Cómo Las Decisiones Difíciles Me Han Hecho Quién Soy

Recuerdo muy bien mi primera vez, aquella sensación nueva que recorría todo mi cuerpo. Siempre hay un estreno, un comienzo y unos nervios que preceden al momento de empezar, y que se acrecientan cuando llega el clímax. Así fue la primera ocasión en que salí a la calle sin tacones. Llevaba años aguantando muchos dolores de pies. Bailes, cenas, desfiles por el pasillo de la facultad... Todo quedaba atrás de pronto. Me estrenaba en el mundo de los zapatos planos, de caminar cómoda durante horas sin cansarme los pies, y de mostrarme de pronto como la chica bajita que realmente era.

Puede que fueran mis pies los que estallaron, porque dicen que cuando nos machacamos el cuerpo, este se rebota. Lo que tengo claro es que nunca sabré la razón, porque fue una mañana, sin motivo aparente. No había pasado nada especial la noche antes, salvo que salí a tomar una copa con unos amigos y volví con un tremendo dolor de pies, pero aquello era mi pan de cada día. Simplemente sentía que no podía más, que iba a asfixiarme en esa vida que ya no sentía que fuera la mía. Decía adiós a una vida carcelaria. Adiós a los zapatos incómodos y las faldas de tubo impidiéndome correr con todas mis fuerzas. Adiós a las fotos carné sin sonrisas, y a los selfies de pose estudiada.

Los zapatos solo eran una parte de todo lo que estaba cambiando en mí, porque mis pies no eran lo único de mi cuerpo que necesitase liberarse un poco. Seis años de relación terminaron aquella tarde, y por la mañana acabé con el trabajo. Después me fui a cortar el pelo unos cuantos centímetros, y cuando llegué a casa tiré a la basura todos los zapatos que tuvieran la más mínima cuña. Lo sé, parece radical, pero con el tiempo me he dado cuenta de que cuando das un paso adelante, a veces tienes que dar primero dos pasos hacia atrás.

Parecía una gran rebelión contra todos los tacones simbólicos de mi vida: todos ellos llevaban tiempo haciéndome sentir más alta, pero también me dolían mucho e impedían que avanzase más deprisa. Por suerte, con mi jefe pude arreglar un despido, pero me costó una discusión. Cuando fui a decir que me marchaba, noté cómo me miraba todo el rato la ropa, y decía que no me reconocía vestida así.

Cuando cambias, la gente nunca lo entiende. Si eres callado y empiezas a hablar, te miran como raro. Si eres muy alegre y te ven serio, piensan que tienes algún problema o depresión. Si siempre has llevado faldas y tacones, y un día apareces con vaqueros y unos zapatos cómodos, parece que les molesta que no les deleites más con tu culito respingón. Cambias, y de pronto tus amigos tampoco lo quieren aceptar. Por eso, cambiar te sirve de filtro para mantener a los que merecían la pena. Te quedan los amigos que te querían por ti misma, y los que soportan el ritmo que llevas ahora, que caminas con zapatos cómodos...

Había escuchado hablar de la "crisis de los 40", pero yo apenas acababa de cumplir 26 años. Por eso lo bauticé como mi "crisis de los zapatos", la que me supondría bajar de escalón al principio, pero que en realidad me ha elevado más alto que cualquier tacón: me ha llevado a donde estoy, a la empresa que dirijo y la pareja tan maravillosa que ahora tengo.

Crédito de la imagen: Diggie Vitt