Así es echar una cabezada en el primer ‘siesta-café’ de Barcelona

Son las 11 de la mañana en la calle Muntaner, en pleno centro de Barcelona, y un tío con pinta de modernete se está asomando a una cafetería con cara de desconfianza e incredulidad máxima. Sin decir nada, y mientras ato mi bicicleta, le voy observando. El motivo de su paranoia no es otro que un simple cartel en el que pone “Café y Siesta” y que decora la fachada de un local con un nombre todavía más curioso: Nappucinouna contracción del conocido café italiano y el anglicismo para siesta o nap.

Aunque el tipo acaba por darse media vuelta y continuar su búsqueda de un bar más random, yo estoy deseando entrar: voy a echarme una siesta en uno de los primeros ‘siesta-café’ de España. Nada más entrar, la sonrisa de Celina y Sylvain, sus orgullosos propietarios, me transmiten un buen rollo muy de agradecer en estos tiempos de bares decadentes y Starbucks a reventar. “Vivimos en un continuo ajetreo que nos deja exhaustos pero casi nadie tiene el tiempo o el lugar para descansar. Esta es nuestra solución”, me cuentan con orgullo. “Aquí puedes esperando un vuelo, en tus ratos libres del trabajo o descansar entre clases”, añaden conscientes de que su negocio está a cinco minutos de la Universidad de Barcelona. Una mina de oro, vamos.

Por el módico precio de cinco euretes la hora, esta pareja (en la que él es francés y ella, polaca) te ofrece la posibilidad de dormir en una de sus cinco mini-habitaciones, o mejor dicho cubículos, mientras degustas bebidas (café, infusiones, zumos, vino o refrescos) y picoteas algunos de sus delicatessen (croissants, gofres, tortillas de arroz sin gluten, hummus o fruta), todo incluido en el importe. Un chollazo en toda regla teniendo en cuenta los sablazos habituales en la capital catalana y una bendición para todas las personas que se pasan el día en ‘modo zombie’ por la falta de sueño.

Sin perder tiempo y tras charlar un rato con mis improvisados ‘anfitriones’, me voy directo a la zona de los cubículos para despatarrarme sobre alguno de ellos y dar fe de la buena idea (o no) de estos visionarios de la siesta. Para que te hagas una idea, el local consiste de una amplia cafetería de estilo minimalista y bastante ‘cuqui’ en la que no hay una barra sino una especie de buffet libre y una máquina de cafés. Pasando la zona de bebidas están las típicas mesas de madera para apalancarte con tu café y tu Mac y, en el lado derecho, los cubículos donde el personal se pega sus cabezaditas.

“¿Ves? Te puedes tumbar o acomodarte con el portátil. Tenemos enchufe y WiFi así que cuando te canses de navegar te puedes quedar dormido. Yo lo hago todos los días”, me cuenta Sylvain, un chaval de por lo menos 1,90, desde uno de los cubículos y después de que, en un ejercicio de maldad extrema, le pida que me demuestre que el espacio en una de estas mini-habitaciones es suficiente para que un turista holandés (o dos, ya que aceptan hasta dos personas en el cubículo) practique la costumbre ibérica por excelencia.

La pregunta obligatoria en ese momento es: ¿Y qué pasa si una pareja se pone demasiado amorosa y decide dar otro uso al lugar? “Pues cierras la cortinilla y apagas la luz, pero la verdad es que no creo que vaya a pasar”, dice entre risas Sylvain. Con gesto pícaro, me explica que el propio diseño de los cubículos no invita a este tipo de locuras: “la cortinilla es translúcida y, aunque te proporciona privacidad cuando quieres echarte la siesta, no cubre lo suficiente como para que decidas hacer algo raro. Todo puede pasar, pero el diseño y el ambiente no invitan precisamente a ello”.

De hecho, aunque solo llevan tres semanas abiertos, ya tienen alguna anécdota que contar. “El otro día un señor trajeado se echó una siesta de tres horas y salió realmente contento. También hubo un grupo de turistas americanas que tenían que esperar un vuelo y se quedaron tomando vino y durmiendo toda la mañana. Nos parece genial que cada uno interprete nuestro espacio en función de sus necesidades. De eso se trata, de que se sientan cómodos y recarguen energías”, relata Celina.

Tumbado boca arriba, recostando la cabeza sobre unos cojines y mirando al techo de madera, la sensación en uno de los cubículos es bastante acogedora. Aunque no tengo el tiempo de echarme una siesta —tampoco creo que me fuera a dormir a las 11h de la mañana— sí que puedo afirmar que el acolchado es lo suficientemente cómodo como para pegarte una buena ‘jota’ y que la musiquilla ambiente del lugar relaja bastante. Todo huele a limpio y a nuevo y me encanta el rollito de  la madera iluminada por luces blancas de LED. Todo muy chill, muy simple, práctico y económico.

Aunque estrictamente no sea el primer lugar para echarte una siesta en España, en Madrid hace algún tiempo que funciona un ‘siestódromo’ inspirado en los hoteles cápsula de Tokyo, sí es el primero en el que ningún momento pierdes las sensación de estar en una cafetería. De hecho, tuvieron que hacer malabares para que el ayuntamiento de Barcelona no les pidiese una licencia de hotel para funcionar. “Ni podemos, ni queremos ser un hotel. Nuestra idea siempre fue fiel al concepto de cafetería: tomar algo y descansar en un ambiente más distendido y acogedor que un hotel cápsula”, dice la polaca.

con los eventos de hoy necesitamos más energia.. el único lugar tranquilo de Barcelona hoy! #independencia #espanya #manifestación #barcelona #siesta #nappuccinocafe #coffeenap #catalunya #nap

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Hay gente que piensa que es una broma! Nappuccino existe en serio :) Encuéntranos en Muntaner 22. #siesta #descanso #barcelona #napcafe

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Después de estar cinco minutitos relajándome, disfrutando las bondades del WiFi y cotilleando a mis colegas en Instagram, decido emerger del cubículo y agradecer a estos emprendedores por haber elegido Barcelona como lugar para instalar su proyecto. “Estuvimos sopesando otras ciudades como Copenhagen o Madrid, pero Barcelona tiene ese punto de ciudad abierta, cosmopolita, con muchos turistas y gente de paso. Nos pareció la ciudad perfecta para nuestra aventura”, comenta Sylvain que, durante estos días, intenta poner a punto la parte del marketing del negocio.

“Hay mucha gente que tiene curiosidad y que se asoma a preguntar, pero que no se atreve a pasar y echarse una siesta. Suponemos que es algo tan nuevo que sorprende, aunque confiamos que pronto será una opción más en las ciudades y, quien sabe, si no acabamos montando una cadena”, concluye Celine con un optimismo que se contagia. Desde luego, visión de negocio y buen gusto no les falta, ahora solo queda que la melatonina (hormona del sueño) haga sus efectos y que la gente deje sus prejuicios atrás y se entregue al placer de una buena siesta. Eso sí, la babita en la almohada mejor no, ¿ok?