¿Se puede hacer un reality de gente en pelotas sin caer en el morbo barato?

Aventura en pelotas no es un estandarte de la calidad televisiva, pero demuestra que se puede hacer un concurso de telerrealidad que sea entretenido (Incluso divulgativo) sin caer en el sensacionalismo

“Esto es un regalo de dios”, dice un chico rubio con la piel quemada por el sol y aspecto desaliñado mientras se mete en un estanque rodeado de vegetación. Detrás de él hay otra persona. Se trata de una mujer, también con la piel ardiendo y pequeñas ramitas enredadas en el pelo. Ambos están desnudos. “¿Qué es eso?” Dice ella, mientras examina con curiosidad una de las orillas. La cara de él cambia al instante. “¡Mierda, es un cocodrilo!, ¡Corre!”. 

No voy a negarlo, la primera vez que oí hablar de Aventura en pelotas puse los ojos en blanco y cara de malas pulgas. Acostumbrada a concursos como Supervivientes, donde las habilidades de los participantes quedan relegadas a un segundo plano a favor de mostrar las disputas y los amoríos internos (siempre pasados por un filtro de edición amarillista), no tenía ninguna esperanza puesta en la calidad del formato.

Casi a regañadientes me animé a ver el primer capítulo, y para mi sorpresa, me di cuenta de que la desnudez de los participantes no era un reclamo sensacionalista sino que estaba justificada por la trama. En Aventura en pelotas (una terrible traducción del título original Naked and afraid) un hombre y una mujer que no se conocen previamente tienen que sobrevivir en la naturaleza durante 21 días llevando consigo únicamente una herramienta de su elección.

No llevan ropa. Tampoco hay galas, ni nominaciones, ni votaciones populares. No tienen ninguna prueba que superar más allá de conseguir comida y refugio para poder subsistir en un entorno hostil plagado de insectos, animales peligrosos y condiciones climáticas adversas. Por primera vez en este tipo de formatos, la desnudez es un obstáculo más a superar dentro de la lista de problemas a los que se enfrentan, y no una manera gratuita de aumentar las cuotas de audiencia.

Aunque esta configuración no parezca especialmente novedosa, la realidad es que hay pocos espacios que no sucumban a los recursos efectistas. No sé si os acordaréis de Adan y Eva, un dating show emitido por Cuatro en el que los concursantes, también desnudos, luchaban por conseguir pareja mientras vivían aislados en una playa de Croacia. Más actual es La isla de las tentaciones, en la que varias relaciones reales se han puesto en la picota después de no poder resistirse a las armas de seducción de sus compañeros.

Sobra decir que todos y cada uno de los capítulos giran en torno a los conflictos de los participantes, plagados de dramas e interacciones tóxicas. Completamente centrados en vender titulares morbosos, muchas veces a costa de poner el peligro la integridad de sus concursantes (recordemos que hace no mucho Gran Hermano retransmitió la violación de una de las chicas de la casa) o de justificar comportamientos machistas y relaciones tóxicas. Sí, es un concurso y tiene que haber competitividad. Lo entiendo. Lo que no entiendo es esta obsesión por regodearnos en la miseria humana.

Y no es que Aventura en pelotas sea un estandarte de la calidad televisiva, pero por lo menos pone sobre la palestra que se puede hacer un concurso de telerrealidad que sea entretenido (Incluso divulgativo) sin caer en el sensacionalismo. Que hombres y mujeres son capaces de convivir desnudos sin tirarse los trastos ni acabar en la cama. Y, sobre todo, que se pueden crear formulas exitosas más allá del “chico conoce a chica en una isla desierta” manteniendo buenas cuotas de pantalla.