"Bienvenido a la nueva Gambia"

En el suntuoso Aeropuerto Internacional de Banjul una frase da la bienvenida a los escasos turistas que se asoman a este rincón del África occidental: “¡Bienvenido a la nueva Gambia!”. Aunque ya han pasado dos meses desde que Adama Barrow juró su cargo como nuevo presidente de la República, la ilusión y el júbilo del pueblo gambiano siguen intactos. No cada día se abandonan 22 años de dictadura para estrenar una democracia. De camino al hotel, el taxista tampoco puede evitar comentar la actualidad. “Ahora somos libres, por fin podemos hablar y vivir sin miedo”, comenta sonriente. Parece que en esta nueva Gambia no haya otro tema del que hablar y todos se esfuerzan por tener una opinión propia sobre la actualidad política, algo que llevaban demasiado tiempo sin poder expresar.

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Manifestantes en las calles de Serekunda gritan a favor de la instalación del gobierno del nuevo presidente, Adama Barrow.

Con apenas 30 años, Modou Ngong ha vivido casi toda su vida en una dictadura. La misma que le envió a la cárcel durante meses cuando, harto de no poder expresar su inconformismo con el régimen que estaba asfixiando a su país, decidió manifestarse contra el gobierno del anterior presidente, el teniente Yahya Jammeh. “Era hora de cambiar, no podíamos seguir bajo el gobierno de ese tirano”, explica este expreso político desde la recién recuperada comodidad de su casa. El cambio político en Gambia no nació de la nada. A medida que se acercaban las elecciones, toda la oposición política se fue organizando en lo que más tarde terminó siendo una coalición por el cambio. Para frenar el avance de dicha oposición, el gobierno de Jammeh, presidente desde el golpe de estado del 22 de julio de 1994, promovió, con el apoyo de la Comisión Electoral Independiente, una serie de medidas draconianas.

Aferrándose al poder con uñas y dientes, pero intentando mantener cierta apariencia democrática en el proceso,  Jammeh —quien nunca se reconoció como un dictador a pesar de las continuas denuncias internacionales por sus violaciones a los derechos humanos— elevó considerablemente las tasas para presentarse a las elecciones y restringió la edad para postularse como presidente dejando fuera a otros candidatos importantes como Ousainou Darboe, líder del Partido Unido por la Democracia. Fueron medidas como estas las que, el 14 de abril de 2016, llevaron a miles de gambianos a salir a las calles para exigir una verdadera democracia y el final de un gobierno que la mayoría consideraba ilegítimo desde su nacimiento. “Había que luchar por nuestros derechos”, relata Modou quien, al igual que otros 26 de detenidos aquel día, pagó las consecuencias de atreverse a desafiar el régimen de Jammeh.

La represión en la ‘primavera’ subsahariana

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El expreso político Modou Ngong en la vivienda que comparte con su familia en el pueblo costero de Tujereng.

Entre los detenidos, en aquella breve ‘primavera’ de la que nadie en Europa escuchó hablar, se encontraba también el líder del UDP y hoy Ministro de Asuntos Exteriores del nuevo gobierno, Ousainou Darboe, quien al igual que Modou fue arrestado por manifestarse cerca de la ciudad gambiana de Serekunda. “Desde el momento que nos detuvieron ya empezaron a pegarnos”, confiesa Modou mientras se desabrocha la camisa para mostrar las secuelas del maltrato y los golpes. Sin embargo, se considera un afortunado. A su amigo Solo Sanden, miembro del ejecutivo del UDP y candidato a la presidencia, lo mataron a golpes el mismo día de su arresto: “Lo cogieron entre cuatro, lo ataron a una mesa y empezaron a pegarle hasta que dejó de respirar”. Mientras recuerda aquellos sucesos, Modou se estira en su cama como si estuviese atado; tiene una forma muy gráfica de contar lo sucedido y va recreando con su cuerpo todo lo que va explicando.

En total, Modou pasó siete meses y medio sobreviviendo en una prisión junto a delincuentes de todo tipo hasta que, con la victoria de la coalición en las urnas en diciembre e instalación del nuevo gobierno el 19 de enero, previo exilio de Jammeh a Guinea Ecuatorial, el presidente Barrow decretó la liberación inmediata de todos los presos políticos. La experiencia de este expreso político es ácida y la relata sin filtros. “Me pegaron, me torturaron y, a las tres mujeres que detuvieron ese día, las violaron”, recuerda Modou mientras intenta escribir en una libreta los nombres de todos los arrestados aquel día. Ni siquiera ahora le resulta fácil denunciar a sus agresores, por culpa de las palizas recibidas ha perdido parcialmente la vista y sus facultades para escribir. “Aun no puedo escribir bien” confiesa Modou mientras se señala el ojo izquierdo.

