Cuando solo puedes ser madre gracias al óvulo de otra

Todas las mujeres damos por hecho que podremos ser madres algún día si así lo decidimos. Así que, a veces en pareja y a veces solas, esperamos el momento óptimo para dar el paso creyendo que será tan fácil como abrirse de piernas y esperar nueve meses. Esperamos a tener al padre adecuado. Esperamos a tener un trabajo estable, un hogar razonable. Esperamos que nos llegue la madurez, que el ansia maternal se imponga sobre las ganas de salir de fiesta, de viajar, de sentirnos libres y jóvenes. Pero, ¿y si cuando llega el momento de sentar la cabeza y quedarnos embarazadas, nuestros óvulos ya no sirven para eso?

Nos hemos pasado la vida poniendo tierra de por medio para que ningún espermatozoide sea capaz de fecundarnos. Preservativos, píldoras, marcha atrás. Quedarse embarazada debería ser tan sencillo como dejar de usar todo eso. Pero no siempre lo es. Y entonces llegan las dudas: ¿tengo un problema o lo tiene él?, ¿será porque he fumado demasiado?, ¿se me habrá pasado el arroz? Luego vienen las pruebas médicas, las hormonas, la fecundación in vitro y, si no queda otra, tal vez recurrir a una donante de óvulos.

Solo en Cataluña, más de 1.600 bebés nacen cada año de la fecundación de un óvulo donado. Pero a pesar de que este procedimiento se practica de forma habitual, todavía es un tabú en nuestra sociedad. Mientras los embarazos se celebran y se anuncian a los cuatro vientos, la esterilidad es el secreto mejor guardado de las parejas heterosexuales. Y eso hace que, cuando una mujer se enfrenta a la imposibilidad de ser madre con sus propios óvulos, su preocupación —si eso no fuera suficiente— se extienda al qué dirá la gente, o incluso cómo se lo explico a mi familia.

El calvario de los tratamientos de fertilidad

Para Alba (que prefiere no revelar su verdadero nombre), el momento óptimo llegó en 2012. Tenía 32 años y estaba recién casada. Dejaron de usar protección, ilusionados, sin imaginarse el vía crucis que empezaban a recorrer. Después de varios meses sin éxito, acudieron a la Seguridad Social, donde el tiempo medio de espera para un tratamiento de fertilidad era de casi dos años. Según las primeras pruebas, ella estaba bien. Su marido, en cambio, tenía una bacteria, que fueron capaces de eliminar con medicación. A partir de ahí, el embarazo parecía cuestión de tiempo.

Pero el método tradicional no daba resultados, así que el médico les recomendó la fecundación in vitro y, a principios de 2015, empezaron el tratamiento con muchas dudas y ansiedad, pero una nueva esperanza de lograr su objetivo. “En la Seguridad Social te sientes como un animal”, recuerda Alba. “Pasábamos horas de espera en los pasillos, hablaban de mí sin explicarme lo que estaba ocurriendo y nos hacían las pruebas en grupo, de cinco en cinco. Una se desvestía mientras la otra se abría de piernas, y muchas salíamos llorando. A una le faltaba un ovario, otra había tenido ya dos abortos, aquello era el museo de los horrores”.

Llegó a creer que estaba embarazada. No le había venido la regla, tenía los pechos hinchados y olía la carne a kilómetros. Pero todo era producto de la progesterona que le habían administrado. Alba intentó dos veces la fecundación in vitro, pero los ovocitos que le extrajeron no tenían la calidad suficiente y los embriones, ya fecundados, no se agarraron a su útero. Renunció al tercer intento, porque era demasiado duro. “Tus ovarios se están riendo de nosotros, hija, esto es lo que hay”, llegó a decirle el médico. “Vuestra única opción, aparte de adoptar un niño, es la ovodonación”.

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Edad biológica frente a edad social

Los especialistas dicen que el cuerpo de la mujer se encuentra en un estado óptimo para concebir entre los 20 y los 30 años. En ese periodo, las posibilidades de sufrir un aborto o de que existan problemas genéticos es inferior al 20%. Sin embargo, conforme nos vamos acercando a los cuarenta, ese porcentaje llega a invertirse, hasta que solo uno de cada cinco embarazos es del todo satisfactorio.

“Es un gran avance que nosotras podamos elegir cuándo queremos ser madres; el problema es que la realidad social va por un lado y nuestro cuerpo por otro”, explica Delia Pop, psicóloga especializada en problemas de fertilidad. A su consulta han llegado mujeres desconcertadas, disgustadas, incluso cabreadas. ¿Qué he hecho yo para que me ocurra esto? ¿Por qué todas pueden ser madres y yo no? Y como en su entorno no se habla de esterilidad, tienden a pensar que son una excepción.

Para Delia, uno de los principales problemas es que no se informa lo suficiente sobre el deterioro que sufren los ovarios con la edad. Seguimos teniendo la regla, el ginecólogo nos dice que todo va bien, pero nadie nos advierte de que, pasados los 30, nuestro cuerpo ya no es el mismo. Y como todas tenemos otras prioridades a esa edad, y hemos visto a mujeres de más de 40 quedarse embarazadas, pensamos que no hay prisa.

Hasta 8.000 euros por el óvulo de otra mujer

Para Alba, que ya había abandonado toda esperanza de éxito con la fecundación in vitro, fue un auténtico shock escuchar que solo podría quedarse embarazada si utilizaba un óvulo ajeno. Pero su marido y ella decidieron que no iban a renunciar a ser padres y ahora mismo están inmersos en ese proceso. Preguntaron en varias clínicas privadas —ya que la Seguridad Social no cubre este procedimiento— y recibieron presupuestos de entre 5.000 y 8.000 euros. “Es algo más barato si utilizas los óvulos sobrantes de otras parejas, o si vas a otro país como Portugal”, señala Alba a la vez que reconoce que "no es algo que todo el mundo pueda permitirse”.

