Por qué la Laponia española es el lugar perfecto para desconectar de todo

Imagínate una vida sin colas para pagar en el supermercado, sin llevarte codazos cada vez que te subes o te bajas del metro o, incluso, sin el olor a tubo de escape metido en lo más profundo de tus fosas nasales. Una vida que discurre transitando un lugar en el que el sonido de la brisa o de la lluvia no tienen por qué competir el trap de C. Tangana saliendo del móvil de un desconocido que no sabe todavía para qué se inventaron los auriculares con bluetooth. Una vida en la que no estés acojonad@ contando los días que te quedan para renovar el contrato del piso y en el que máximo estrés diario consista en preguntarle a ‘la Paca’ —en cada pueblo hay una— si esta tarde lloverá para que no se te moje el tendido. En definitiva, una vida que está desapareciendo. Resultado de imagen de farmer gif

Desde hace unos años, y por primera vez en la historia, hay más personas en el mundo viviendo en las ciudades que en los entornos rurales. Una tendencia paulatina pero imparable que, según un informe de la ONU, hará que en 2050 dos tercios de los seres humanos vivamos concentrados en las áreas urbanas del planeta, especialmente en las llamadas megaciudades, donde la densidad de población superará los 2.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Por desgracia, no necesitamos esperar tres décadas para comprobar los devastadores efectos de esta despoblación rural. Aquí, en nuestro país, encontramos una de las regiones más deshabitadas del mundo: la conocida como Laponia española.

Un territorio rural que según Joaquín Farinós, catedrático de análisis geográfico de la Universidad de Valencia, resulta difícil de precisar: "La Laponia española no representa realmente un entorno geográfico específico. Representa más bien un concepto metafórico que describe la situación en muchas provincias y regiones del país: envejecimiento poblacional, tasa de reposición poblacional insuficiente, desestructuralización del territorio, abandono del patrimonio cultural...". Condiciones que convierten a muchos de los pueblos que la integran en auténticos retratos de otra época. Como si viajar hasta ellos fuese no solo un viaje en el espacio sino también en el tiempo. Algunos incluso terminan por convertirse en pueblos fantasmas.

"Estamos hablando de regiones donde la densidad de población puede bajar hasta una persona por kilómetro cuadrado. Como consecuencia, la Laponia española contiene comarcas cuya población no sobrepasa los 10.000 habitantes, una cifra que superan muchos barrios de algunas ciudades españolas como Madrid, Barcelona o Valencia", explica el geógrafo con cierta tristeza. Y es que la densidad poblacional de estos territorios, también conocidos como la Siberia española por su carácter aislado y gélido, es inferior a la de lugares tan inhóspitos de nuestro planeta como el círculo polar ártico o un espacio tan paradigmáticamente despoblado como el desierto del Sahara. 

Esto provoca que el patrimonio vital y cultural de los más de 1.500 pueblos que la conforman —y que se extienden desde Burgos hasta el extremo oriental de Teruel, la llamada Serranía Celtibérica— se acerque peligrosamente a la desaparición si no se hace nada por revitalizar la región. Porque soluciones, según Farinós, hay. "Es complicado revertir la despoblación pero es posible. La solución pasa por la puesta en alza, e incluso conversión en producto de consumo si me apuras, de aquello que caracteriza y hace especial a estos entornos: su capacidad para terrenalizar al ser humano, para conectarlo de nuevo con la naturaleza, para inyectarle paz y tranquilidad. Esto es algo que podría venderse si se plantea correctamente", expone convencido el catedrático.

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Y es que, realmente lo necesitamos. La progresiva y al parecer incontenible concentración de personas en las ciudades, con todo el frenesí y ruido que encierra, produce una inevitable desnaturalización del ser humano en opinión de Farinós. "El ejemplo por antonomasia de este fenómeno lo tenemos en Japón", recuerda el geográfo que insiste en que "la desconexión con la naturaleza y la urbanización y tecnologización salvaje parecen encontrarse entre las numerosas razones tras la altísima tasa de suicidios del país asiático, una de las más elevadas del mundo". Por eso, volver a los entornos rurales más auténticos, como los que conforman la Laponia española, podría ser una manera muy efectiva de volver a conectar con nosotros mismos, con nuestros orígenes. 

De hecho, y según este especialista en análisis geográfico, los mileniales seríamos uno de los colectivos más interesados en "comprar" este reclamo turístico de desconexión absoluta, serenidad y regreso a la sencillez. Y lo haríamos, añade, "porque es una generación cada vez más preocupada por reconectar con la naturaleza", algo que resulta totalmente cierto. Aunque no somos los únicos: "Sin querer sonar elitista, esta imagen de la Laponia española como retiro podría interesar mucho a aquellos que tienen un alto poder adquisitivo. No hay más que ver cómo los actores y actrices de Hollywood desaparecen en hoteles perdidos en mitad de la naturaleza", añade Farinós.

Pero no es la única solución que el profesor pone sobre la mesa: "También es importante que hablemos del concepto de postmetrópolis creado por Edward Soja, que supone ampliar el concepto de ciudad de la región metropolitana a un entorno mucho más amplio que incluya las áreas rurales cercanas. Después de todo, yo no tardo más de una hora en ir desde Valencia a alguno de los pueblos que forman parte de la Laponia española". Una postmetrópolización que pasaría por mejorar las conexiones, instalar espacios multiusos que revitalizaran esos pueblos y crear un abanico de actividades que llevaran al urbanita hasta allí.

Porque la Laponia española, con sus claros y oscuros, merece sobrevivir. Después de todo, es uno de los escenarios más maravillosos y especiales que tenemos en España para aislarnos, escapar del ruido ensordecedor de las ciudades que impide que nos escuchemos a nosotros mismos y armonizar con el planeta. Y está ahí mismo, al alcance de nuestra mano y por muchísimo menos dinero que por ese piso sin reformar o esa habitación estrecha y sobrecargada por la que estás pagando un pastizal en tu ciudad. Aunque irse a un pueblo perdido no es la solución a todos los males de los mileniales, no hay duda que tener ese inmenso lugar de paz a la vuelta de la esquina es una terapia que vale la pena probar.