracharnos porque Laura se sentía intimidada, y yo empecé a dudar de si todo aquello había sido idea de ella y de la supuesta relación abierta que mantenían. La besé. La besé y duró cien años mientras Carlos nos miraba. Fue un beso tan húmedo, lento y suave como había atesorado en mis fantasías más íntimas.

Nos desnudamos entre besos y carícias, y entonces todo se volvió rápido y borroso. Sin saber cómo, estábamos en la habitación, a veces solo ella y yo, a veces solo con él. A veces ni siquiera estaba yo. Pero ni el sexo oral con Laura, descubrir nuestras entrepiernas, ni las mil posturas que repasamos a lo largo de la noche me hicieron sentir al día siguiente que aquello que había ocurrido había sido tan genial como el alcohol nos había hecho creer. Me desperté aturdida, pero lúcida. Y recordé los besos torpes de Laura, sus manos temblando y su lengua jugando al cunnilingus sin sentido alguno. Yo no era la única inexperta en aquella primera relación lésbica (en la parte del trío ya sabíamos que ninguno tenía referencias). Atando cabos, me di cuenta de que, aunque a Carlos sí estuvo presente toda la noche, Laura jugó un papel tímido y casi obligado.

Después de aquella noche, empecé a recibir mensajes de ambos, por separado, contándome lo trastocada que estaba su pareja. El uno achacaba al otro el haber abierto la relación. Tenían problemas y creyeron (¿pero en qué coño estaban pensando?) que incluir a otras personas mejoraría las cosas. Me costó unos meses, pero me deshice de ser su pseudo-amiga, psicóloga y juguete sexual. Sin embargo, lo que recordaré siempre de aquella experiencia para olvidar es que, aunque ser la tercera en discordia en un trío parezca la opción más 'segura' a nivel emocional, si decides lanzarte asegúrate antes de que lo que debería ser una noche de locura no termine en una espiral de reproches y heridas abiertas. Porque, al final, las fantasías sexuales pierden todo su encanto cuando dejan de serlo.