Finalmente van a pagar algo más de 7.000 euros y esperan conseguir una donante pronto, ya que los rasgos físicos de Alba y su marido son bastante comunes. “Buscan a alguien que se parezca a ti, en el color de la piel, de los ojos, del pelo para que el bebé también sea similar. A estas alturas lo de menos es de quién sea el óvulo. Queremos ser padres y ya está. Hace un año habría dicho que no. Pero va pasando el tiempo, recibes un mala noticia detrás de otra y al final piensas en lo que realmente merece la pena”, reconoce.

Del dinero que ellos van a pagar a la clínica, unos 1.000 euros irán a parar a una donante que deberá someterse a una serie de pruebas médicas y psicológicas y a un tratamiento hormonal antes de que le extraigan los óvulos. Para ella tampoco será un proceso sencillo, pero es cierto que no puede compararse con el calvario al que se enfrentan las parejas que sufren esterilidad. “Es una opción libre y muy personal, pero la mujer que nos dé un óvulo nos estará dando la mayor alegría de nuestra vida y, aunque todo sea anónimo, yo le estaré siempre muy agradecida”, asegura Alba.

Estériles en clandestinidad

Los problemas a los que se ha enfrentado Alba en estos años, desde el punto de vista psicológico, son muchos. Al principio se sentía culpable por haber fumando durante tantos años, por haber esperado demasiado, etc. Veía embarazadas por todas partes y se moría de celos, y eso le daba aún más rabia porque nunca había sido envidiosa y no quería serlo. Y además de todo eso, ha tenido que soportar las típicas preguntas impertinentes: “¿Y cuándo nos vais a dar nietos?” “Ya lleváis tiempo casados, ¿para cuándo el niño?” “Anda, no estás bebiendo alcohol… ¿no estarás embarazada, pillina?”

Lo peor, dice Alba, es la soledad. Aunque cuenta con el apoyo de su marido, los hombres suelen enfrentar la situación de otra manera e incluso intentan quitarle hierro para que no cambie completamente sus vidas. Tampoco es fácil explicárselo a tus amigos. “Cuando les contamos que estábamos probando la fecundación in vitro, hubo gente muy cercana que no era capaz de entenderlo, que intentaba obviar el tema, incluso les sentaba mal. Algunos no quieren ni escucharte hablar de eso, por pura ignorancia, supongo. Se sienten incómodos y hacen que para ti aún sea más duro”, cuenta Alba.

La infertilidad es un tabú. Nadie quiere reconocerla. Alba y su marido han llegado a descubrir que otros amigos suyos estaban sometiéndose a un tratamiento porque los han pillado in fraganti en una consulta médica. “Nosotros les habíamos contado que teníamos ese problema y ellos no habían sido capaces de decir la verdad”. Hablar de la ovodonación es más difícil todavía. “Ya no toco ese tema con mis amigas, solo con mi familia. Y, aunque no se pueden comprar ni vender óvulos, casi siento que estoy traficando con ellos clandestinamente”, dice Alba.

Cómo asumir que un óvulo ajeno es tu única opción

“Nadie le tiene especial cariño a su genética hasta que tiene que renunciar a ella”, explica Delia Pop. Las mujeres que acuden a su consulta de psicología cuando ya se están planteando recurrir a la donación de óvulos suelen tener dos preocupaciones. La más inmediata es que no saben si serán capaces de querer al niño que den a luz, sabiendo que no es suyo biológicamente. La segunda duda es cómo se lo explicarán —si es que deciden hacerlo— el día de mañana, cuando sean adultos. Se preguntan si serán buenas madres y se culpan de tener esas dudas en lugar de irradiar felicidad. Pero, ¿a qué mujer no le asusta la maternidad, por muy fértil que sea?

“Mi estrategia es normalizarlo. Deben saber que es normal sentir todas esas emociones y dudas, aceptarse a sí mismas incondicionalmente y permitirse sentir todo lo que están sintiendo”, cuenta Delia. Y lo mismo deben hacer los hombres. Si ella llora, quizá la clave no sea intentar calmar ese llanto sino soportar el torrente de emociones y simplemente estar ahí.

Otra preocupación recurrente entre las mujeres que deciden tener un hijo con un óvulo ajeno es hasta qué punto ese niño será diferente a ellas. ¿Notará la gente que no hay ningún parecido físico? ¿Se sentirá distinto a su familia cuando sea mayor? La buena noticia, según un estudio de la Fundación IVI, es que el mero hecho de tener un bebé en el vientre durante nueve meses puede hacer que el genoma del futuro bebé se modifique, pareciéndose más al de la madre gestante. “Hemos comprobado que hay un intercambio entre endometrio y embrión, algo que ya sospechábamos por la coincidencia de algunos rasgos físicos entre madres e hijos de ovodonación”, asegura el investigador Felipe Vilella. Es lo que se conoce como epigenética.

En cualquier caso, renunciar a tener un bebé biológico, igual que renunciar a la maternidad en general cuando ninguna opción es viable, significa abandonar un sueño y, desde el punto de vista psicológico, despedirse de alguien, aunque nunca haya existido. “Decir adiós a tus óvulos, o decir adiós al bebé que ya no vas a tener, es casi como perder a un ser querido. Implica un duelo y debe abordarse de la misma manera”, afirma Delia. Por tanto, es inevitable atravesar las fases de negación, enfado, negociación y tristeza, para llegar finalmente a la aceptación.


Crédito de las fotografías Anne Puhlmann