Por qué los centros sociales okupados están muy lejos de ser "nidos de vagos"

No falla. Cada vez que en una conversación aleatoria con familiares o compañeros de trabajo comento que suelo ir a centros sociales okupados, algún graciosillo me taladra con la inevitable frase. "Tú y tus movidas de perroflauta". Me divierte pensar que me imaginan envuelta en una nube de hachís, dormitando incrustada en el fondo de un sofá y despertando únicamente para preparar cócteles molotov junto a otros irrespetuosos profanadores del orden público. Sobre todo porque esa imagen contrasta con mi última experiencia de fiesta en uno de estos espacios. La canción que lideró el alboroto revolucionario no fue 'A las Barricadas' sino 'Lo Malo' de Operación Triunfo y los organizadores de la velada nos echaron antes de medianoche para no molestar a los vecinos.

Y, sin embargo, poco importa. Ese estereotipo tan caricaturizado de los espacios okupados está grabado a fuego en el imaginario colectivo. Son muchos los que desconocen la labor que realizan los más de 300 centros sociales dispersos por la geografía española a la hora de ofrecer una cultura accesible para quienes no podemos permitirnos desembolsar 15 euros por ver un espectáculo teatral ni pagar la matrícula mensual del gimnasio con nuestras nóminas de becarios. "Aquí tenemos cineforum, talleres de teatro, de yoga, intercambios de idiomas o de lengua de signos. Todas las actividades son gratuitas porque entendemos que nuestro objetivo es dar un servicio a la ciudad ofreciendo una cultura crítica y un espacio donde puedan tejerse lazos entre diferentes movimientos sociales", me explica Roxana Carp, una de las portavoces de La Ingobernable.

La Ingobernable se encuentra situada en pleno Paseo del Prado, una de las zonas más céntricas de Madrid. Autor: María de Castro.

Un contrapunto a la especulación inmobiliaria

Nos encontramos en una de las salas de este gigantesco centro social situado en pleno corazón del Paseo del Prado Madrileño. Se trata de una de las zonas más caras de la ciudad y, por ende, un caramelo para los amantes de la especulación inmobiliaria. El espacio, propiedad del Ayuntamiento, fue sede de la UNED y después un consultorio médico que cerró hace algunos años. Llevaba tiempo abandonado cuando el Consistorio de Ana Botella lo cedió por 75 años a la Fundación de Emilio Ambasz, un arquitecto vinculado al entorno de la familia Aznar. La operación fue muy polémica por su opacidad. Y, sin embargo, la ocupación del inmueble generó debate: mucha gente se preguntaba hasta qué punto es legítimo tomar sin permiso una propiedad ajena.

"Es importante remarcar que en ningún momento vamos a ‘okupar’ la vivienda de una anciana o de una familia que la necesite, sino espacios abandonados que pertenecen a grandes promotoras que quieren especular o edificios vinculados a cesiones opacas como éste. Nosotros okupamos como forma de protesta. No estamos a favor de ese modelo de ciudad del pelotazo inmobiliario y tomamos edificios para darles un uso social", argumenta Roxana. Reflexiono sobre las palabras de esta joven de 19 años mientras recorro las tres plantas del edificio. En una de las aulas están proyectando un documental; unos metros más allá un grupo de informática aprende a usar el sistema operativo Linux.

Me siento como si regresara al instituto, solo que aquí puedes escoger a qué clase te apetece ir. Mis pasos se detienen frente a una sala decorada con maniquíes y pintadas de mil colores. Es el espacio del colectivo de arte. Anxo Marinho, un joven del Bierzo de 23 años, da las últimas pinceladas a su obra. "Llegué hace dos semanas a Madrid para intentar sobrevivir con mi arte. Vendo pegatinas e ilustraciones y me enteré de que este espacio estaba abierto todas las tardes, así que me vine", relata tras apuntar que el material disponible es aportado colectivamente.

Anxo, a la izquierda en la imagen, trabaja en sus creaciones artísticas junto a sus compañeros del colectivo de 'Arte'. Autor: María de Castro.

Convertir lo privado en un espacio público y útil

La autogestión a la que hace referencia es una de las claves del funcionamiento de estos espacios. Por eso los colectivos que realizan actividades de forma habitual colaboran haciendo turnos de barra en el bar y realizando tareas de limpieza de las instalaciones. Precisamente en plenas labores de mantenimiento se encuentran en el ESOA la Dragona, uno de los centros sociales más emblemáticos de la capital. Llevan una década instalados en un edificio modernista a la entrada del cementerio de la Almudena, en las dependencias que en otro tiempo alojaron oficinas y viviendas de trabajadores del camposanto.

Allí Iker (nombre ficticio) se afana en intentar arreglar una gotera tras las lluvias de las últimas semanas. Hace un par de meses les llegó la última orden de desalojo, pero no se rinden. Están reestructurando el espacio para hacerlo más atractivo para los vecinos. "Queremos crear tejido de barrio. Tenemos una tienda de ropa gratis —donde la gente pueda coger lo que necesite— y una biblioteca. La idea es sacarlas a la calle para que la gente se acerque y sientan La Dragona como algo suyo", me explica tras reconocer que antes el centro era bastante hermético y replegado en sí mismo, una dinámica con la que quieren acabar.

