Miles De Jóvenes Entran En El Mundo Del Porno Amateur Sin Saber Lo Que Les Espera

El concepto de 'porno amateur' parece una contradicción porque lo uno implica sexo profesionalizado y lo otro todo lo contrario. Pero resulta que es una de las categorías más boyantes en la industria de la pornografía y sus usuarios demandan chicas relativamente normales, que parece que se encontraron casi sin querer delante de una cámara con un pene en la boca –disculpas, pero el tema reclama prosa–. Quizá es la puerta de entrada de muchas jóvenes antes de que lleguen las tetas postizas, los labios siliconados o los tacones de aguja con los que algunos se imaginarían a una actriz porno.

De forma amateur, en su casa, delante de una webcam es como empezó Nora Barcelona hace cuatro años. Hoy, a sus 24, manifiesta una madurez entusiasta y también crítica: “No se puede vivir solo de la webcam, hay que compatibilizarlo con otras cosas y no tener horarios. Yo llegué a pasar 14 horas frente al ordenador, cosa que ya no hago, y lo peor era que algunos clientes te tratan como si fueras una mierda. Eso era lo peor. Pero hay cosas buenas y a mí me encanta el porno".

El furor de la fama y el dinero fácil empujan a miles de jóvenes de todo el mundo con la mayoría de edad recién estrenada a meterse en el cine X, categoría amateur. Hay unas pocas que triunfan y brillan en las pantallas más tórridas, pero otras lo dejan al cabo de unos meses porque a la industria ya no les interesan o se tienen que someter a prácticas sexuales cada vez más extremas.

Lo cuentan en primera persona en el documental Hot Girls Wanted, disponible en Netflix, que se exhibió en 2015 en el Festival de Cine de Sundance y fue nominado con el Gran Premio del Jurado. Una reflexión de lo que ocurre tras algunas de esas cámaras que inspiran masturbaciones en todo el mundo. El documental dirigido por Rashida Jones relata la vida de varias chicas desde que se apuntan a un anuncio que “busca modelos que quieren aparecer en la tele” hasta su salto a la pornografía y su caída de la industria. Una despedida que suele obedecer a cierta decepción con las expectativas, a la negativa a realizar ciertas prácticas, a la llegada de un hijo o –por qué no decirlo– a una obsolescencia programada: al fin y al cabo, para muchos ellas son como objetos de consumo.

En España, la productora FAKings es uno de los tótems del porno amateur. Su web reúne a unos diez millones de mirones al mes. Con visitas de todo el mundo, aunque principalmente de España, son unos clásicos en el tráfico fluido y masivo de sexo por la Red. Ofrecen trabajo, desde los 18 años, sin límite de edad.  “Cada semana quieren grabar con nosotros unas cinco o seis chicas. Que se decidan finalmente… Sacamos cinco nuevas al mes. En cuanto a los chicos, es una locura. Todos los días entran unos diez correos. Otra cosa es que luego acudan a la prueba o valgan para esto”, afirma el fundador de FAKings, Arnaldo Chamorro, que añade: "Lo que hay que tener son ganas de trabajar, no de ganar un dinero rápido”, y menciona nombres como Montse Swinger y Soraya Alcalá, que empezaron con ellos y ahora graban por toda Europa. “Por norma general, en nuestro caso las chicas que renuncian es porque se esperaban otra cosa, se han echado novio… no por la industria.

Los límites los marca la propia actriz. Este trabajo no es tan oscuro ni perverso", asegura Arnaldo. “Hay muchos que incordian en el sector y se hacen pasar por productoras serias. Por eso nosotros dejamos claro que contacten por la vía oficial de la página”, concluye, justo antes de volver a rodar una secuencia. Pero no todo es tan idílico como lo pintan en esta industria. Una de las partes más sobrecogedoras del documental Hot Girls Wanted explica que el 40% del porno que se consume implica violencia contra las mujeres y todo tipo de vejaciones. "Si me lo hacen a mí, no lo harán a una chica en la calle", dice una de las protagonistas. "Yo actúo, no es violencia". Se refiere a ciertas escenas en las que 'simulan' felaciones tan extremas que provocan el vómito de las actrices. Algunas chicas reconocen que después de algo así ya no eres la misma persona.

En este controvertido ambiente, cada uno tiene sus límites y se puede percibir desde muchos puntos de vista. “¿A quién no le gusta que le paguen por follar?”, nos suelta Nora Barcelona entre risas al otro lado del teléfono. Esta webcamer, stripper, showgirl, que empezó como amateur, cree que “haces lo que te gusta, te pagan y puedes ser independiente”.

Obviamente, preguntamos por la opinión de su entorno: “A mi madre no le hacía gracia al principio por el qué dirán, pero ahora me anima y todos lo saben y ¡muy bien!”. Incluso su abuela: “No lo sabe todo, que me dedico a follar…", dice entre risas, "pero está contenta porque me desnude y sea feliz así”. Su pretensión el día de mañana es hacerse un nombre –ya es bastante popular, por cierto– y poder vivir de su web y una productora propia.

Al lado de Nora se encuentra el actor Rat Penat, con quien acaba de grabar una escena: “Animamos a cualquier chica a que pruebe siempre que lo tenga muy muy claro. Por dinero rápido, nunca. Las imágenes quedan disponibles por ahí 70 años, así que hay que pensar bien lo que se hace”.

Seguro que muchos vimos la película “¿Hacemos una porno?” y supimos que este tema da para una comedia, pero no olvidemos que, en ocasiones, también encierra esperpentos y algunas de las mayores sombras de nuestra sociedad. Pero mientras nosotros reflexionamos, internet seguirá ardiendo con el imparable carrusel del porno.