Tengo hierofilia: me ponen muchísimo los curas y tener relaciones en iglesias

Me siento un poco Santa Teresa de Jesús, hablándole a Dios como si fuera mi novio y me excitase muchísimo

Le lancé una mirada a la Virgen, y ella me la devolvió. Yo, de rodillas sobre mi cama, desnudo, con mi pareja frente a mí, tumbado sobre la cama. Habíamos acabado de follar y, sin querer, mi corrida cayó en la cara de la virgen que tengo tatuada en la pierna. Me quedé mirando fijamente la imagen, profundamente sacrílega. Me volví a excitar. “¿Hacemos un segundo asalto?”, le pregunté a mi pareja, como acción-reacción.

La mayoría de las personas que hubieran vivido esto, probablemente, se habrían preocupado al sentir la sangre bajando a sus genitales ante esa escena. No fue mi caso, y ninguna sorpresa. Más que nada, que no era la primera vez que me excitaba con motivos religiosos. Como descubrí unas semanas más tarde, esta extraña parafilia tenía nombre: hierofilia, es decir, la atracción hacia objetos, lugares y símbolos sagrados.

Empecé a reflexionar. ¿Cuándo era la primera vez que me había sentido excitado hacia algo religioso? Probablemente todo empieza en mi infancia, viviendo en un ambiente ultracristiano y educado en un colegio de monjas, mientras descubría, a ciegas, mi homosexualidad y mis deseos sexuales. Lo irónico es que, a pesar del esfuerzo consciente de las monjas por prohibir la educación sexual, estaba constantemente rodeado de estímulos que para mí sí que eran muy sexuales.

Por ejemplo, los poemas de Santa Teresa de Jesús, la monja que escribía a Dios como si fuera un ser amado, donde encontré una especie de erotismo cristiano. O el homoerotismo que subyace en las comunidades monásticas o las escolanías (que visitábamos con mucha frecuencia con el cole). ¿Resultado? Sentir una profunda fascinación y excitación hacia los motivos cristianos, encontrarlos hasta eróticos y disfrutar con la contradicción que supone esta admiración de lo religioso y el pecado del sexo que le estaba asociando, especialmente durante la turbulenta sexualidad adolescente.

Vídeos porno religiosos y mamadas en capillas

A medida que pasaban los años fue cuando empecé a practicar esta hierofilia, que había desarrollado por hibridar sexo y santidad en mi entorno. Una de mis primeras visualizaciones de porno fue en en páginas como “mormonboyz”, webs de porno gay donde los actores fingen que son mormones o sacerdotes y monaguillos. Me encantaba. Esta parafilia, además, tiene muchos matices, hay gente que le gusta disfrazarse de monja/cura, o tener objetos religiosos durante el coito. Pero no es mi caso. Yo necesitaba algo más, yo quería acostarme con un sacerdote o profanar sexualmente una iglesia. Y, por eso, mi grado de “pecado” fue en aumento con los años.

Pude satisfacer la fantasía de obtener el placer sexual por el simple hecho de estar follando en un lugar religioso cuando cumplí 21 años. Fue en una ermita de montaña, en la típica capilla donde no hay ni Dios (chiste fácil). Senté a mi novio de entonces en el altar y, excitadísimo, le hice una mamada. Cuando se corrió en mi boca, dibujé la cruz en mi pecho, para pedirle perdón a Jesús por esa blasfemia. Fue como si estuviera en una película de Almodóvar, todo muy performativo y kitsch. Incluso, a día de hoy, si me preguntan qué es lo más excitante que he hecho (¡y entre saunas, orgías, tríos y cruising, mira que tengo cosas para escoger!) siempre escojo esta escena.

Tatuaje de la Inmaculada Concepción | Archivo

Aunque no baso mi sexualidad en lo religioso, de vez en cuando sí que busco esta excitación profana. Más allá de lo de la ermita, una vez me metí en una página de contactos y pedí un cura. Llegué a toparme con uno, de una ciudad del interior de Catalunya, pero no quedamos porque solo quería quedar a condición de satisfacer su fantasía: clavarme agujas por el cuerpo. Y aunque me daba morbo acostarme con un representante de la Iglesia, esa práctica sexual con un desconocido me daba demasiado terror.

La fascinación por lo religioso no se refleja solo en la hierofilia. Me encantan todos sus símbolos incluso fuera de lo sexual. Tengo mi habitación decorada con motivos religiosos, tengo tatuajes de cruces y vírgenes, incluso me he planteado muchas veces desde estudiar teología hasta ser cura. Quizá, por esa excitación inconsciente que siento hacia lo sexual, quizá por la influencia del ambiente tan cristiano de mi infancia, no sé. ¿Lo más gracioso de todo? Que soy agnóstico, pero por el valor que siempre ha tenido la religión en mi vida, social y familiarmente, me fascina. Supongo, vamos. Tampoco lo tengo muy claro, estas reflexiones son mis sensaciones y podrían estar equivocadas. Lo único que tengo claro es que a lo largo de mi vida me esperan conversaciones sobre esta parafilia muy incómodas para mis parejas.