Cosas Que Hacemos Los Que Vivimos Fuera Y Volvemos A Casa En Vacaciones

Al acabar el Bachillerato, muchos de nosotros cogimos nuestra maletita (bueno, más bien llenamos el maletero de nuestros padres con 15 arcones) y nos mudamos a la gran ciudad para empezar allí con nuestra fascinante vida universitaria. Abrazos, lagrimitas con los amigos y X horas de autopista con los cojones de pajarita pensando en cómo será nuestra nueva vida.

Durante esa dura etapa de adaptación, todos tenemos una tendencia a ser un mix entre Paco Martínez Soria y El Príncipe de Bel Air recién llegado a casa de sus tíos, solo que en nuestro caso la mitad fuimos a Madrid y la otra mitad a Barcelona.

Esta es la cara que tienes durante el primer mes casi todo el rato.

Pero con el paso del tiempo todos nos adaptamos, nos acostumbramos a las comodidades y las putaditas de vivir en la gran ciudad, y solemos pecar de hacer y decir las mismas gilipolleces cuando volvemos de visita a casa a ver a la familia y amigos.


Da igual que nacieras en Mordor, te has vuelto muy sensible a los cambios de tiempo

Si hace frío, porque hace frío. Si hace calor, porque hace calor, pero siempre te quejarás del tiempo de mierda que hace en tu pueblo. Y también en la ciudad en la que vives. La cosa es quejarse del tiempo en general y demostrar que tú estás mucho más puteado por el clima que los demás.


Pretender salir de fiesta cualquier día de la semana y que se rían en tu cara

Al principio de mudarte te parecía una locura eso de que los bares y las discotecas abrieran de lunes a domingo, pero con los años lo has asimilado como algo natural, así que vuelves a tu pueblo pensando que puedes echarte un cubata el martes a las 4 de la mañana en cualquier parte. Menos mal que tus amigos están ahí para meterte una colleja y recordarte dónde coño estás.


El fenómeno "¿Desde cuándo está esto aquí?"

¿Esto es nuevo? ¿Aquí no había una tienda? No me suena que este sitio se llamase así.

En serio, cuando digas alguna de estas, mira a la cara a tus amigos, ESTÁN HASTA LOS COJONES. La mitad de las veces ni ellos mismos se acuerdan de cuándo exactamente cambiaron ese sitio. La otra mitad de las veces eso lleva ahí toda la vida y como vas de visita una vez cada 8 meses ya no te acuerdas ni de cómo eran las calles de tu pueblo.


Intentar parar un taxi como si estuvieras en NY

Esto suele darse más que nada en las complejas retiradas a casa tras una buena farra con tus colegas de toda la vida. En realidad, lo lógico sería volver andando, podrías recorrerte tu ciudad/pueblo/aldea de origen en media hora de punta a punta, pero los chupitos que un rato antes te dieron mucha energía para bailar como un auténtico borono ahora parecen pesar demasiado. Lo ves claro, lo ideal es pillar un taxi. En ese momento de taja indecente se te olvida en qué lugar del mundo estás, y ante la atónita mirada de tus amigos intentas parar a todos los taxis levantando un brazo como puedes hacer en tu metrópolis adoptiva. "Tú, flipad@, que aquí a los taxis hay que llamarlos por teléfono", te gritan. Según lo perjudicado que estés, es muy probable que sigas intentándolo ignorándoles por completo, tratando de demostrarles que contigo seguro que paran.

Qué duro es ser de dos lugares a la vez: siempre serás un pueblerino en la capital y un moderno de mierda en tu pueblo.

Crédito de la imagen: Tanya Elias