Las revistas científicas revisan con más cuidado las publicaciones de las investigadoras
Las revistas científicas no publican cualquier cosa: cuentan con expertos en las distintas materias que revisan todas las propuestas de publicaciones para asegurarse de que han seguido correctamente el método científico y que cumplen de verdad con las exigencias de veracidad. El problema es que esta revisión está lejos de ser igualitaria: un macroestudio ha analizado 36,5 millones de artículos académicos y ha descubierto, como apuntan desde El País, que “los trabajos en biomedicina y ciencias de la vida liderados por mujeres pasan más tiempo en el proceso de revisión que aquellos encabezados por sus colegas varones”.
¿Es simplemente porque son mujeres? Muy probablemente. Y es que, según cuenta la periodista Selva Vargas en dicho medio, la presencia de mujeres en los puestos de revisión y edición es muy baja: “otro estudio publicado en la revista Nature en 2023 encontró que solo el 14% de las editoras eran mujeres y que esta proporción desciende a 8% en el caso de las editoras en jefe”. Esto implica que la mayor parte de la gente que revisa las publicaciones llevadas a cabo por investigadoras son editores hombres. Y, por lo que sea, parece que ponen más esfuerzo en verificar si lo que hay en ellas es correcto y digno de ser publicado.
Y obviamente este sexismo está teniendo un impacto negativo en las científicas. Por un lado, porque el ritmo de sus carreras se ralentiza y sus deseos de promoción se ven frustrados en muchos casos. Por otro lado, porque esta desconfianza tiene consecuencias en la manera en la que se ven a sí mismas. De hecho, cuenta Vargas, otro estudio reciente ha revelado que “el 97,5% de las mujeres matriculadas en programas de posgrado en STEM (ciencia, tecnología, matemáticas e ingeniería) ha experimentado lo que se conoce como síndrome del impostor, un fenómeno psicológico donde personas capaces dudan de sus logros”.
Además, esta desconfianza sexista también tiene un impacto negativo en la sociedad: los trabajos de ellas, a veces con perspectivas totalmente innovadoras que los hombres nunca han implementado y que pueden ofrecer conocimientos nuevos muy importantes para la humanidad, tardan mucho más en llegar. Y, aún peor, a veces esa presión adicional les hace a las investigadoras vivir mucho más estresadas y, en ocasiones, terminar aparcando sus carreras. La pregunta es: ¿cuánto progreso nos estaremos perdiendo por no ser capaces de esperar el mismo nivel de calidad profesional en ellas que en ellos? Todo debe cambiar.