Jóvenes con alergia al WiFi te cuentan cómo los móviles les hacen la vida imposible

“Espera un segundito que me voy al bosque”. Esta es la respuesta de Rosalina, una madre cuya hija de 32 años, Nadia, es incapaz de sostener un teléfono móvil y mucho menos aguantar una entrevista entera sobre su enfermedad: la electrohipersensibilidad o EHS. Madre e hija están recluidas lejos de su hogar en Canarias, en una ‘zona blanca’ (una vivienda o lugar aislado de la contaminación electromagnética) de la Fundación Alborada de Madrid. Tras alejarse unos 30-40 metros prudenciales, Rosalina nos cuenta como la mal llamada ‘alergia al WiFi’ (ya que la EHS puede producirse por más factores que las ondas de nuestro router) ha convertido la vida de su hija en un tormento continuo.

“Dependiendo de la cantidad de aparatos eléctricos que haya en la casa comienza a sentir un intenso ardor en las piernas que va subiendo y le produce rigidez. Ni siquiera tolera que sus compañeras de habitación utilicen sus ordenadores portátiles aunque usen cable para conectarse a internet”, relata esta madre que, desde marzo, cuando la enfermedad de Nadia comenzó a manifestarse en forma de insomnio e intensos dolores de cabeza, tuvo que endeudarse, e incluso organizar un concierto benéfico, para poder proporcionarle un tratamiento que, en la actualidad, le está suponiendo un gasto de 12.000 euros al mes.

El principal problema que Nadia y de los miles de afectados por la EHS en España es que la Organización Mundial de la Salud (OMS) todavía no ha reconocido su existencia como enfermedad. En este sentido, el jefe del servicio de Bioelectromagnética, del Hospital Universitario Ramón y Cajal, Alejandro Úbeda, nos explica que “actualmente carecemos de los suficientes conocimientos sobre las causas de la EHS como para realizar un diagnóstico preciso y específico de este trastorno”.

Al parecer, no se ha demostrado que la exposición a los campos electromagnéticos débiles sea el causante de los síntomas atribuidos al EHS por quienes dicen padecerla. Según Úbeda, esta sintomatología habitual en personas que se declaran electrosensibles “puede aparecer repentina o paulatinamente” y, estadísticamente, se corresponden con: insomnio (50 -55% de los casos), dolor de cabeza (40-45%) fatiga (20-30%) dificultad para concentrarse (15-30%) y nerviosismo (15-20%). De hecho, el investigador especifica que algunos estudios indicaban que alrededor del 5% de la población juvenil y adulta presentaba síntomas atribuidos a EHS y que el 66% de los médicos declaraban haber atendido, al menos una vez al año, a algún paciente con esta sintomatología.

Sin embargo, quienes viven o conviven con el EHS no dudan en denunciar la completa ignorancia de muchos médicos al respecto y la total falta de apoyo institucional a la que se enfrentan. “Muchos médicos no tienen ni puñetera idea de la enfermedad y mucho menos del tratamiento. El único en Tenerife que la diagnosticó nos dijo que como los tratamientos no están avalados científicamente no existe una manera de atajar la enfermedad y únicamente pueden paliar los síntomas”, resume Rosalina que harta de moverse de especialista en especialista tuvo que hacer las maletas y optar por un tratamiento privado (y extremadamente caro) en Madrid.

Otras personas no aguantaron tanto, o no pudieron procurarse un tratamiento adecuado. Fue el caso de Ángela Jaén Martin, una joven madrileña afectada por EHS que en 2013 se quitó la vida, según el comunicado de la Asociación de Electrosensibles por el Derecho a la Salud, “al no poder ni querer vivir con el gran sufrimiento que produce este padecimiento”. En el mismo texto, la asociación denunció “la impasividad y la desatención de las autoridades competentes que vivió Ángela tras verse obligada a huir de su casa con altísimos niveles de radiación afectada por una antena de telefonía situada a 50 metros de la misma”.

