Acerca de los colegas que siempre traen a su pareja a las quedadas

"Y líbranos señor de un colega que se echa pareja,

porque así no tendremos que aguantar sus sombras

por los restos de los tiempos" 

A ti, que una vez fuiste un ser individual:

No sois como Batman y Robin, ni como Tom y Jerry, ni como Pimpinela, y, aunque os empeñéis, tampoco os vemos como Romeo y Julieta. En caso de ser algo, sois como la tragicomedia de los packs de zumos indivisibles de Mercadona que en un acto de querer estar juntos, os perdéis entre las estanterías de la vida la posibilidad de seguir formando parte de ella como seres únicos e individuales que llegasteis al mundo. Fuertes, decididos, admirablemente independientes.

Pero no, ahora habéis creado entre vosotros una unión muy rara que consiste en llamaros ‘pastelito’ todo el rato, haciéndonos sentir incómodos por no participar en ese proceso de encoñamiento subversivo que nadie, salvo vosotros mismos, sois capaces de descifrar. Y créenos, es horrible. Y no porque no aceptemos lo vuestro, es solo que desde hace un tiempo vivimos con miedo de invitarte a cañas porque tus manipuladas técnicas para encalomarnos a tu nueva sombra sólida están siempre tan presentes que solo de pensarlo nos aterra.

Al principio todavía, porque tu pasado de buena gente te hacía ir de cara y por lo menos avisabas de que no vendrías solo. Pero ahora ya has perdido toda la vergüenza que te quedaba y te crees que nuestra amistad es una discoteca particular donde tu nuevo bólido tiene entrada gratis y barra libre, y la verdad: NO.

Y así fue como morimos aquel día
Y así fue como empezamos a morir aquel día.

Oh, vaya. Te quedas muerto, ojiplático, parece que te duele todo esto. Pues más te va a doler el libro de desaires que hemos estado escribiendo desde el 17 de diciembre de 2014, en el que hemos apuntado los desplantes para que, llegado este día, contásemos con un margen aplastante en el que darte bien fuerte en la cara esa tan dura que tienes por abandonarnos. Y la cosa ha quedado así:

Dieciocho mensajes hemos recibido en los que dijiste que vendrías y dieciocho te presentaste acompañado. Tres veces (y solo tres) fuiste sincero y nos lo adelantaste. Cincuenta y cinco veces nos adjudicaste a tu nueva sombra porque por problemas de última hora ajenos a tu voluntad el plan tuvo que ser modificado. Y todo esto sin contar que ciento catorce veces no pude contarte mis mierdas porque tenía delante un fantasma con cuerpo de tu pareja, observándome. Ha sido terrible.

Así que, por favor, basta de libertades que nadie te ha permitido que te tomes. Se acabó el juego del amigo invisible, de convertirte en nuestro ser imaginario, en el desaparecido en potencia que no está ni aunque lo busquen. A ver de qué forma conseguimos salvar la belleza de lo nuestro para que, aunque estéis juntos, no se nos corte la cerveza ni se nos denigre la vida por esa manera tan indigesta que tenéis de quereros.

Es que estoy muerta por dentro, ¿no me ves?