Así se ha vivido Paral·lel Festival 2026: el ritual electrónico más significativo
La inmensa mayoría de los festivales se recuerdan por sus carteles. Por los grandes nombres que lucen. Pero hay uno, el Paral·lel, cuya novena edición vamos a recordar por siempre por cómo nos hizo sentir. Sí, el pasado día 24 subimos al Port del Comte, en pleno Solsonès, y no nos bajamos de allí hasta el 26. Lo que vivimos fue precioso: un festival ajeno al ritmo vertiginoso que impone la industria, un festival basado en el crecimiento sostenible y en algo tan poco habitual en nuestros días como la escucha activa. Spoiler: mereció cada curva de carretera de montaña.
Un festival que se escucha entero, no a trozos
Lo primero que sorprende al llegar es que Paral·lel no funciona como el resto de festivales. Aquí no hay dos escenarios compitiendo por tu atención ni ese dilema constante de ”¿me quedo o me voy al otro bolo?”. Todo pasa en ese único escenario y la programación está pensada como una obra con prólogo, desarrollo y epílogo. Tres días que se viven como un solo relato sonoro. Una narración construida a base de ritmos y melodías. Lo único que tuvimos que hacer es cerrar los ojos, abrazar el momento y prestar atención a lo que el festival trataba de contarnos.
¿El resultado? Que a la media hora ya no mirábamos el móvil. El ambient más introspectivo de la tarde derivó, sin prisa, hacia el deep techno hipnótico de la noche. El público, exactamente 2.500 personas, ni una más porque el aforo está limitado a conciencia, se dejaba llevar por un arco emocional compartido en lugar de ir cazando momentos sueltos. Es la diferencia entre consumir música y vivirla. Entre devorarla como si fuera fast food o disfrutarla en armonía con el momento y con la gente de tu alrededor. Es difícil de explicar. Pero de verdad fue mágico.
La montaña no es decorado, es parte del festival
Otra cosa que nos quedó clara nada más pisar Port del Comte es que el entorno no era simplemente un escenario bonito de fondo, sino parte de ese mismo relato que el festival trataba de contarnos. Porque Paral·lel ha construido su propuesta alrededor de la sostenibilidad real y de la sinergia con la naturaleza. Se nota en decisiones simples, pero de gran valor: reducción de impacto energético, fomento del transporte público, fomento del consumo de proximidad o el hecho de celebrar el evento en temporada baja para dinamizar la economía de Solsonès.
Además, no queremos dejar pasar la oportunidad de hablar del Paral·lel Plus+, el programa de talleres paralelo al festival, donde los productores y el público compartieron espacio para hablar de producción musical, experimentación sonora y cultura DIY. Un rincón mucho menos fotografiado que el escenario, sí, pero cuya esencia explica bastante bien por qué este festival tiene la fidelidad que tiene: no vende solo conciertos, vende conocimiento y comunidad. Eso, en los días que vivimos, tiene muchísima importancia y belleza. La música existe para unirnos a todos.
Diez años sin querer ser el más grande
La programación de este año volvió a apostar por mezclar nombres internacionales con talento nacional, moviéndose entre el ambient, el techno hipnótico y la electrónica experimental. El riesgo creativo, aquí, no es la excepción: es la norma. Y en un momento en que todo pide inmediatez, ver a miles de personas entregadas a una propuesta que exige atención y paciencia es, la verdad, bastante reconfortante. Quienes estuvimos allí sabemos que no eligieron artistas basándose en su popularidad, sino tratando de contar ese relato propio del festival.
Uno que habla principalmente de una cosa: a veces nos obsesionamos con ser más grandes, en todos los sentidos, pero la clave está en ser más significativos. Eso es lo que nosotras sentimos allí. Que aquel relato quedaría marcado meses y meses después de abandonar el Port del Comte. En una industria musical que premia el volumen —más aforo, más escenarios, más nombres en el cartel—, Paral·lel ha construido una identidad propia yendo justo en la dirección contraria. Y cada vez hay más gente queriendo subir allí. Eso no es en absoluto casualidad.