La Ciencia Dice Que Si Vives En El Desorden Absoluto Puede Que Seas Un Genio

Escenario número 1: tu habitación es un paraíso del orden. Sobre el escritorio, todos los papeles colocados por grado de importancia, libros que van de mayor a menor tamaño en las estanterías, lápices con las puntas afiladas en sus respectivos cubiletes, ni una camiseta fuera del armario. Sabrías decir dónde está la última nota y tienes un cuaderno para cada cosa. Vamos, que tienes un cuarto que da gusto verlo.

Escenario número 2: Cristo colosal. Papeles por todas partes, decenas de post-it con notas ininteligibles. Migas del bocadillo. De hecho, todavía un trozo de bocadillo en un rincón. Ropa esparcida por aquí y por allá y una gran montaña sepultando lo que en tiempos ejercía como silla de escritorio. Fragmentos de apuntes aquí y allá, varios bolis gastados y una pelusa que te mira amenazante y te pide fuego para encenderse un cigarro, porque ha cobrado vida propia.

Y ahora, la pregunta. ¿Con qué escenario te identificas más? Si la respuesta es que con el primero, enhorabuena, eres el yerno/nuera soñado. Pero si la respuesta es que te has imaginado tu habitación mientras leías la hipótesis número 2, la enhorabuena es más grande todavía. Algunos científicos aseguran que el desorden no está reñido con el éxito. "El caos se puede convertir en motor de cambio. La aparición de situaciones caóticas suele potenciar, en determinadas personas, el pensamiento creativo, preparándolas para buscar y encontrar soluciones e ideas originales. Aunque ojo, jamás hay que llevarlo al extremo del abandono ni la suciedad, porque entonces estaríamos hablando de asuntos muy alejados de la genialidad". Es la opinión del psicólogo clínico Juan Cruz, que apuesta por el equilibrio y por no confundir el desorden con la desidia.

Numerosos estudios científicos, como el llevado a cabo por la psicóloga Kathleen Vohs en la Universidad de Minnesota (Estados Unidos), aseguran que los ambientes desordenados inspiran y hacen que nos alejemos de la tradición y los convencionalismos, lo que al final redunda en la generación de ideas innovadoras. Y ahí tenemos a Einstein, en medio de un caótico laboratorio; a Mark Twain, creando sobre un escritorio al que llamamos así por no calificarlo como desorden letal o a Steve Jobs, una de las mentes más creativas de nuestro tiempo, inventando el futuro desde una oficina que era un desastre sin paliativos.

Valientes, espontáneos, independientes y autónomos. ¿No son esos los rasgos de los auténticos genios? De las personas capaces de nadar a contracorriente y de alejarse de los cánones establecidos. O, como dijo el periodista John Haltiwanger en un artículo en el Elite Daily, personas que no se arrugan ante el status quo y que aprenden a aceptar el caos, ganándolo para su causa y convirtiéndolo en el motor de pensamientos geniales.

Por si fuera poco, una de las mayores ventajas de ser desordenado es que están permanentemente haciendo nuevos y emocionantes descubrimientos. “¡Anda, no recordaba haber comprado esto!”, “¡mira por dónde, resulta que tengo grapadora!”, “¡qué pantalones más chulos, no recordaba que los tenía!”, y así todo el día. Aunque no hay que confundir el desorden con el abandono: "vivir entre suciedad muestra un desorden externo, pero también puede ser reflejo de un desajuste emocional y de pensamiento interior, que manifiesta determinadas patologías", comenta el psicólogo Juan Cruz. Por eso, no hay que pasarse: “el problema llega cuando se rompe el equilibrio y se pasa a los extremos: igual de negativo es un orden compulsivo que un caos absoluto”, añade. Porque incluso en la naturaleza, donde impera una aparente desorganización, todo está en su lugar.

Así que la próxima vez que alguien te mire mal porque tu escritorio parezca haber sido arrasado por un huracán, la próxima vez que alguien te si te han entrado a robar o que te reprochen que no hay Dios que entienda tus notas y apuntes, tranquilo. Suspira profundamente, mírale a los ojos y, con ternura, dile de quedar dentro de unos años para comparar logros, porque tal vez tú seas un genio mundialmente conocido y él un oficinista metódico, pulcro y, probablemente, más aburrido que una mona enjaulada.