Me desperté con 216 solicitudes de amistad y no supe qué pasó hasta que me acordé

Esta es una de las historias que te acerca 

.

Porque cualquiera de tus noches puede convertirse en una Absolut Night,

y porque no hay nada más emocionante que jugar a lo inesperado.

1.Doscientas dieciséis

Me acuerdo que me desperté soñando que había un terremoto. No recuerdo exactamente la hora, pero por la forma en la que el sol entraba por mi ventana debía de ser medio día. Me di la vuelta para intentar rascar otro par de horas sueño, pero mi mesita no paraba de temblar. Alargué el brazo y cogí mi móvil que estaba a punto de hacer que también explotara mi cabeza. Ahí es cuando lo vi.

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"¿Pero qué coño...?", pensé. Tenía unas trescientas notificaciones de Facebook. Tenía que ser un error. Reinicié el teléfono. Pero las notificaciones seguían ahí. Doscientas dieciséis solicitudes de amistad y un montón de mensajes privados de gente que no conocía de nada. Normal que hubiera soñado lo del terremoto. Mi teléfono debía de llevar vibrando toda la mañana. Seguí mirando la pantalla durante un rato y buceé en algunos perfiles intentando entender quién era esa gente. Pero se trataba de doscientos dieciséis desconocidos. ¿Qué era todo aquello?

2. El reto

"Piensa, María, piensa qué pasó ayer". Estuve intentándolo durante un rato pero nada que me indicara el por qué de esa invasión. La noche anterior había quedado en el centro con todos mis amigos y después de tomar algo nos habíamos ido hasta la zona de garitos del Borne en Barcelona. Absolutamente todo normal. Pero de repente, caí en la cuenta. En aquel paseo, mi mejor amiga, Sara, me había propuesto un  reto. Ella es el tipo de persona que te invita a bailar en medio de una rotonda. Nos hicimos amigas a los dieciséis, cuando ella me retó a escribir un fragmento de un texto que yo había escrito en la barandilla que cruzaba una de las plazas del Gótico. "Así cubrimos la ciudad de poesía", me dijo.

Aquella tarde ella me propuso algo.

No hay ovarios de que hoy yo sea tú y tú seas yo, me dijo. 

Y los hubo. Por lo visto, exactamente doscientos dieciséis.

La llamé cientos de veces pero el tono murió todas y cada una de ellas. Le escribí varios Whatsapps incendiarios contándole lo que había pasado, y entonces oí el pitido de mi teléfono. Era un mensaje, pero no era suyo.

3. El mensaje

Número desconocido. Decía algo que yo no entendía. "Soy Leo, ¿nos vemos hoy a las cinco entonces? En la fábrica, yo llevo el contrabajo y tú los poemas". Después de estar unas horas pensando, le pedí la dirección, cogí mi mochila con los textos y sin tener ni idea de hacia dónde me dirigía me planté en la puerta y me senté a esperar en las escaleras. Minutos después apareció un chico con una mata de rizos asomando bajo un sombrero y con el enorme estuche de un contrabajo en la espalda. "¿Leo?, pregunté. El asintió sorprendido. Entonces me presenté y sin mucho rodeo le conté lo que había pasado. Se río fuerte de la situación y aproveché para preguntarle qué cojones estaba pasando. Y él me lo contó todo.

4.Lo que pasó esa noche

Leo había conocido a Sara en la puerta del garito donde nos tomamos la primera copa. La mitad de nosotros nos habíamos quedado dentro, pero Sara y otros tres amigos habían salido a fumar cuando Leo, cargado con su contrabajo (iba a una jam session de jazz) les pidió fuego. Sara se hizo pasar por mi y estuvieron un rato hablando de música, de viajar por el mundo, de estar un poco locos, de escribir, del arte. Ahí fue cuando él le habló de una exposición nocturna que se celebra solo una vez al año en Barcelona y donde, además de fotografía, la gente pinta con las manos los murales, escribe textos en cualquier pared, y sale a improvisar en directo con cualquier instrumento de música.

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Leo iba mostrándome la vieja fábrica. Las paredes estaban plagadas de graffitis artísticos y en medio estaba el escenario donde la noche anterior fueron todos los conciertos. "Toco con otros cinco amigos, pero puede subir a improvisar el que quiera. Tú, bueno, tu amiga, subió a cantar y acabó gritando tu nombre y tu apellido, diciendo que quería que fuéramos todos de viaje, que ella tenía vuelos gratis. Cuando bajó siguió con su historia. Habló de tener casas en Cadaqués y Formentera, ser prima de Almodóvar y tener dos caravanas con las que se podían recorrer Europa. Yo me lo creí, te lo juro. Imagino que por eso te ha agregado tanta gente".

También había un largo pasillo con una exposición de fotografías. Casi me da algo cuando vi colgada una foto de la barandilla donde Sara y yo escribimos uno de mis primeros versos. Aún a día de hoy me pregunto cómo la vida va tejiendo minúsculas redes que nos hacen estar a todos conectados.  Al fondo había una chica con una guitarra que amenizaba la tarde. Recuerdo pensar que de entre todos los lugares que había en el mundo, yo estaba en el mejor de todos.

5. Lo que viví yo

Después de sentarnos en un rincón de la fábrica, Leo vino con dos Absolut Mango y empezó a improvisar con su contrabajo. "Lee alguno de tus textos, yo te sigo", me dijo. La experiencia fue brutal. Sobre todo cuando descubres que es posible encontrarte con gente que se emocione igual que tú, que hable el mismo idioma que tú, que tenga las mismas ganas de acercarse al mundo y vivirlo de una manera apasionante.

Mi teléfono empezó a sonar y cuando descolgué, Sara empezó a contarme la noche frenéticamente. Que habría flipado en la fábrica, que tenía que ir, que la experiencia fue una pasada.... y cuando por fin tuvo aire para respirar, le dije que estaba allí y que había conocido a Leo. Entendió que ya estaba al tanto de todo y, antes de colgar, me susurró "¿A que te encanta? Lo sabía”.

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Hace ya tres meses del día en que me desperté con doscientas dieciséis solicitudes de amistad. Con la mayoría de esas personas no llegué a hablar jamás. Imagino que no tardaron en darse cuenta de que mi cara en nada se parecía a la de la persona que había pasado esa noche tan loca con ellos.

Sin embargo, esa noche sí me hizo tres regalos brutales. El primero fue Leo. Con quien sigo compartiendo historias a día de hoy. El segundo fue aprender que solo abriéndose a la inesperado uno consigue crear historias que contarle a sus nietos. Y el tercero fue averiguar que, para tener una vida interesante, sobra con que seas tú mismo jugando a sacar lo más inesperado de ti.

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