La Indecisión Es La Peor Decisión De Todas

Esto quizás suene a cliché, pero los jóvenes no podemos decir que somos libres, diferentes y aventureros si somos incapaces de tomar decisiones. Decisiones en todos los ámbitos de nuestra vida, que necesariamente acarrean el compromiso de hacernos responsables por lo que decidimos, y no de andar evadiendo las acciones ni los hechos para “no ser culpables”. ¿Qué sería de nosotros sin la necesidad de tomar decisiones? Solo hay dos resultados posibles: la extinción o caer en manos de quienes decidirán por nosotros.

Nada más pensar en la idea de que alguien tome decisiones por mí, ya me genera desprecio. Sí, porque sería renunciar por completo al control sobre lo que quiero hacer con mi vida y lo que considero correcto; lo que me hace bien y lo que me hace mal; lo que me satisface y lo que no. Desde niños, nuestra naturaleza es la de querer hacer las cosas por cuenta propia –eso que los padres dicen: “está muy malcriado”–, porque nos da poder, nos hace sentir valientes. Si desde esa etapa nuestros padres nos libran de esa responsabilidad que acarrea el tomar decisiones, de adultos seremos unos pequeños parásitos que solo pueden vivir de la imitación o de lo que otros nos digan. Y, ¿quién quiere vivir así?

La indecisión –en una definición muy personal– no es más que la falta de práctica para tomar decisiones. Nos acostumbramos a que otros decidan, ordenen, sugieran, nos digan qué hacer, y hacemos de esa mala costumbre un hábito que termina convirtiéndonos en dependientes. Si un deportista no practica, fracasará casi con certeza. Si un músico no ensaya, de seguro su presentación será una porquería. Si un científico no experimenta, jamás sabrá cuál es el resultado. Y si cualquier persona aprende a no tomar decisiones, se acostumbra a ello o deja que otro lo haga por él, el día que le toque se va a desesperar y caerá en la indecisión.

¿Por qué la indecisión es la peor decisión de todas? Hay una ley natural que afirma que “la vida es movimiento”. La indecisión es inamovilidad, es un estado estático, y como el agua en un estanque, lo más probable que puede pasar es que nos iremos pudriendo poco a poco. Si la vida es movimiento, tomar decisiones es el motor y el acelerador que nos lleva hacia donde queremos llegar. La juventud es la etapa ideal para tomar decisiones, porque como suelen decir: “no tenemos nada que perder”; de hecho, tenemos mucho que aprender.

También dicen que “no tomar decisiones es tomar la decisión de no tomarlas”, con lo cual estamos obligados a responder ante el resultado de la inacción; pero lo que suele suceder cuando alguien está indeciso y se queda así es que, al momento de asumir las responsabilidades dirá que él o ella no decidió eso, que no es su culpa. ¿Quién quiere vivir así? Solo el cobarde, el dependiente, el que necesita que otro le haga la tarea, le termine el trabajo. En cambio, el valiente, el diferente, el joven que destaca sobre los demás no se queda con esa y antes de esperar que las cosas pasen, él decidirá actuar.

Crédito de la imagen: lauren rushing