Nostalgias A Base De Puño Y Letra: ¿Murieron Ya Las Cartas?

«Tus cartas son un vino

que me trastorna y son

el único alimento para mi corazón»

Aún no ha muerto, pero casi. Las cartas llevaban siglos declarando guerras y amores, informando de alegrías y desgracias, llegando a nuestros buzones. Durante siglos han sido útiles, normales, indiferentes, algo natural y necesario que arribaba cada mañana en manos del que, a día de hoy, solo reparte facturas. Las cartas no tenían ese ideal romántico que, en la actualidad, su escasez, les ha impuesto. Porque, a pesar de que sigamos amando aquel fruto del puño y letra, este amenaza con convertirse en una especie en peligro de extinción.

Un estudio llevado a cabo por Samsung Galaxy Note 4 ha analizado este fenómeno y resulta que un 44% de los españoles echamos de menos este sistema de comunicación Y, sin embargo, los porcentajes de aquellos que se dignan a apartar el ordenador o el móvil y acudir al papel no llega –ni de lejos– a semejantes proporciones. La ilusión que produce una carta, ya sea de amor, de felicitación o de viajes (que son las que aún siguen manteniendo un porcentaje intermedio) son infinitamente mayores que la del útil e instantáneo Whatsapp y del cada vez más institucional correo electrónico. A menudo decimos que es Internet quien ha matado la correspondencia, pero, fíjense ustedes, en ningún momento Internet prohibió que se siguieran comprando sellos y enviando sorpresas.

Solo queda la pereza, la comodidad de lo rápido en una vida que, cada vez más, se está convirtiendo en un carrusel sin paradas. No hay tiempo para ser anacrónico, no hay tiempo para ser romántico. ¿Quién necesita escribir un poema pudiendo enviar un corazón por Facebook? Pues según el estudio, la inmensa mayoría declara echar de menos esa intriga y expectación que suponía la llegada del cartero. Hoy, este funcionario transporta publicidad y facturas, pero hubo un tiempo, y no tan lejano como nos empeñamos en creer, que lo que llevaba eran sueños, malas noticias y cambios radicales.

Porque no solo son cartas. Quien piense que lo que guardan no es más que información no podría estar más equivocado. El papel y la tinta son aliados de los sentimientos y cada punto, cada tachón, cada pausa del bolígrafo, revela dudas y cierta expectación. De la guerra llegaban cartas con sangre, de las alcobas llegaban cartas con lágrimas y de las censuras dictatoriales ni siquiera llegaban cartas. Antes, el lacre cerraba los sobres con sellos grandilocuentes para que solo las abriera su destinatario, y hoy tenemos contraseñas en el correo electrónico. Reconózcanme que algo, al menos, hemos perdido en esa carrera frenética por llegar a la modernidad.

Miguel Hernández fue un poeta encarcelado tras la Guerra Civil española. En las cartas que escribía desde su celda, guardó lo que muchos consideran sus mejores poemas, justo antes de que muriera. Esas cartas eran su puente con el exterior, una exclamación desgarrada contra el mundo y un grito de protesta contra la injusticia de que su hijo se alimentara solo con “sangre de cebolla”. Cada línea, cada palabra, mancilla el papel y lo engrandece, convirtiéndolo en toda una obra de arte que hoy es solo carne de impresora.

Pero aún estamos a tiempo. Aún puede regresar la ilusión de recibir sudor arrastrado, tinta emborronada y sentimientos escondidos. Porque el ser humano es carne y sentimiento, y el practicismo no tiene derecho a romper con siglos de poesía física.

Reto milenial: escoge a una persona. Coge un papel y un lápiz. Escribe 5 motivos que te han llevado a escoger a esa persona y otras 5 con cosas que nunca te has atrevido a contarle o que no sueles decirle a menudo. Envíasela y disfruta de la sensación placentera de causarle felicidad a otra persona.

«Aunque bajo la tierra

Mi amante cuerpo esté

Escríbeme Paloma, que yo te escribiré»

Miguel Hernández, A mi Gran Josefina Amada