La historia de Modou es la historia personificada de la lucha por la democracia en Gambia, la de cientos de presos políticos y desaparecidos bajo un manto de silencio. Su juicio se celebró el 9 de mayo de 2016, casi un mes después de su detención. No fue hasta ese día que su familia supo que estaba vivo. “Al ver que no volvía a casa mi familia me fue a buscar a comisaría, nadie les dijo si estaba vivo o muerto. Pasaron todo ese tiempo pensando que ya no me volverían a ver, antes las cosas funcionaban así”, dice. Según el último informe de Human Rights Watch; durante el régimen de Yahya Jammeh, “eran comunes las desapariciones, las torturas, las detenciones arbitrarias y otras violaciones de los derechos humanos”. Es más, el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) informó hace unos meses que de los más de 347.000 inmigrantes y refugiados que han llegado por mar a Europa este año, alrededor de un 3% son gambianos.

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El director de la Unión de Prensa Gambiana, Sand Mendy, durante la entrevista en la sede de la organización en Serekunda.

Así lo relata también Sang Mendy, director de la Unión de Prensa Gambiana. “Teníamos miedo de publicar la verdad ya que podías desaparecer de un día para otro y nadie sabría nada más de ti”, apunta Mendy en referencia a la desaparición del periodista del periódico local Daily Observer, Chief Manneh, que desapareció una noche volviendo del trabajo a su casa. “¡Por supuesto que teníamos miedo! Manneh, publicó informaciones en contra del gobierno y mira lo que le paso”, explota Mendy. Tras una larga pausa, coge aire y sigue: “otro periodista, Deyda Hydara, fue tiroteado en plena calle cuando viajaba en su coche por publicar la verdad”. De hecho, el caso de Hydara, periodista que fundó el periódico local independiente The Point, se había hecho famoso por oponerse sin tapujos al gobierno de Jammeh. A diferencia de otros muchos, su asesinato tuvo repercusión mediática internacional ya que trabajó para la agencia francesa AFP y para Reporters Without Borders.

El ejército que se alió con el invasor

Pero, para poder entender el inesperado cambio político de Gambia, y la salida del poder de Yaya Jammeh, hay que tener presente la implicación de la Comunidad Econòmica de Estados de África Occidental (CEDEAO) que, el día 19 de enero de este mismo año, dió un ultimatum a Jammeh para exiliarse antes de ejecutar una operación militar para poner fin a su mandato. La intervención, fruto del mutuo acuerdo entre los países de África Occidental, no encontró oposición alguna debido a la negativa del ejército gambiano de luchar al lado de Jammeh. El incidente de la intervención se saldó sin un solo disparo y rodeado del júbilo en las calles de los gambianos.

Sin embargo, más allá de la intervención exterior fue la cuestión étnica en Gambia la que acabó por desatar los acontecimientos. El presidente Jammeh, de la etnia jola, había llevado a cabo una campaña electoral muy dura contra los mandinka, la etnia mayoritaria del país, que supo movilizarse y decir basta. La curiosa y singular naturaleza del candidato de la coalición y hoy presidente de Gambia, Adama Barrow, ayudó a que los gambianos se identificaran con él. Resulta que el padre de Barrow es mandinka, la madre fulani y que, en su niñez, fue criado por el pueblo sarahule. Una personalidad con la que las tres etnias más importantes del país se identificaron y que con sus votos impulsaron al frente de nueva Gambia.

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El padre de Modou Ngong realiza su primera oración del día. El 90% de la población de Gambia practica el Islam desde la rama sunní.

Volviendo a la conversación con Modou resulta mucho más fácil entender el porqué de su renovado optimismo. Aunque su madre no habla una palabra de inglés, sigue atenta la conversación desde su vieja silla de madera situada en el otro extremo de la habitación; de alguna forma sabe que Modou está hablando de ella y este le dirige una frase en mandinka. Tampoco hace falta entender la lengua local para percibir una mezcla entre dolor y ternura en sus palabras. “Muchas veces pensé que no volvería a ver a mi familia, pensé que podían matarme en cualquier momento. De hecho no paraban de repetir que me matarían como habían hecho con Solo Sanden. ¡Todos los que estáis contra del Presidente Jammeh tenéis que morir! Me decían los policías”, expresa con desahogo.