La atención inadecuada de los responsables de salud por la no aceptación del origen de su sintomatología y la imposibilidad de encontrar viviendas adecuadas a las necesidades de personas con EHS, se sitúan en el centro del problema. Así lo denuncia Alejandro López, arquitecto técnico especializado en la construcción y reforma de viviendas para que no tengan ningún campo electromagnético y vicepresidente de la Asociación de Electrosensibles de Canarias. “Quizás las antenas de telefonía móvil, por el impacto visual y psicológico que tienen, sean las más asociadas a la EHS, pero desde un tendido eléctrico de alta tensión a la catenaria de un tren, todo puede afectar negativamente”, dice.

Como Alejandro señala “es cierto que todas estas instalaciones cumplen el límite legal de emisiones, pero hay estudios que demuestran que aún por debajo de estos niveles ya se producen daños celulares e incluso se ha vinculado con la aparición de ciertos tipos de cáncer (algo probado en estudios con ratones). Es la eterna pelea entre la legalidad y la salud de las personas”. En este punto el arquitecto mete el dedo en toda la llaga: “¿Te imaginas decirle a los señores de Telefónica que desmonten toda esta tecnología de nuestras ciudades y que vuelvan al cable? Sería una pérdida millonaria y está claro que el interés de la industria es seguir apostando por el WiFi, datos, etc.”.

Recomendaciones para hacer en casa

De hecho, Alejandro recuerda que en 2009 y 2011 el Parlamento Europeo solicitó a todos los estados miembros que sigan el ejemplo de Suecia, país que plantó cara a los lobbys de las telecomunicaciones y las farmaceúticas, y reconozcan la EHS a fin de proporcionar una protección adecuada y garantizar la igualdad de oportunidades entre quienes la padecen. Pero, consciente de que el reconocimiento total podría tardar años en producirse (las incapacidades laborales por EHS en España se producen con cuentagotas), el arquitecto recomienda comenzar por intentar limitar la exposición con las fuentes de emisión de ondas al máximo y saber ubicar correctamente equipamientos electrónicos como el router del WiFi en nuestro domicilio, en concreto lo más alejado posible del dormitorio.

Quien sabe un rato de esto es Yausmary, una afectada de 33 años con EHS de grado 2, es decir, mucho más leve que en el caso de Nadia. “Por suerte pillé la enfermedad a tiempo, me di cuenta que me pasaba el día inmersa en un dolor de cabeza que no desaparecía y que yo había hasta normalizado. Muchas personas que tienen EHS en un pequeño grado no son conscientes de que su fatiga e insomnio son síntomas de esta enfermedad”, resume. Es por ello que, tras aprender a convivir con la enfermedad, es capaz de recomendar la mejor manera de evitar la irrupción de los molestos síntomas: “Solamente intentar eliminar de tu cuarto el móvil con los datos y el WiFi activados por la noche es suficiente para notar una diferencia. Lo típico de dejarlo cargando al lado de la cama es fatal”.

Otro de los consejos de Yausmary es intentar utilizar al máximo el modo avión o realizar lo que ella llama ‘periodos de desconexión’. “Simplemente se trata de tener la mayor parte de los aparatos electrónicos en un mismo enchufe y desactivarlos durante los periodos en los que no sean realmente necesarios, darle la oportunidad al organismo de que se recupere. Está claro que no hace falta mirar las notificaciones a las dos de la mañana. Lo de usar el fijo en casa también es muy recomendable”, comenta a la vez que advierte que “no nos damos cuenta pero cada día bombardeamos nuestro cuerpos con ondas y químicos, si no tomamos conciencia nuestro cuerpo petará y más aún que la tecnología parece ir más y más hacia este camino”.

Aún así, tanto Rosalina como Yausmary se muestran optimistas. Ejemplos de lugares libres de ondas como Green Bank (en Estados Unidos) o Arles (Francia), son una muestra de que en algunos lugares las personas electrosensibles han conseguido su lucha se tome en serio. También el investigador Úbeda resalta que “reducir la exposición a las ondas mitiga o elimina los síntomas en un 75% de los casos” y que cambios en la dieta (70%) y el incremento de la actividad física (60%) también han demostrado ser realmente útiles a la hora de plantarle cara a la EHS. Que cada vez más jóvenes entiendan que la ‘alergia al WiFi’ es mucho más que una etiqueta simplona y que se puede prevenir o paliar cambiando nuestra rutina, es el primer paso.