Así fue la noche que pasé con narcotraficantes en una favela de Río de Janeiro

“Você quer morrer? Vai embora gringo” (¿Quieres morir? Vete de aquí gringo). Fue la frase que me dedicó una señora mientras avanzaba por unas estrechas escaleras de una favela de la zona norte de Río de Janeiro. Era medianoche y apenas podía ver donde colocaba los pies. Mi boca se quedó completamente seca y mi corazón parecía querer escapar de mi pecho. Sabía que al final de la escalera, escondidos entre la maleza, me esperaban una veintena de narcotraficantes del Comando Vermelho (C.V), la mayor y más sanguinaria organización criminal de todo Brasil (aunque siempre habrá quien diga lo mismo del Primeiro Comando da Capital o PCC de Sao Paulo).

Pero, para entender bien esta historia, hay que volver atrás un par de horas. Fue una noche de finales de marzo de 2014. Por aquellos días, unos meses antes del Mundial de Fútbol, los hombres del Batallón de Operaciones Especiales (BOPE) —los famosos boina negras de la película Tropa de Élite— se encontraban en plena ocupación de uno de los principales bastiones del narcotráfico en la ciudad, el Complexo da Maré. Es lo que se llamó la “pacificación” de las favelas, un proyecto que, en teoría, pretendía librar del yugo de los narcos a los dos millones de cariocas que habitan los suburbios más fotografiados de la Tierra. Una ocupación militar en toda regla adornada con las promesas de inversión en escuelas, hospitales, etc. Puro maquillaje.

Por aquel entonces me ganaba la vida como periodista freelance y una parte importante de mis ingresos llegaban de las colaboraciones que hacía como fixer, es decir, el tipo que hacía las veces de guía, productor e intérprete de los equipos de televisión que querían plasmar uno de los momentos más tensos de la historia reciente de Brasil. Esta vez tenía que llevar al equipo (presentadora, cámara y productora) de un programa de televisión español al epicentro de la acción. La petición no podía llegar en peor momento: aunque el gobierno brasileño vendió que las pacificaciones se hacían “sin un disparo”, lo cierto era que las operaciones undercover del BOPE barrían la zona los días previos a la entrada de los militares.

Volvamos al tramo de la escalera del principio. Mi camino hasta allí pareció sacado de una película de acción noventera. Tras recibir una llamada de la productora del programa, tuve cinco minutos para prepararme. Un ‘motoqueiro’ (como se conoce en Brasil a los conductores de mototaxi de las favelas) enviado por el C.V me recogería frente a mi casa para llevarme al lugar pactado para una entrevista. En primer lugar me pareció una locura que les facilitase mi dirección, era la única entrevista de todo el reportaje que no gestioné personalmente y si algo salía mal sería el único que se quedaría en Brasil para dar explicaciones.

Al bajar al portal de mi casa, un chaval de unos 16 años me esperaba con un casco en la mano. Subí a la moto y lo primero que noté era una pistola que sobresalía ligeramente por encima de su bañador pero que quedaba oculta por la camiseta ancha que llevaba. Pero fue cuando me coloqué el casco, cuando realmente me di cuenta de que la cosa se ponía seria. Habían colocado una cinta translúcida para que no pudiese ver dónde me estaban llevando. El trayecto hasta la favela elegida para albergar nuestro encuentro fue una locura. Unos 15 minutos esquivando coches y camiones por milímetros a toda velocidad hasta que finalmente paramos. Apenas tenía una vaga idea de dónde estábamos porque habíamos atravesado un par de túneles.

Nada más quitarme el casco unos 10 chavales, cada uno con una pinta peor que el anterior, me estaban esperando. “Qual é alemao? Vem fazer materia, né?” (¿Qué pasa alemán? ¿Vienes a hacer un reportaje, no?) me dijeron entre risas. “Olha que vai ter materia do caralho” (Mira que tendrás un repor cojonudo), repetían mientras se miraban orgullosos. No es que me pusieran demasiado nervioso pero automáticamente comencé a hacerme el gracioso para que viesen que no era ninguna amenaza. En el fondo, sabía que no eran más que los encargados de controlar que no subiese al lugar de la entrevista antes de tiempo. Cada uno de ellos llevaba una pequeña radio con la que informaban a los jefes del C.V, que estaban ocultos en la selva sobre la favela.

Aquí es donde la historia se puso realmente fea. Los tipos a los que íbamos a entrevistar eran los jefazos del C.V en el Complexo da Maré que acababan de huir del BOPE y que se estaban ocultando en lo alto de una favela aparentemente tranquila. El problema es que la Policía Militar de Río y el BOPE sabían que estaban por allí y ya habían mandado una patrulla a registrar la parte baja de la favela esa misma tarde. De hecho, un infiltrado de los narcos en las fuerzas de seguridad les había chivado que un dron equipado con cámara térmica les tenía localizados y que un helicóptero militar peinaría la zona durante la noche. Los tiradores del BOPE matarían a todo aquel que permaneciese en lo alto de aquella favela. Solo nos garantizaron una ventana de seguridad de 40 minutos para subir y realizar la entrevista.

