Así fue mi experiencia comiendo por 200 euros en un restaurante de estrella Michelin

Amo comer. Es una de las cosas que más me gusta hacer en el mundo. Puede que digas que a ti también, que a quién no... Ya, pero, ¿tú pagarías 200 euros por una comida? No me digas que no los tienes porque probablemente te hayas gastado eso en tu último finde en Londres, en el festival al que fuiste el verano pasado o comprándote ropa en los últimos seis meses. Es una cuestión de prioridades y a mí me apasiona la cocina. Así que quise probar la que hacen en un restaurante con estrella Michelin.

Mi afición por la comida no empezó ayer, todo el mundo que me conoce sabe que el mejor regalo de cumpleaños para mí es un buen restaurante y ya había tenido la oportunidad de ir a alguno caro en el que había disfrutado muchísimo. Sin embargo, nunca había probado uno de los top, del selecto grupo al que la guía francesa Michelin le ha dado alguna estrella. El máximo son tres y en España hay 11 restaurantes que tienen tres estrellas en 2018 entre los que están los más famosos, como el Celler de Can Roca de Girona, que también fue nombrado el mejor restaurante del mundo en 2015 por la revista británica Restaurant, pero también están el DiverXO de David Muñoz en Madrid o el clásico Arzak en San Sebastián.

Los 32 platos que estábamos a punto de comer.

Todos ellos están en mi lista mental de sueños a alcanzar, pero todavía tengo 25 años y me queda margen para llegar a lo más alto. Igualmente la mayoría de estos restaurantes tienen listas de espera de meses o incluso años y yo quería algo más asequible. Así que, con unos amigos, que también son de buen comer como yo, nos propusimos que antes de que acabara 2017 teníamos que probar una de estas experiencias —porque nos habían dicho que en estos restaurantes no cuenta solo la comida que te llevas a la boca, sino todo lo que vives desde que entras por la puerta hasta que la cierras detrás de ti—. Elegimos el restaurante Disfrutar de los tres últimos jefes de cocina del difunto Bulli: Mateu Casañas, Oriol Castro y Eduard Xatruch. Tiene una estrella, nos lo habían recomendado y solo teníamos que esperar un par de meses desde que hicimos la reserva.

Llega el día de la reserva

El día de la comida me desperté con una mezcla de ilusión y nervios. Tenía muchas expectativas, sabía que iba a pagar mucha pasta y me aterrorizaba la idea de salir de ahí con una sensación de 'bueno, tampoco es para tanto'. También me preguntaba si me gustarían todos estos conceptos de la alta cocina de liofilización o deshidratación que suenan a humo con sabor a comida o si dentro de los 32 platos que me iban a servir habría alguno del que pudiera decir: "esto lo hago yo en mi casa". Pero no, no fue el caso.

La presentación de cada plato era realmente espectacular.

Desde que entramos en el número 163 de la calle Villarroel, el recibimiento fue de 10. Nos hicieron un tour por el restaurante, nos enseñaron la cocina, nos explicaron cuál es su filosofía y nos acomodaron en nuestra mesa. Una vez sentados tuvimos que elegir entre tres menús de 120, 160 y 185 euros y, como no teníamos previsto volver en breves a un restaurante de esta categoría, decidimos tirar la casa por la ventana e ir a por el más alto. Con lo que no nos volvimos locos fue con el vino y, aunque había opciones de maridaje más caras, nos quedamos con un par de botellas que valían 20 euros cada una.

Se levanta el telón

Entonces empezó el espectáculo. Llegó el primero de los 32 platos y nos explicaron qué era y cómo se tenía que comer para explotar al máximo su sabor. Por ejemplo, había un huevo frito por fuera, dentro estaba la yema y tenías que dar un pequeño bocado y volcar la yema en el recipiente de abajo que era una gelatina de champiñones. De gelatina también estaban hechos unos macarrones con una espuma de salsa carbonara que hicieron que nunca más pudiera volver a mirar con los mismos ojos la triste pasta que me hacía yo en casa.

Los espectaculares macarrones de gelatina con espuma de Disfrutar.

Todo estaba organizado y planificado para que el orden en el que traían los platos tuviera sentido. Estaban los entrantes más básicos pero sorprendentes —como el lichi con perlas de rosa—, después había otros que tenían más consistencia, luego llegaron los primeros, los segundos, tanto de carne como de pescado —aunque entre ellos había varios platos que ayudaban a hacer la transición— y, por último, los postres. De estos, el que más me llamó la atención fue uno con cerezas que dentro tenían una especie de crema y que había que comer de golpe para que todo el sabor explotara en la boca. La textura era muy peculiar y no se parecía a nada que hubiese tocado mi paladar hasta entonces.

Nunca había probado algo que se pareciera tanto a una cereza y que fuera tan explosivo.

Desde que entramos en el restaurante a las 13.30h hasta que salimos a las 18h todo fue sublime. Sí, yo tampoco pensé que podría pasarme cuatro horas y media comiendo, pero se me pasaron volando y, entre los platos y el servicio, no me hubiese importado quedarme ahí dos horas más. Evidentemente no es algo que vaya a poder hacer todos los meses, pero no me importa privarme de unos cuantos caprichos para poder hacerlo por lo menos una vez al año. Y quién sabe si algún día podré ir a uno de esos 11 restaurantes de tres estrellas. No descarto que, del placer, me liofilice y me convierta en vapor mientras esté comiendo. Pero seguro que la experiencia habrá valido la pena.