Cómo pasé de no salir de casa sin maquillaje a empezar a sudar de mi apariencia

Aunque prematura, tuve una adolescencia bastante común: Ya desde la secundaria, antes de clase, venga apelmazar mis pestañas, y ojo con dejar un solo grano al descubierto, so pena de ostracismo. "¿Salir de fiesta sin vestido o tacones? Qué horror". Mi carita bañada en pote era solo una representación de la autoestima de mierda que tenemos tod@s a esa edad, pero lo que me pasó más adelante me hizo ver la gran diferencia entre 'ser coquetos' y ser esclavos del físico.

Recuerdo haberme impuesto a mi misma la rutina de estar 'guapa' cada día sin darme cuenta de que había distorsionado lo que significaba esa palabra. También recuerdo estar incómoda con mi nariz, mi culo, mis ojeras. Me hice una permanente en el pelo para tenerlo ondulado, no me gustó el resultado así que me pasé dos años planchándomelo. Me lo teñí de negro y tampoco me gustó (además cuando se empezó a ir el tinte quedó de un verde radioactivo la mar de gracioso). Fail. No faltaron el piercing y tatuaje de turno, me puse lentillas de color azul (los míos son de un maravilloso color caca) y hasta extensiones. Menudos enredos traía esa mierda.

Terry Richardson

Los rituales de belleza pre-farra con mi mejor amiga duraban horas. Poníamos música a tope y sorbíamos vodka con naranja entre rímel y colorete. Luego nos calzábamos tacones imposibles y nos dirigíamos al escaparate de vanidades que era la discoteca a la que íbamos. Sonrío al recordarlo porque fue una época divertida, pero sin que hayan pasado muchos años, parece que haga siglos de ese momento. Ahora salgo para saltar, y no para que me vean. El pelo lo llevo tal y como me crece, y el maquillaje y los tacones (tan sexys como incómodos) están en la caja de ocasiones especiales. Elijo lo que me pongo en un minuto y suele ser algo que se adapte a diez posibles cambios de plan.

Pero las razones de este cambio son más profundas que el cambio en sí. Supongo que el punto de inflexión fue mi primer viaje "largo", concretamente a la India. Pero te hago spoiler: ni me encontré a mi misma, ni haré discursito del rollo 'Come, Reza, Ama', ni tuve un acercamiento al Nirvana. Viajé con dos amigas durante un mes, sudando en autobuses polvorientos durante horas y sin saber donde dormiríamos al día siguiente. Nunca he estado tan sucia, tan maloliente ni vistiendo peor (la comodidad se imponía), y paradójicamente nunca me he sentido más viva... ni más atractiva. Porque de mis entrañas salían ganas de vivir, y esa es la mejor prenda que te puedes poner. Con el subidón de las nuevas experiencias vi más allá de mí y solo entonces me pude ver desde fuera: imperfecta de cojones, insignificante y llena de miedos, pero tan mágica y digna de amor como todo ser vivo. Viajando descubrí que la humildad y el respeto por uno mismo no están reñidos.

Después de ese viaje vinieron otros, más o menos impactantes, pero en cada uno de ellos iba dejando atrás mis complejos anteriores. La adrenalina me maquillaba, la sorpresa y el aprendizaje me vestían. Siendo frívolos, puedo decir que también me influyó ir hecha unos zorros y ver que gustaba igual a los demás. Pero lo más importante era lo poco que me centraba en eso: cuanto menos te obsesionas con algo, más fluye. Viajando y viviendo llegué a la conclusión de que con cuatro mudas en la mochila y aceptando la improvisación (ir con el pelo salado a bailar, a la playa sin depilar), dejaba volar más mi mente, y me volvía más bonita. Y si no era cierto, como mínimo así me sentía yo, y al final eso es lo que cuenta.

No fue solo alejarme de mis esquemas lo que me "liberó": un día cualquiera en mi propia ciudad me di cuenta de que podía sentirme una supermodelo tras horas de trabajo en mi curro de verano llevando un uniforme horrible. ¿Por qué? Pues porque éramos un equipo genial y me sentía realizada. La satisfacción, que llega en lugares inesperados, te hace sentirte mejor contigo mismo y coño, también más sexy.

Cada historia es un mundo, y sé que esta relativización del físico puede ocurrirle a otra persona componiendo música, trepando una montaña o leyendo el libro de su vida. Poco a poco entendí que además de no necesitar maquillaje, tampoco me hacía falta estar bajo los efectos de la adrenalina para sentirme bien (casi) cada día. Vi que en verano me puedo vestir de sal, agua y sol, en invierno me puedo hacer pulseras con anécdotas y con las hojas de mis libros o las que chuto al pasear. Me refiero a que identifiqué cuánto afecta mi estado de ánimo a mi físico, conecté el cuidarme mentalmente con el cuidarme por fuera.

También me influyó irme dando cuenta de lo que yo pienso de la gente: ¿Cuántas veces he visto a alguien que genuinamente pasa de su imagen y me han dado envidia su porte y actitud? ¿Cuántas veces me ha robado el corazón o la mente alguien que a priori visualmente no me hubiese llamado la atención?

Mi look minimalista de ahora no es una declaración de principios, solo soy más práctica. Y no me voy a flipar: evidentemente me sigo ocupando de mi físico. Todo ser humano es consciente de su autoimagen. Pero si alguna vez me miro al espejo y no me gusta lo que veo, recuerdo que me pasaba igual (o más) cuando invertía una hora al día en "verme mejor". Y antes de decidir si me pongo colorete, me aseguro de tener en el bolsillo pensamientos como: "Si no le gusto hoy con cara de cansada, prefiero no gustarle nunca".

Tampoco quiero decir que maduré, porque eso sería condescendiente con todas las personas que invierten mucho tiempo o esfuerzo en su apariencia a cualquier edad. Entiendo que queramos construirnos una identidad por fuera, pero te garantizo que de nada sirve si no cultivamos el amor propio. Sobra decir que alguien puede ir maquillada hasta las cejas o pasarse la semana en el gym y sin embargo tener inquietudes profundas y/o una autoestima sólida. Pero si lo sé es precisamente porque desde que hice esta especie de metamorfosis me he prometido no juzgar (ni juzgarme) por las apariencias. Ojalá siempre que te decores por fuera sea para celebrarte, y no para ocultarte.