8 cosas que no hacer en Madrid

Como diría alguno: de Madrid, al cielo. La capital del Reino es odiada y amada a partes iguales por todos. Los primeros desearían que España fuera un donut mientras que, los segundos, buscan desesperadamente su oportunidad allí, aquejados de un síndrome que los expertos han bautizado como madriditis.

Ni todo es perfecto en Madrid, ni mucho menos se trata de un agujero infernal. Sin embargo, para encontrar el punto intermedio, hay una serie de cosas que desaconsejamos hacer. Así que, para que no te pille de nuevas, paleto, nosotros te las contamos…

Tomar un bocata de calamares

El topicazo madrileño por excelencia. Su explicación no tiene demasiada ciencia: el calamar vive en el mar y Madrid –por ahora– no lo tiene. En la costa española, dado que el calamar es fresco, a nadie en su sano juicio se le ocurre hacer un bocadillo con él. Se prepara a la plancha o rebozado y se disfruta su verdadero sabor.

Por contra, cuando el calamar ni siquiera sabes si es calamar –los expertos lo conocen como pota– y viene más congelado que el maldito Yeti, no te queda más remedio que meterlo entre dos trozos de pan y bañarlo en alioli para poder empujarlo hasta tu estómago.

Madrid se ha apropiado la tradición y nadie parece inmutarse, pero, ¿te parecería normal que el bogavante fuera el plato más típico de Albacete? Más claro, agua.


Encontrar a alguien de Madrid

En Madrid, nadie –o casi nadie– es puramente madrileño (o ‘’gato’’, como se les conoce a los genéticamente autóctonos). Casi todo el mundo viene de algún otro sitio y esto es parte de su éxito: la integración en Madrid resulta muy sencilla ya que prácticamente todo el mundo está en la misma situación que tú y todo español tiene algún conocido o familiar en Madrid.

Es curioso: en Madrid no hay madrileños y, sin embargo, todas las playas y estaciones de esquí del país están repletas de ellos…


Alquilar un segway para pasear por La Castellana

Más que nada porque tus pulmones te lo van a agradecer y, además, ¿quién coño te has creído? ¿Jaime de Marichalar? Venga, hombre…


Cultura o folklore típicamente madrileño

Digamos que Madrid es como un parque temático de las diferentes regiones de España. Como Port Aventura pero, en lugar de continentes, Comunidades Autónomas en miniatura. Un poco como un país en la mochila.

Joaquín Leguina –primer presidente de la Comunidad de Madrid y cántabro de nacimiento– relataba entre risas en un documental cómo tuvieron que inventarse la bandera autonómica de las siete estrellas a todo correr para poder establecerse como Dios manda en la Transición.

¿O es que acaso alguien ha visto en alguna ciudad de España algún letrero que rece: RESTAURANTE MADRILEÑO? Pues eso.


Intentar instalar una playa

Aunque a muchos les duela, la realidad –lo único inevitable en esta vida– es que Madrid no tiene mar. Por duro que esto sea, no se puede tener todo en esta vida.

Sin embargo, para poner fin a esto de una vez por todas, unos aguerridos jóvenes amantes de los deportes acuáticos han diseñado recientemente un proyecto que pretende instalar una playa en Madrid.  No creemos que sea una buena idea: estaríamos jugando a ser Dios y eso no puede traer nada bueno.


Relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor

Esto está fatal. La broma tiene como dos años y aún quedan cretinos que siguen con ella. España entera ridiculizó a Ana Botella por hacer algo que prácticamente ninguno de nosotros sería capaz de atreverse a hacer por nuestra histórica vergüenza: hablar inglés en público.

Por no decir que su intención era que las Olimpiadas tuvieran lugar en Madrid, con las positivísimas repercusiones que eso habría tenido en la ciudad y en el país (y si no, que se lo digan a Barcelona).

Su discurso se viralizó brutalmente y dio lugar a una inesperada y excelente campaña de marketing para los comercios del centro de la capital. Sin embargo, desaconsejamos rotundamente que se siga con la bromita ya que, además, la tontería te va a salir como por 4 euros…


Intentar remar en las barcas del Retiro con tu palo selfie a modo de remo

El título habla por sí mismo.


Convertirte en un jodido hipster cuando jamás habías salido de tu pueblo

Todo esto de llamarle cupcakes/muffins a las magdalenas empezó en Madrid, más concretamente en Malasaña. Después vinieron las tiendas de cupcakes para perros, y la moda de comprar una bicicleta BH igualita a aquella que tiraste al contenedor con quince años, todo ello por 700 euros.

Malasaña se ha convertido en la cuna del moderneo más absurdo del estado y hordas de chavales normales que jamás habían salido de su pueblo pasan un par de horas por allí y salen convertidos en veganos, fans de Robert Smith y expertos en cine independiente búlgaro.