El resto del equipo llegó en otras tres motos y obtuvimos el permiso para comenzar a subir. Habían decretado el toque de queda en la comunidad (verdadera palabra para designar lo que se suele llamar favela) y los vecinos nos observaban desde sus ventanas. Debían pensar que unos ‘gringos malucos’ (guiris locos) habían recorrido miles de kilómetros para meterse de pleno en la boca del lobo. Al ir el primero, podía escuchar con nitidez todos los comentarios aunque el que más me impactó fue el que inició esta crónica. La posibilidad de morir o resultar herido no era remota, en aquel momento tenía más miedo a la Policía Militar y al BOPE que a los narcos que nos esperaban armados hasta los dientes.

Cuando superamos el límite de las casa todo se hizo oscuridad. Rápidamente encendimos el foco de la cámara y vimos un camino que se adentraba en la parte alta de la selva. A unos 200 metros una luz de móvil moviéndose en el aire nos indicaba hacia dónde teníamos que llegar. Por el camino todos nos caímos al menos un par de veces. Las piedras, el barro, las raíces y las plantas convirtieron el sendero en una tortura. Finalmente, llegamos a una especie de meseta despejada en la que se podían intuir unas 15 o 20 figuras. Al enfocarlos con el LED de la cámara, la imagen nos heló la sangre. Chavales de no más de 25 años (alguno no superaba los 14 años) con pañuelos en la cara y fusiles de asalto nos separaban en formación. Cada uno de ellos cubría un punto concreto y entre todos creaban una especie de perímetro de seguridad en torno a los cuatro líderes que concederían la entrevista.

El sonido de los animales de la selva y el zumbido de las radios era lo único que se escuchó en los primeros segundos. Quizás con la intención de parecer más amigables, los entrevistados no tenían armas a la vista aunque era evidente que todos ellos cargaban al menos una pistola. Eso sí, uno de ellos parecía muy nervioso y no paraba de jugar con una navaja de palometa, estas que se pliegan y que están prohibidas en España. “Tenéis 10 minutos”, nos dijo el que aparentaba más edad de todos. Fueron 10 minutos que nunca olvidaré, entre otras cosas nos explicaron cómo los agentes de policía y militares corruptos les vendían las armas a cambio de droga, cómo torturaban y descuartizaban a los soplones y a los infiltrados de las facciones rivales (para eso era la navaja del amigo) y por qué ese estilo de vida jamás desaparecería de las favelas de Río de Janeiro.

“Aquí somos lo más parecido a reyes, la favela es nuestro reino y la gente que vive en ellas nuestros súbditos. Allá abajo, en la ciudad, no somos nadie. Peor que eso, somos basura, escoria, maleantes que la gente rica desearía ver muerta. Los pobres en Brasil somos bandidos porque nos robaron nuestro derecho a vivir dignamente y por eso nosotros les robamos su derecho a vivir tranquilamente. Somos la otra cara de la misma moneda”, sentenció el capo del grupo. Una declaración que se grabó a fuego en mi mente. Aquella frase no solamente me cambió mi manera de ver el narcotráfico en Brasil, sino que me cambió la manera de ver mi propia vida para siempre. Una lección que valió más que los poco más de 400 euros que gané por mi trabajo de fixer.

Por desgracia, la entrevista no acabó con la misma tranquilidad con la que empezó. Cuando apenas llevábamos siete u ocho minutos, el ruido de un helicóptero puso a todos en alerta. Los chavales del perímetro comenzaron a gritar a través de sus radios y uno de los capos dio la orden de replegarse todavía más adentro de la selva. Según me explicó mientras partían, el asunto del helicóptero no les importaban nada, tenían una red de túneles y zulos en los que ocultarse, además, su soplón les mantendría informados de todos los movimientos. “Ya te dije que nosotros estamos seguros, ¿y vosotros?”, espetó antes de desaparecer en la oscuridad escoltado por su intimidante guardia pretoriana de adolescentes.

Recuerdo que la bajada de aquella favela podía haber batido un récord de velocidad. Nuevamente, todos los miembros del equipo nos caímos en el barro y por poco la cámara acaba pasando a mejor vida. Nuestro principal temor era que la Policía Militar o el BOPE estuviese a estas alturas en la parte baja de la colina. Consciente del valor de la entrevista que acabábamos de rodar, el cámara (un madrileño con más sangre fría que un finlandés) no dudó en guardarse las tarjeta de la cámara en el paquete y sustituirla por otra con material de recursos por si a la policía se les ocurría incautarse de nuestro el material.

Cuando, por fin, los chicos de las motos nos bajaron a la ciudad, el sentimiento fue de euforia. Habíamos grabado la principal entrevista del reportaje, pero todavía nos quedaba acompañar al mismísimo BOPE y al Ejército en el asalto definitivo al Complexo da Maré. Una operación con 2.700 soldados y 21 tanques que, al menos durante un tiempo, arrebataría al C.V, Amigos dos Amigos (ADA) y la milicia (una especie de entramado compuesto por exmilitares y expolicías corruptos) el control de las 16 favelas más peligrosas de Río. Pero esa historia se merece otro episodio, si es que a alguien le sigue interesando Brasil en 2017. Es la parte más triste del periodismo, tener la constancia de que hay cosas que jamás van a cambiar y que, a la mayoría de la gente, tampoco le importan demasiado aunque tú te jugaste la vida para contarlo.