Las Duras Etapas Por Las Que Pasas Cuando Se Te Olvida El Móvil En Casa

Soy bastante consciente de la dependencia que tengo al móvil. Es una enfermedad pero es de las pocas que cada vez da menos vergüenza asumir en voz alta, porque es una epidemia. Sí, soy de esas que nada más levantarse mira las notificaciones, y de las que puede estar teniendo un día inolvidable pero sacar el móvil un momento (y dos) a ver qué se cuece. Así que imagina lo que supone un día, con las prisas, dejarte el móvil en casa y darte cuenta cuando ya es demasiado tarde para volver a por él.

Paro cardíaco

Una persona adicta a este aparato, sabrá el gustito que da cada mañana cuando te dedicas a repasar todas tus apps incluyendo las alertas de los periódicos, twitter, instagram, whatsapp, y algún Pokémon mañanero para los que estamos dentro de esta secta. Así que, cuando te pones a rebuscar con el brazo y no consigues encontrar tu móvil, lo primero que se te pasa por la cabeza después del amago de infarto, es que te lo han robado.

Y en cuestión de 10 segundos ves pasar toda tu vida android por tu mente: las fotos, los contactos, las fotos otra vez, los videos, lo bonito que era tu móvil y el “ ay ¿de dónde voy a sacar la p**a pasta para comprarme otro?”. Y ahí es cuando te das cuenta de que te duele más que si te hubieran mangado la cartera.

Cuando te tranquilizas y consigues verificar que el móvil está sano y salvo en casa, pasas del agobio al cabreo “¿y ahora qué coño hago yo todo el día sin mirar el whatsapp”. Así que, hasta que llegas a la oficina empiezas a darle vueltas a las cosas. “ Madre mía cómo me he puesto pensando que me lo habían robado” “ la verdad que estoy enganchada” “ ¿y ahora qué escucho yo?” “ joder debería ir con un libro siempre porque al final mira… hay que leer más”. ¿ Y donde tengo yo el ipod?”, “ ¿seguirá usando ipod la gente?” “¿ cómo irá la venta de mp3 desde que los móviles tienen de todo?”, “¿dónde coño tendré el discman?, Eso sí que molaba”.


Contactos Premium

Después de un sinfín de preguntas existenciales, llegas al trabajo y te encuentras con el día más productivo, producto de tu ansiedad. Tu jefa alucina, claro. Te ve llegar con más prisa que una señorona en día de rebajas y encender el ordenador, como si fueras a levantar la empresa tu sola y además, tuvieras prisa para ello. Cuando en realidad, lo que vas a hacer (en plan LOCA, no nos engañemos) es escribir a ese X número de contactos con los que a estas horas ya habrías hablado para informarles de que te has dejado el móvil en casa. "Cualquier cosa por aquí”.

Ahí es cuando te das cuenta de dos cosas: 1. Sí, efectivamente estas enferma ya que podrías aprovechar y desconectar un poco y 2. Lo mismo a esa gente se la suda, pero tu consideras que es información relevante para ellos a primera hora de la mañana.


La gente te mira mal

En lo que vas al encuentro de tus amigos después del curro, te preguntas qué hora es. Y te toca preguntar  y, efectivamente, después de pedir la hora a dos personas por la calle te das cuenta de que se quedan un poco flipando, te contestan, y te miran con cara de “¿qué pasa que no tiene móvil o me está vacilando?”.


Puntos muertos

Si eres una persona de nerviosismo fácil, cuando pasan más de 20 minutos y tus colegas siguen sin llegar, ya se te pasa por la cabeza de todo. "Esta llega tarde, se ha olvidado que no tengo móvil y me está escribiendo por ahí”, “me ha dado plantón y me enteraré dentro de una hora”. Obviamente, durante ese fragmento de tiempo te preguntarás cuantos Whatsapps debes tener sin leer. Mientras esperas te dedicarás a mirar a gente y te saldrá la vena marujona " vaya pelos me lleva esa", "¿Cuánto tiempo llevan morreándose esos dos? id a un hotel...".

Pero lo más positivo de la tarde es poder tener una conversación sin estar pendiente del móvil, face to face, sin tener la tentación de responder mensajes ni hacer fotos al café que os estáis tomando (seamos sinceros, lo habéis hecho más de una vez). Lo mejor de todo: esa vena octogenaria que te sale cuando tú, a falta de smartphone, ves a tu amiga sacar el suyo y le das un manotazo al grito de “oye, hazme caso que has quedado conmigo”. Qué mal he estado quedando todo este tiempo, ¿no?


Nadie te quiere

A pesar de lo orgullosa que te sientes por haber sobrevivido (era prácticamente imposible), lo que más feliz te hace es llegar a casa como un niño pequeño cuando el día de Navidad, corriendo a abrir los regalos debajo del árbol. Y mientras subes las escaleras, nerviosa ( sí, esto si que es de enferma) pensar “¿cuántos mensajes tendré?”, para llegar a casa y encontrarte con la realidad: UN WHATSAPP DE TU MADRE DICIÉNDOTE QUE TE HAS DEJADO EL MÓVIL.