9 formas en las que ir a un colegio católico me amargó la vida

Entré a formar parte del mundo de las faldas de tablas, calcetines por las rodillas y disciplina católica a la edad de tres años. Recuerdo perfectamente el primer día que crucé la entrada de la que fue mi segunda casa durante trece largos años. Mis padres eligieron que fuera así porque no tuvieron alternativa posible: los dos trabajaban y el colegio concertado te ofrecía la posibilidad de recogerte en autobús en la puerta de casa y traerte de vuelta.

No tengo buenos recuerdos de mi etapa en el colegio. No me malinterpretes, fui —en parte— feliz en él y aún conservo a la que sigue siendo mi mejor amiga después de 25 años. Sin embargo, sé que hay cosas que me han marcado y que seguiré arrastrando casi de por vida. Situaciones que forjan tu carácter, tu forma de ver la vida y de enfrentarte a ella. Cosas que viví y que me hacen pensar que, a día de hoy, sería una persona diferente si mi educación, la gente que me rodeaba y mis vivencias hubiesen sido distintas.

Tal vez esté generalizando y todos los colegios católicos no sean iguales. No me es posible ir uno por uno para comprobarlo. Lo que sé es que en muchos se cumplen estas premisas y que, si algún día tengo hijos, nunca pisarán un centro religioso.

1. Los rituales religiosos

Entendí en su momento, y entiendo ahora, que si tu vas a un colegio católico tienes que pasar por el aro, estudiar religión, leer la Biblia y realizar ciertos rituales como rezar al llegar y salir de clase. Sin embargo, lo que no cabía en mi cabeza es que, cada primer viernes de mes, yo me perdiera una clase (Matemáticas, Lengua, Educación Plástica o la que fuera) para ir a misa o, un par de veces al año, para rezar el Rosario. Por supuesto, no podías faltar porque la falta de asistencia y la regañina podían ser monumentales. Tenías que estar en el rebaño y, si no, serías señalado para avergonzarte. A mí me ocurrió en una ocasión y, en plena adolescencia, una escena tan ridícula no es lo que más se necesita.

2. Tú no eres de los nuestros

¿Sabes cuando te han invitado a una fiesta, no conoces a casi nadie y te sientes incómoda por no saber qué hacer, decir, ni con quién hablar? Pues esa fue mi sensación en casi los 13 años que estuve en este colegio. Los alumnos, la gran mayoría, eran hijos de médicos de renombre, empresarios, arquitectos, jueces, magistrados, etc. Incluso se llegó a rumorear que allí habían estudiado los hijos del ex presidente del Gobierno, José María Aznar. Nunca pude comprobar si fue verdad.

Tanto las monjas como los profesores, se dedicaban a remarcar la ‘diferencia de clases’ constantemente. Una profesora de inglés (monja también) llegó a decir en una ocasión que ese colegio era para 'gente bien': hijos de personas importantes —y de dinero—. Una compañera, hija de un carnicero y una ama de casa, se levantó para rebatirla. Obviamente, no le dio la oportunidad. Esos comentarios te marcan para el futuro y te hacen creer que, si no eres una familia poderosa y de dinero, no vales lo suficiente. Yo solo tenía 10 años.

3. Solo te juntas con la élite

El punto anterior hizo que los alumnos lo tomaran como 'su forma de vida'. Si no pertenecías a esa 'élite' no eras nadie. Los grupitos de amigos se conformaban alrededor de qué familia eras y dónde vivías, entre otras cosas. Los propios padres sabían con qué progenitores tenían que juntarse y con los que no.

4.  Las 'obligaciones' económicas

Dentro de los rituales religiosos, todos los meses de mayo te ‘invitaban’ a comprar un ramo de flores a la virgen María (cuanto más grande, más la querías, claro está) y, por supuesto, dar dinero para el Domund y decenas de iniciativas católicas. Si no lo hacías, no eras buen alumno y te señalaban por ello. De hecho, en una ocasión mis padres recibieron una carta con el ‘impuesto corazón’ (juraría que se llamaba así): una limosna que el colegio te pedía amablemente para ‘ayudarles a subsistir’. Pobrecitos.

5. Sentimiento de culpa

Otra de las premisas que se cumplían con asiduidad era el de inculcarte el sentimiento de culpa a diario. Por cómo vestías, lo que pensabas o lo que hacías. Con cinco años me pusieron delante de toda una clase para explicarle al resto cómo no se debía ir vestido al colegio. Lo único que me diferenciaba de los demás es que llevaba una pequeña diadema de florecitas.

6. Baja autoestima

A día de hoy la baja autoestima me sigue acompañando desde mi etapa escolar. Niños y niñas que sentían el derecho a señalarte si llevabas un ‘body’ porque te empezaba a crecer el pecho. Nadie en ese colegio intentaba que los alumnos nos sintiéramos bien con nosotros mismos. Nadie nos enseñó a respetar a los demás más allá de aprenderte de carrerilla los 10 mandamientos que incluía el ‘amar al prójimo como a uno mismo’. En un colegio CATÓLICO. Durante un viaje de fin de curso, una monja me dejó claro que yo no podía llevar la misma ropa que la chica rubia, guapa y delgada de mi clase porque, claro, a mí no me quedaría bien. No me quedaría bien por gorda. Eso quiso decir. Tenía 11 años.

A crucifix is seen on a wall as a student writes on a blackboard in a school // classroom in Rome November 3, 2009. The European Court of Human Rights // ruled on Tuesday that Italian schools should remove crucifixes from classroom // walls, saying their presence could disturb children who were not Christians. The // decision is likely to provoke a controversy in Italy, which is deeply attached to its // Roman Catholic roots. REUTERS/Tony Gentile (ITALY EDUCATION POLITICS // RELIGION). (Foto: TONY GENTILE/Scanpix 2011)

7. Diferenciación entre géneros

Chicas con falda y chicos con pantalones. En diversas ocasiones pedimos a la dirección que nos dejara llevar pantalones porque en mi ciudad hace bastante frío en invierno. No solo nos dijeron que no, es que si decidías ponerte el chándal del uniforme (por el frío) el día que no tenías educación física había dos posibilidades: o te mandaban a casa a cambiarte o te ridiculizaban delante del resto por llevarlo.

8. La infravaloración

En el colegio había un psicólogo al que yo vi, literalmente, tres o cuatro veces en mi vida. Nos hicieron en alguna ocasión pruebas de aptitud, inteligencia y otras que no sabría describir ni decir su nombre ‘científico’. Con ellas intentaban encaminarte y decirte hacia donde tenías que ir en la vida. Todo según ese psicólogo que, por supuesto, no nos conocía de nada. Según este señor, mi hermana ‘no valía’ para estudiar otra cosa que no fuera humanidades. A día de hoy, mi hermana es bióloga.

9. La extorsión de tus ideales

Cuando intentabas 'salirte del rebaño' con tus propias ideas, intentaban 'anularte'. Te decían qué tenías que pensar y cómo. Si no lo hacías, eras un bicho raro. Aguantábamos comentarios sobre política e historia que poco tenían que ver con la objetividad que esas materias necesitan. Algo muy peligroso en niños y adolescentes que intentan discernir entre ‘el bien y el mal’ y están conformando sus propios ideales junto a su educación.