Cobré por dar abrazos a desconocidos y me sentí ‘el taxi del cariño’

Las sesiones se hacían con ropa cómoda, en un lugar tranquilo y duraban aproximadamente una hora

Una hora abrazada a un hombre al que ni siquiera le había visto la cara a la hora de contactar. No me importaba, yo quería repartir mi cariño a quienes lo necesitaran y ahí estaba él. En leggings y suéter rosa, con mis brazos abiertos de par en par, una sonrisa y dispuesta a recibirlo. Las sesiones se hacían con ropa cómoda, en un lugar tranquilo y duraban aproximadamente una hora. “El primero es el más duro”, me dijo una amiga que ya lo había probado y tenía razón. Después de esa primera vez, mezcla de vergüenza y nervios, comencé a ganar seguridad y confianza en mí misma para defender mi servicio. “Pero, ¡¿pagar por un abrazo?!”, me dijo un colega un día con cara de espanto. Sí, pagar por un abrazo. Si pagas por un masaje, pagas por un bocata, pagas por una felación, pues también puedes pagar por un abrazo de una hora.

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¿Puede ser sin ropa?

Un abrazo de una hora es un servicio. A veces siento que es una especie de Reiki pero con todo el cuerpo. Son 60 minutos de mi tiempo, de mi entrega a la persona sea quien sea. Es tiempo de anunciar y gestionar, de preparar el espacio o alquilarlo. De desplazarme si es el caso. De responder reiteradas veces (demasiadas) que no es sexo. Dar abrazos es ser también un comercial porque hay que saber vender tu servicio. Un servicio que casi nadie conoce en Barcelona y que se hace muy raro para la mentalidad española. A muchos clientes se les hace curioso y vienen a probar. Muchos quieren repetir pero con alguna propuesta nueva: “¿Puede ser sin ropa?”, “¿puedes poner las manos en mis genitales?”, “¿podría ser solo en ropa interior?“, “¿podría haber un complemento?”.

“¿Complemento?, ¿a qué se refiere?, ¿querrá otra musiquita?”, pensé yo. Santa ingenuidad. Porque, sí, pongo música relajante y velas aromáticas, pero el complemento es cualquier técnica eyaculatoria, léase: masturbación, felación, masaje, etc. De hecho, hay dos perfiles de clientes. Aquellos que buscan relajarse, liberar tensión y les molaría mazo acabar la sesión con una eyaculación aun sabiendo que no puede ser. Y luego los que vienen buscando cariño y amor trascendiendo el deseo eyaculatorio. “Yo vengo aquí porque quiero sentir el amor universal”, me dijo. “Ven que te doy el mío y abrí mis brazos”, le respondí. Todavía no he tenido clientas mujeres, pero sé que las hay y que también necesitan este servicio. A mí los abrazos de larga duración me salvaron la vida. Era algo que no se practicaba en casa y que me crié pensando que no los necesitaba, ni siquiera lo hacía con mis antiguas parejas, es algo en lo que ni pensaba. 

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Contacto físico a euro por minuto

Un abrazo era saludar a alguien por dos segundos más de lo normal, que ya es mucho en algunos lugares del mundo, y nada más. De pecho para arriba y contrayendo los genitales, no sea cosa que sintamos algo más. Pero los abrazos largos son otra cosa, estos son tipo puzzle, yo entro en ti, tú en mí. Piernas entremezcladas, brazos, cuellos, cabellos, respiración, etc. Comencé a hacerlo con amigos y un día pensé que podía ofrecerlo como un servicio. Había dado masajes y Reiki en otras ocasiones, pero esto era algo totalmente diferente. Al principio me preguntaba cómo iba a gestionar el tema de que se ponga duro en medio de la sesión o cosas peores: ¿y si quiere meter mano donde no? ¿Y si comienza a tocarse en medio de la sesión?  No sabía por qué pero todas mis preocupaciones eran derivadas del sexo.

Tenía miedo y tuve que aprender a poner límites y ser clara en mi mensaje. Y descubrí que los chicos lo respetaban. Como cobrar al principio de la sesión o aclarar que zonas se podían tocar o no. Aclarar que esta permitido hacer caricias, mimos y masajitos. Empecé cobrando un euro por minuto y media hora como mínimo, a lo taxi total, pero me llegaron a ofrecer 2.500 euros por sexo y todavía me pregunto por qué no lo acepté. Es broma. Hubo uno que no paraba de moverse, de un lado para otro, venga para la derecha ahora para la izquierda, el pobre se aguantaba como podía. Los hay que se duermen, los que se quedan relajados en la misma posición, los que hablan sin parar y otros que prefieren el silencio. Otro al que se le iba la mano de lugar, como testando hasta donde podía ir, yo le decía no y ahí se quedaba. En esos momentos yo me preguntaba qué diferencia va a haber si me pone la mano en el michelin o en la nalga, si son lo mismo: piel hueso y músculo, pero por una cuestión cultural y para no alimentar la excitación mejor respetar los límites. 

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Abrazar las inseguridades del otro

Los efectos de un abrazo de larga duración son varios. Primero que todo una relajación física y fisiológica muy profunda. Después de cada sesión no paras de bostezar, te quedas en como en trance recargado de energía, un momento de humano a humano que te inyecta de algo que puede ser amor y te reinicia. Suene a flower power o no, estos abrazos tranquilizan ansiedades muy íntimas de las personas, por lo que, en realidad, no solo yo abrazo el cuerpo sino también sus miedos, vergüenzas, deseos o inseguridades. Es por ello que tener a un hombre en chándal esperando por su abrazo me enternecía. Pude ver la ternura masculina, y conocer que en el sexo también se puede buscar el amor o el contacto. Estar abrazados y saber que solo nos separaban milímetros de tela me hacía pensar pero siempre lo había tenido muy claro: esto era un abrazo y yo, el taxi del cariño.