La Solución Para No Dejarte Devorar Por La Vergüenza Y El Miedo Al Ridículo

Todos la hemos sentido. Esa sensación tan infernal que se tiene cuando se es el centro de miradas y carcajadas porque acabas de hacer el ridículo más absoluto. Se puede dar en momentos puntuales, pero hay personas que viven con vergüenza cada día de su vida. Se trata de una emoción bastante común pero que, en exceso, puede llegar a ser muy destructiva. Cuando nos sentimos avergonzados podemos responder con agresividad y hacer daño o, por el contrario, hacernos pequeños, quedarnos paralizados y no poder dar un paso más.

Pero como cualquier otro 'monstruo de las galletas', si le plantamos cara y le miramos fijamente a los ojos, nos daremos cuenta de que no es tan fiero como parece. Mientras le sigamos alimentando con galletas se va a sentir muy cómodo y seguirá con nosotros durante mucho tiempo. Esas galletas están hechas de un ingrediente: el miedo al ridículo, esa necesidad constante de aprobación.

Sin embargo, la pregunta que hay que hacerse es: "¿realmente necesito tener la aprobación de todo el mundo o solo de la gente que es importante para mí? ¿o ni siquiera eso?". Tenemos una necesidad ficticia de mantener una imagen positiva de nosotros mismos que normalmente se basa en nuestras capacidades o en los logros que hayamos tenido. Pensamos que la aprobación de los demás es esencial para nuestro bienestar o felicidad.

Hay personas que tienen tanto miedo a hacer el ridículo que llegan incluso a la fobia social, es decir a evitar a toda costa relacionarse con los demás por el pánico al rechazo. Viven imaginando que tienen un público maligno que constantemente está haciendo comentarios negativos sobre cualquier cosa que hacen o dicen, como si estuvieran siendo observados en todo momento, lo que les crea una enorme sensación de inseguridad. Son esas personas que si ven reírse un grupo de gente a su alrededor, piensan que se están burlando de ellos, aunque no tenga nada que ver.

Permitimos que los demás tengan mucho poder sobre nosotros y sobre nuestras vidas. Pero, más allá de la opinión de otras personas, lo nocivo es lo que nos decimos nosotros a partir de esa opinión. Por ejemplo, ante un grupo de amigos, un comentario nos hace enrojecer y a los demás reír. Ahí tenemos dos opciones: decirnos a nosotros mismos: "qué habrán pensado de mí, creerán que soy idiota, qué horror, tierra trágame..." o tratarnos (mentalmente) con cariño y acabar riendo con los demás.

Esto significa que, por mucho que una persona pretenda ridiculizarnos, no puede conseguirlo a menos que nosotros decidamos sentirnos ridículos. Es imprescindible tomar consciencia de que quien tiene el poder sobre tus emociones eres tú mismo y que la decisión de usar un comentario, una mirada o una carcajada para machacarte es tuya. Después, con un poco de entrenamiento, puedes elegir el discurso mental que te haga sentirte bien, con ganas de vivir y de disfrutar en lugar de sentir angustia.

La emoción de vergüenza es normal, todo el mundo la experimenta en algún momento en su vida y es imposible hacerla desaparecer del todo. Lo que tenemos que aprender es a reducir su intensidad, para que no nos paralice, ni nos haga perdernos cosas importantes en la vida.