Dalí era un genio macabro, oscuro y fascista

Fue un gran pintor, pero no una persona a la que admirar, como demuestran episodios de su vida, como cuando se enteró del asesinato de Lorca, que solo dijo: "¡Olé"

Cuadros con masturbaciones, animales fantásticos, sangre, sustancias líquidas, erotismo, desnudos, fruta, arquitectura… todo siempre bajo el mismo filtro del surrealismo. Estas son las imágenes que solemos asociar a Salvador Dalí: la excentricidad, el arte hiperbólico, el artista loco. Sin embargo, según sus coetáneos, era también un “ególatra, simpatizante del fascismo, pesetero, reprimido sexual, aprovechado, cobarde, falsificador, avaro, acomodado y estafador”. Son otras de las formas de definirlo igual de ciertas, según explican Malcolm Otero y Santi Giménez en su libro El club de los execrables, que explora el lado oscuro de diversos personajes históricos.

Los autores explican cómo Dalí despreciaba constantemente a aquellos que lo rodeaban. "Dalí le regaló un preservativo con semen a su padre diciéndole: 'Ya no te debo nada'", relata el diario ABC. A su esposa Gala, a quien juraba y perjuraba que la amó toda su vida, la llamó "esa suripanta drogadicta de Rusia". Incluso a García Lorca, con quien mantuvo una relación que, dependiendo de las fuentes, fue hasta romántica, tampoco lo trató nada bien. Hubo discusiones e insultos, pero probablemente, el momento más ruin de esta relación fue cuando el pintor se enteró del fusilamiento del poeta y, según denuncia el crítico Fernando Castro Flores, lo único que dijo fue "¡Olé!".

Además de ningunear a sus conocidos, "sufría de exceso de amor propio", como explica ABC. Lo justifica con algunas frases célebres que ha dejado y que retratan a la perfección su egolatría: "Las dos cosas más afortunadas que pueden acontecer a un pintor son: primero, ser español, y segundo, llamarse Dalí. Ambas han convergido en mi persona", "el surrealismo soy yo" o "me considero uno de los padres de la humanidad".

Y sí, otro de los insultos que recibió fue fascista, y no se queda corto. Ya lo decía Lorca: "está siempre buscando notoriedad. Hace unos años era republicano y alucinaba con Lenin. Ahora está con que adora a Hitler. Cualquier día lo sacará en un cuadro, el éxito le ha metido un lío en la cabeza", aseguró en una conversación que rescata el diario El Mundo. Es decir, estos delirios fascistas, más que ser su ideología estaban motivados porque quería que formasen parte del personaje excéntrico e hiperbólico que él mismo se había creado. Como señala el doctor en historia del arte y youtuber Antonio García Villaránquería llegar hasta tales puntos de excentricidad que aseguró idolatrar a Hitler porque a diferencia de él y los surrealistas, "él sí que estaba loco".

Pero esta adoración a Hitler no solo era una cháchara vacía de un personaje de mal gusto. Como añade García Villarán, no se cortó un pelo en apoyar públicamente a Franco y lo hizo sin escatimar en crueldad, locura y sadismo. "Dalí tuvo mucha sangre fría. Propuso a la Falange coger todos los huesos de las víctimas de la Guerra Civil, fundirlos y usarlos para crear unos esqueletos que irían colocados sobre una cincuentena de pedestales desde Madrid hasta el Escorial. El último de los esqueletos debía ser el más grande, de unos 3 o 4 metros. A Dalí no le importaba nada, ni las víctimas de un lado ni de otro, ni tan siquiera las personas. Ser surrealista es una cosa, y tener cierta moral es otra". El proyecto no gustó y no se hizo, por supuesto. De hecho, explica el director de cine Luis Buñuel que el proyecto fue "tan macabro que ni la Falange se atrevió a aceptar".

Por otra parte, muchos destacan que la falta de humanidad del pintor se salva por su genio creativo. Como si ser un gran artista justificase ser una persona terrible. Sin embargo, como explica García Villarán, aunque sí que fue un gran pintor, muchas de sus performances surrealistas eran un paripé nada original: por ejemplo, una de sus más famosas tretas artísticas consistía en cortarse un bigote falso en medio de las entrevistas con periodistas, que le aplaudían su genio surrealista. Sin embargo, esto lo hizo en muchas ocasiones porque sabía que funcionaba, lo tenía muy estudiado. Era una actuación pensada al milímetro para hacer pasar la idea de que era un loco que improvisaba. Pero no lo era, simplemente sabía venderse muy bien. En resumen, Dalí fue un gran pintor, pero no una persona a la que admirar.