Después de trabajar en un psiquiátrico descubrí que la verdadera locura es no ser feliz

*Texto escrito por Edu Sotos a partir de la entrevista con José Ramón Gándara.


En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre sí me acuerdo pero prefiero no nombrar y vestido de pies a cabeza como Don Quijote, descubrí que la vida solo tiene un único objetivo: ser feliz o, al menos, intentarlo. Era un día de junio de 2015, hacía un calor que me fundía el casco de metal al cráneo (la famosa bacía) y me había metido de pleno en el funeral de un vecino de un pueblo que no llegaba al millar de habitantes. Pero, antes de revelar si acabé apedreado por los lugareños como el personaje de Cervantes, os diré el camino hasta esa revelación en medio la España más quijotesca no fue para nada una línea recta.

A lo largo de mi vida había realizado muchos trabajos sin pena ni gloria: diseñador gráfico, ilustrador, camarero, seguridad, etc. Incluso me había enfrentado a seis años de oposiciones sin éxito. No encontraba mi lugar en el mundo y me veía con 31 años desmotivado y sin saber qué hacer con mi vida, ¿os suena? Por aquel entonces llevaba cinco meses trabajando como guardia de seguridad en un psiquiátrico. Era un curro fijo, con un sueldo de 1.400 euros y cuando el turno era más tranquilo me releía el Quijote. Vamos, lo típico a lo que tus amigos y familia te recomendaban que te agarrases como un clavo ardiendo.

Tras los pasos del Quijote

Pero no toda era paz y novelas de caballería. De hecho, bucear en las páginas del libro y recrearme en los escenarios de La Mancha era mi manera de huir de los gritos de los enfermos, sus lamentos, sus delirios y las veces que teníamos que actuar para evitar que se hicieran daño a sí mismos o a los demás. Un trabajo que, poco a poco, había conseguido endurecerme por fuera y desgastarme por dentro hasta el punto en el que no aguantaba más. ¿Por qué me tengo que pasar el resto de mi vida en un trabajo que no me gusta? Era la pregunta que no paraba de repetirme en mi cabeza mientras leía insaciable página, tras página.

Y entonces se me ocurrió una idea, más bien un proyecto, era una locura pero no paraba de darle vueltas, desde que me levantaba hasta que me acostaba, simplemente mi cerebro me decía que debía hacerlo. Así que al final me armé de valor y opté por tirarme a la piscina. Decidí dejar mi trabajo, hacer una armadura con mis propias manos y recorrer los mismos lugares que aparecen en la novela de Cervantes, en bicicleta, vestido de don Quijote y haciendo fotografías que emulasen las escenas del libro. ¿Una verdadera locura? Pues no. Para mí y, pese a lo que pueda parecer, fue la mejor experiencia de mi vida.

Recuerdo perfectamente las caras de estupefacción cuando me presenté en Leroy Merlin y les pregunté qué necesitaba para construirme una armadura, el semblante de los pasajeros del tren desde Valencia y Almagro el día que me vieron embarcar con mi bicicleta y mi lanza en plan hidalgo castellano, los comentarios de los abueletes de los pueblos cuando me plantaba delante de ellos y con una sonrisa de satisfacción les soltaba: “¿Buenos días, cómo están ustedes caballeros?”. Aunque al principio tuve cierto miedo al ‘qué dirán’, nunca, en los dos viajes que hice por La Mancha, sentí que estaba sobrando, que no era bienvenido, que mi ‘locura’ de viaje estaba siendo malentendida.

Para mi sorpresa, los comentarios de “qué fenómeno eres chaval” y las palmaditas en el hombro revelaban que muchas de aquellas personas repletas de arrugas y cayos en las manos de alguna manera se estaban sintiendo identificadas con mi viaje. Que ese loco proyecto que me había atrevido a convertir en una realidad era como un espejo de esa espinita clavada en sus corazones. Esa que nunca habían conseguido sacarse por el miedo a salirse de lo establecido, de imponerse a las opiniones, de encontrarse a uno mismo.

Tras los pasos del Quijote

Tampoco os contaré una novela. Fue un viaje duro y satisfactorio a partes iguales, pasé frío, calor, cansancio, sed y enfados conmigo mismo. Pero, al mismo tiempo, volví cargado de anécdotas, conversaciones con pastores, risas, momentos de paz y mucha felicidad, además de que no fui apedreado en ningún pueblo (para el que se lo estaba preguntando). Cuando regresé a mi ciudad, lo hice sin ningún plan de vida pero feliz por primera vez en mucho tiempo. Enseñé las fotos que hice durante el viaje y la gente me animó a que estudiase fotografía, mi hobby de toda la vida pero al que nunca me había atrevido a darle una salida profesional.

Así que me matriculé y puedo decir que, a mis 33 años, me he reinventado y estoy empezando una nueva vida en la que no me faltan ganas de comerme el mundo. Puede que mi viaje pueda seguir pareciéndote una frikada, que en cierta manera lo es, pero el hecho de que ahora mismo estés leyendo mi historia y tal vez te inspire a perseguir tus propios sueños, para mí ya es suficiente. Aunque en mi andadura no tuve que soportar la racionalidad simplona de un Sancho Panza a mi lado, quizá ya sea hora de que tú también te separes un poco de quienes no pueden ver más allá que lo que tienen frente a sus narices y te enfrentes a esos molinos de la vida que no te dejan ser tú mismo. Tú eliges.