Un dragón de papel corona la biblioteca del centro social, que se encuentra en reformas. Autor: María de Castro.

Un dragón de papel corona la biblioteca del centro social, que se encuentra en reformas. Autor: María de Castro.

Se trata de algo necesario para que se desvanezca ese halo de sectarismo que aún planea sobre muchos centros sociales, donde en demasiadas ocasiones el visitante se siente un intruso. Otros clichés, como el de que sus activistas son "una panda de vagos", se desmontan más fácilmente. Basta con comprobar la efervescencia que bulle en La Dragona. Sus cuatro plantas asisten al trasiego constante de los integrantes de la asamblea, que están reformando dependencias como la sala de estudio o el taller donde se arreglan las bicicletas. También hay hueco para un gimnasio, un estudio de grabación o un huerto situado en la azotea. Las vistas son espectaculares y no puedo evitar imaginarme a un señor con inclinaciones obscenas hacia los fondos buitre salivando en su despacho ante las posibilidades que ofrece este rincón.

La huerta del ESOA 'La Dragona' se encuentra en la terraza del edificio y cuenta con unas vistas privilegiadas de la ciudad. Autor: María de Castro.

Una plataforma de solidaridad entre los vecinos

Decido seguir mi periplo por centros sociales madrileños y acabo frente al Eko, un gigantesco espacio de más de 4.000 metros cuadrados que ocupa un antiguo economato en el barrio de Carabanchel. A estas alturas he comprendido que estos lugares son un reflejo de los barrios en los que se encuentran y aquí el acento de jóvenes latinos convive con conversaciones de veteranos de la zona cuya única patria son las canciones de Rosendo. En la entrada un grupo de mujeres reparte cestas de comida a vecinos que la necesitan. Hay legumbres, galletas y bollos que les dona una panadería cercana.

Carlos, un joven peruano de 25 años, mete los productos en su mochila. Llegó a España hace cuatro meses y trabaja de vez en cuando en un restaurante de la zona. Mientras, espera que le concedan los papeles para quedarse. Pero sin papeles no hay contrato y sin contrato el dinero escasea. "Como tengo bastantes gastos me puse a buscar y me enteré de esto. Tenemos un grupo de whatsapp y nos organizamos para ver quién recoge la comida en los sitios donde la ofrecen. Es muy colaborativo", relata mientras me ofrece una de las magdalenas de su cesta.

Carlos, un vecino del barrio, acude semanalmente a recoger una de las cestas de alimentos solidarios que se reparte desde el centro social. Autor: María de Castro.

Poco después del reparto de cestas arranca el taller de vivienda, donde asesoran a familias que han recibido órdenes de desahucio o tienen problemas para afrontar los gastos del alquiler. Tal y como me explica Aníbal, uno de los portavoces del centro, de vez en cuando organizan fiestas para pagar las multas de los vecinos que corren el riesgo de perder sus casas. La solidaridad es la máxima y, aunque aquí también se realizan actividades culturales como talleres de swing o teatro, el cariz social es más marcado que en otros centros. Las necesidades del barrio así lo requieren.

Y, sin embargo, fuera de sus muros el recelo persiste. Hay quien ve en estos espacios una versión wannabe de esos  soviets a los que aludía Esperanza Aguirre. "Se pone el foco en la forma de propiedad: parece que si alguien okupa es conflictivo y si compra no. Y en realidad es un problema de convivencia. Tú puedes okupar y comportarte como el mejor vecino y también puedes comprar un piso y ser un cafre. En el Eko tenemos buena relación el barrio. De hecho se hacen muchas actividades con AMPAS de colegios de por aquí", argumenta Aníbal.

En contra de lo que muchos piensan, los centros okupados acogen actividades para gente de diferentes edades y gustos. Autor: María de Castro.

En contra de lo que muchos piensan, los centros okupados acogen actividades para gente de diferentes edades y gustos. Autor: María de Castro.

Luchando contra los viejos prejuicios

Decido abordar a los viandantes de la zona para comprobar si comparten esta opinión. La mayoría valora positivamente la labor del Eko, aunque hay voces discordantes. Pilar, una octogenaria que lleva más de media vida en el barrio, me noquea con una frase: "¿Esos que están en el antiguo economato? Esos no hacen nada. Son unos vagos con carteles anárquicos". Me viene la imagen el humo, el cóctel molotov y el sofá. Y sin querer sonrío. Aún hay muchos estereotipos que vencer hasta que los centros okupados sean un patrimonio común para el conjunto de la ciudadanía, como ya sucede en países como Italia o Alemania.

Entretanto, tocará escuchar atentamente las canciones de AitanaWar, cantar fuerte eso de "pa' fuera lo malo" y comprobar que no pasa nada por cruzar su umbral. Te prometemos que no se activará ningún resorte que te incite a quemar contenedores, pero igual te sirve para animarte a echar una mano a tus vecinas y vecinos, aprender portugués o disfrutar de nuevos grupos de música en directo. Y quizás hasta acabes sintiendo que, en general, resulta más satisfactorio desalojar prejuicios que centros sociales.