El fast tech y la riqueza que dejamos escapar: una economía construida sobre la ilusión de “lo último”
Vivimos en una época que idolatra la novedad. No porque la necesitemos, sino porque nos hemos habituado a confundir cambio con progreso, velocidad con virtud y consumo con identidad.
Esta devoción contemporánea por “lo último” encuentra su máxima expresión en la tecnología, donde cualquier dispositivo parece condenado a ser viejo antes incluso de que envejezca. Resulta curioso que, como sociedad, sepamos ver el valor en un coche de segunda mano, en una prenda “vintage” o en un libro compartido, pero consideremos que un móvil con dos años es poco menos que un vestigio de un pasado reciente que debemos dejar atrás. La tecnología, paradójicamente, es el único ámbito en el que hemos renunciado a hacerlo.
Y esta renuncia tiene un precio. En 2022 generamos 62 millones de toneladas de residuos electrónicos que contenían, en conjunto, alrededor de 91.000 millones de dólares en materias primas, según datos del Observatorio Internacional sobre Residuos Electrónicos, publicado por UNITAR (UnitedNations Institute for Training and Research). Oro, cobre, hierro... recursos esenciales para sostener la economía global. Son materiales que ya han sido extraídos de la tierra —a un coste ambiental y humano considerable—, ya han sido procesados, refinados y pagados. Pero a pesar de ello, los dejamos escapar. Más de 60.000 millones de dólares en valor material se pierden cada año, como si fuera lo más normal del mundo.
No es casual que esto ocurra. Lo que llamamos fast tech no es solo un modelo industrial: es una expresión cultural. Y como toda cultura, opera sobre una ilusión. La ilusión de que un objeto que aún funciona ha dejado de tener valor simplemente porque ha dejado de ser “lo último”. La ilusión de que el progreso siempre viene en forma de embalaje nuevo. Esta lógica, que tiene más de ansiedad que de innovación, convierte nuestra relación con la tecnología en un mecanismo perfecto para desperdiciar recursos sin sentir culpa.
Desde una perspectiva estrictamente económica, el modelo es una colección de ineficiencias. En 2022, los costes externos asociados a la gestión deficiente de la basura electrónica ascendieron a unos 78.000 millones de dólares. Es un número incómodo porque obliga a reconocer que la factura de nuestr oconsumo tecnológico no aparece en la caja del comercio, sino en el sistema sanitario, en la contaminación del agua y del aire, en la productividad perdida de comunidades expuestas a sustancias tóxicas. Cuando sumamos el valor material que dejamos perder y los costes que generamos, el resultado es inequívoco: 37.000 millones de dólares de pérdidas netas cada año. No por usar tecnología, sino por sostener esta coreografía perpetua de reemplazo ydescarte.
Mientras tanto, buena parte del debate público sobre impacto ambiental se concentra en sectores como la aviación, que desde hace años quedó en evidencia y se convirtió en objeto de escrutinio mediático y social. Hemos hablado mucho de ella, hemos exigido alternativas y hemos aprendido a cuestionar su huella. Pero esa misma conversación no se ha producido con la tecnología. Quizá porque aún no somos plenamente conscientes de su impacto real o quizá porque no estamos preparados para repensar nuestra relación con los dispositivos que nos acompañan cada día.
Lo que debería preocuparnos no es solo el volumen del desperdicio, sino la contradicción que encierra nuestra relación con él. Entendemos la lógica de prolongar la vida de un objeto en casi muchos otros ámbitos del consumo. Sol ola tecnología parece exenta de ese razonamiento.
Llegados a este punto, la pregunta que lanzo es: ¿puede una sociedad que desperdicia materias primas críticas, asume pérdidas multimillonarias y genera un coste colosal para el planeta como consecuencia natural de su estilo de vida considerarse una sociedad eficiente, racional o incluso coherente?
Insistimos en ver la tecnología como un ritual permanente de reemplazo, como si lo nuevo fuera, por definición, mejor y más valioso, incluso cuando sus consecuencias económicas y ambientales demuestran lo contrario. Tal vez lo que haya quedado desactualizado no sea nuestro teléfono de hace dos años, sino la narrativa con la que justificamos esta relación con la novedad. Y mientras esa narrativa no cambie, seguiremos habitando un mundo donde la modernidad consiste en repetir viejos hábitos.