Mi experiencia en un retiro para bajar el ritmo (y los learnings que me llevé)

Aprendí qué herramientas, qué contexto y qué decisiones pueden ayudarte de verdad a parar la cabeza... y cuáles de ellas puedes llevarte contigo al volver

Trabajo en comunicación. Y eso, aunque me encanta, suele traducirse en días con demasiada información entrando a la vez, estímulos constantes y una cabeza que rara vez se apaga del todo.

Por eso acepté la invitación para vivir la experiencia en Eco Hotel Cueva del Gato (Málaga). No solo para descansar, sino para entender qué herramientas, qué contexto y qué decisiones pueden ayudarte de verdad a parar la cabeza... y cuáles de ellas puedes llevarte contigo al volver.

Lección 1: el cuerpo responde a las señales físicas de descanso

Llegábamos directamente desde la ciudad con ese cansancio difuso que no es físico del todo. En mi caso, además, acababa de pasar una gripe, así que sentía el cuerpo un poco a medias.

Lo primero que ocurrió no fue una gran revelación, sino algo mucho más simple: sentirme cómoda. Nada más entrar, nos ofrecieron una bebida caliente y encendieron la chimenea. Fuera había humedad y frío; dentro, calor, fuego y madera crujiendo. En ese contraste entendí algo importante: antes de que la cabeza pare, el cuerpo necesita recibir señales claras de descanso.

El cambio de temperatura, el calor de una taza entre las manos, algo dulce, la posibilidad de elegir si estar dentro o salir abrigada fuera. Todo eso son mensajes físicos muy básicos, pero muy eficaces. Es respuesta directa. Cuando el cuerpo entiende que puede relajarse, la mente empieza a seguirle sin forzar nada.

Lección 2: no tuve que forzarme a desconectar del móvil

Soy una persona bastante consciente con el uso del teléfono. Normalmente tengo que recordarme no mirarlo, dejarlo a un lado, imponerme cierto control. Aquí fue distinto. No es que decidiera no cogerlo: simplemente no lo necesité.

Me di cuenta en momentos muy concretos. En una pausa, por ejemplo, me tumbé en la cama, miré por la ventana, observé el paisaje... y me dormí. Sin esa sensación de “no estoy aprovechando el tiempo”. Aun sabiendo que solo estaría allí dos días, el descanso apareció de forma natural, cuando lo habitual habría sido quedarme viendo reels o actualizando la actualidad. Ahí entendí que muchas veces no es falta de voluntad, sino de contexto. Cuando el entorno deja de pedirte atención constante, el cuerpo y la cabeza se permiten parar solos.

Lección 3: escuchar te ancla al presente más que mirar

En mi día a día, el sentido dominante es la vista: pantallas, imágenes, estímulos que compiten entre sí. En este entorno, en cambio, el sonido pasó a ocupar el centro casi sin darme cuenta.

Hay tres sonidos que se me quedaron especialmente grabados. El primero, la madera crujiendo en la chimenea: algo que, cuando vienes de ciudad, te sorprende porque no forma parte de tu paisaje habitual. El segundo, el viento moviendo las hojas. Y el tercero, el sonido constante del agua fuera, incluso durante momentos de meditación.

No era silencio, aunque tendamos a asociar la naturaleza con lo silencioso. La montaña está llena de sonidos, de vida, de estímulos que el cuerpo reconoce como propios. No es ausencia de ruido, es otro ritmo. Y escuchar activamente te ata al presente de una forma muy distinta a mirar. Cuando estás ahí, desaparecen muchas preocupaciones externas: las redes, el trabajo del lunes, lo que hace una influencer.

Esta idea conecta mucho con algo que se explica en el libro El acto de crear, cuando habla de la importancia de estar receptivos, de vaciar el ruido para que el resto de cosas interesantes puedan entrar. En ese sentido, el proceso creativo y el proceso de relajación no están tan lejos: ambos parten de la escucha.

Otra de las experiencias que más me marcó fue una sesión de “sound healing” de 60 minutos. Para mí, una hora así suele ser un reto. Es justo el tiempo en el que aparece la inquietud, la necesidad de saber qué hora es, la sensación de “aguante”.

Entendí rápido que la clave no era tener expectativas, sino una actitud de escucha. No vas a estas experiencias para hacerlo bien, sino para extraer algo positivo, sea cual sea. A medida que avanzaba la sesión, la curiosidad inicial dio paso a otra fase: la repetición, el cansancio, los pensamientos que aparecen. Y ahí estaba el aprendizaje real.

No se trata de callar la mente, sino de dejar que los pensamientos pasen, se mezclen con el sonido y se vayan. Intentar que la línea de pensamiento se solape con la línea del sonido.

La sesión fue después de cenar y, en lugar de activar la cabeza como hago normalmente antes de dormir, hice algo totalmente contrario: no hacer nada. Solo escuchar. Y el cuerpo lo agradeció.

Para quien quiera profundizar en esta relación con el silencio, Biografía del silencio de Pablo d’Ors es una lectura muy recomendable. Ayuda a entender qué pasa por la cabeza cuando intentas parar y por qué cuesta tanto al principio.

Lo que me llevé conmigo

Volví con un learning claro: no siempre necesitamos más estímulos para sentirnos bien. A veces necesitamos justo lo contrario. Escuchar más. Mirar menos. Crear pequeños rituales físicos que ayuden al cuerpo a bajar el ritmo.

Hotel Cueva del Gato no fue solo un lugar donde parar, sino un recordatorio de algo que ya sabíamos, pero que se nos olvida fácilmente: cuando cambias el ritmo, cambia todo lo demás.

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