Después de todo lo sufrido y de todos los cambios vividos en su país, Modou se muestra contento de poder hablar finalmente con un periodista extranjero. “Hace tan solo dos meses no podríamos tener esta conversación, los dos iríamos a la cárcel”, no para de repetir. Es cierto, la entrevista per sé ya es una clara muestra de que Gambia está cambiado, de que el miedo a hablar está desapareciendo. “Antes era muy difícil tener acceso a la información, la gente tenía miedo de hablar”, explica Sang Mendy en su despacho situado en la segunda planta de la sede oficial de la Unión de Prensa Gambiana. Al igual que Modou, se muestra contento con el nuevo gobierno y explica que están planeando revocar la ley de secretos de estado que durante tantos años ha ocultado las prácticas más oscuras del gobierno de Jammeh. “Han dicho más de una vez que quieren hacer una nueva ley de transparencia”, añade Mendy con un gesto esperanzado.

Optimismo con reservas en la nueva Gambia

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El Presidente Adama Barrow durante una reunión con representantes de la Union Africana en el hotel Kairaba, Senegambia.

La emoción que ambos transmiten se repite en cada rincón. Al conversar con la gente de a pie, resulta fácil darse cuenta de que las expectativas hacia el nuevo gobierno son muy altas —quizás demasiado— y eso, por desgracia, también puede ser peligroso. La gente espera que todo mejore de la noche a la mañana pero se necesita tiempo, esfuerzo y unidad para dejar atrás 22 años de dictadura. Desde que Adama Barrow juró el cargo en la embajada gambiana de Senegal las divisiones internas de la coalición se han hecho visibles. El próximo 6 de abril, se celebrarán las elecciones al Parlamento de Gambia y algunas voces internas ya piden deshacer la coalición e ir por separado. En esta línea, el canciller Darboe, quien jamás abandonó el liderazgo del UDP a pesar de no poder concurrir a las elecciones por estar encarcelado y por tener más de 65 años, propone presentarse por separado; gesto que molesta especialmente a los tecnócratas e intelectuales que, en su día, mostraron su apoyo a la coalición.

Todo el think tank que mostró su apoyo a la coalición para derrocar a Jammeh también está dando un paso hacía atrás. El primero en dar dicho paso fue Halifa Sallah, asesor especial del Presidente y una personalidad muy querida por los gambianos, que renunció en el último momento a la vicepresidencia por las mismas razones: divisiones internas. “El hecho de que un hombre como Halifa Sallah diera un paso atrás demuestra que las cosas no están tan bien como parece”, señala Dodou Djalo, un reconocido intelectual y antiguo alto cargo de la ONU en Gambia. La opinión de Djalo coincide con la de varias organizaciones internacionales que no confían en cómo se han desarrollado los acontecimientos. “La coalición hizo un acuerdo de 3 años que algunos partidos ya quieren romper. Sin el apoyo de los intelectuales y con gente poco preparada será muy difícil satisfacer las expectativas nacionales e internacionales que se han puesto sobre nuestro país”, confiesa un coordinador nacional que prefiere mantenerse en el anonimato.

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El presidente Adama Barrow durante una rueda de prensa junto al Ministro de Exteriores, Ousainou Darboe.

Por desgracia, el fin de los 22 años de dictadura sufridos por los gambianos no ha sido capaz de borrar su desconfianza hacia las instituciones de su país. La corrupción, la falta total de preparación de sus élites políticas y las escasas posibilidades de desarrollo económico del país —Gambia se encuentra totalmente rodeada por Senegal y no posee ningún tipo de yacimientos minerales— provocan que el júbilo de los 1,6 millones de gambianos sea más superficial que otra cosa. Curiosamente, la mejor explicación a la situación actual de Gambia la resume un profesor de la escuela pública de Banyka, Jerreh Manneh. “Esto es como en el fútbol: ¿verdad que con los jugadores que tienes puedes predecir cómo irá el partido antes de que haya empezado? Pues en política es lo mismo. Con los políticos que tenemos en el nuevo gobierno ya sabemos que el partido no irá bien”, asegura con resignación. Lo cierto es que, como comenta Manneh, tanto en el fútbol como en la política pasar de la euforia a la decepción puede ser cuestión de segundos. La segunda parte de la transición en Gambia está todavía por jugarse.


Crédito de las fotografías: Guillem Trius