Cuando nos damos cuenta de que nuestros padres no son eternos

Piensa que un día, de forma mecánica, puede que marques el teléfono de tu padre para preguntarle esa duda que te ha surgido con la declaración de la renta o para contarle la jugarreta que te han hecho los del taller del coche, y cuando tengas el teléfono al oído, te acuerdes de repente de que no está, de que ya no está.

No es emotividad barata, es la realidad de alguien que ha perdido a un padre antes de tiempo, mucho antes de tiempo, y que ahora lidia con el día a día y con la dolorosa tarea de reconstruir la vida sin él. Cuando te dicen que se ha muerto el padre de un amigo, el corazón se te encoge y no puedes evitar ponerte en su lugar.

Claro que todos nos sabemos eso de que la vida es corta, que hoy estamos y mañana ya no. Pero los días van pasando y, como no sucede nada para recordárnoslo, nos vamos acomodando y crece en nosotros cierto sentimiento de impunidad. Nos creemos que hemos conseguido burlar las leyes de la naturaleza, y también damos por sentado que nuestros padres siempre van a estar ahí. Porque seamos honestos, más que nuestra propia muerte, nos aterra la de nuestros seres queridos. ¿Cuántos no preferirían irse en lugar de vivir con el cráter que te deja semejante pérdida?

Pero a veces recibimos estas llamadas de atención. Nos sentamos frente a este amigo que acaba de perder a un padre y no podemos evitar pensar que, en su lugar, ni siquiera podríamos estar ahí sentados. Se nos hace un nudo en la garganta cuando se le escapa hablar de su progenitor en presente y se nos cae el alma a los pies al darnos cuenta de que tenía casi la misma edad que nuestros propios padres.

Entonces empezamos a mirarles de otra manera, es posible que les llamemos solo para ver cómo están y que les demos un abrazo más largo de lo normal. Porque, dentro de su imperfección, seguramente nos demos cuenta de que lo han hecho lo mejor que han sabido con el conocimiento que tenían en cada momento y han sido para nosotros un pilar en torno al que nos hemos edificado como personas. Pero nos damos cuenta de que hemos estado tan ocupados haciéndonos adultos, que no hemos reparado en que ellos se han estado haciendo viejos.

Lo que sienten por nosotros es lo más parecido al amor incondicional y es poco probable que volvamos a encontrar ese tipo de apoyo en otra persona. Ahora que realmente nos hemos dado cuenta de que no van a estar ahí eternamente, podemos empezar a valorarles más. Llamarles más, pasar más tiempo con ellos y mirar menos el móvil cuando estamos con ellos. Porque un día nos faltarán y lo único que nos aliviará un poco su ausencia serán los recuerdos que estamos construyendo hoy y pensar que se lo intentamos dar todo, igual que han hecho siempre ellos con nosotros.