Ese Duro Momento En El Que Te Das Cuenta De Que Ya Eres Adulto

Ya está aquí. Ha llegado. Ese momento en el que te das cuenta de que tienes la edad de las personas a las que siendo un niño, con siete u ocho años, mirabas como si fueran gente seria, resuelta, con la solución a cualquier problema. Y mayor, muy mayor. En realidad, rondas la treintena y no te sientes ni mínimamente preparado para afrontar las responsabilidades que les presuponías a esos adultos respetables.

Sí. Llevas una vida más o menos adulta. Trabajas y si tu sueldo te lo permite, te habrás independizado. Tomas cerveza, vino o copas. Te reúnes en bares con tus amigos: coméis, brindáis, charláis y os reís con carcajadas fuertes y sonoras que sorprenden a los niños que ahora os ven como su proyección futura. Sin embargo, tú no lo tienes claro. Te ves a medio camino entre intentar ser ese adulto decidido, de ideas claras y decisiones correctas que pensabas que era esa gente mayor; y el joven, todavía un poco a por uvas, que se ve diminuto y no muy convencido de echarse sobre los hombros el peso de determinadas decisiones que implican los cambios de etapa.

Y la verdad, que frases como "yo a tu edad ya me había comprado una casa y tenía trabajo fijo" no ayudan.

Exceptuando el momento de elegir, con 17 o 18 años, si estudiarías o no y, en caso de hacerlo, qué tipo de formación escogerías, probablemente te encuentras en ese momento en que algunas de tus decisiones pueden marcar irreversiblemente el rumbo de tu vida.

Y tomas consciencia de ello de una manera muy tonta, en un instante alejado de cualquier atisbo de reflexión: alzando la copa llena de vino para brindar con tus amigos, los de toda la vida, en un restaurante, lejos del calimocho que te podías pagar en las tardes de hamburguesa a un euro y noches de botellón adolescente en un parque. Y es que, cambiando ligeramente lo que escribió el poeta Gil de Biedma, te das cuenta que ahora de casi todo empieza a hacer mucho tiempo.

Inevitablemente, brindáis por más cenas como esa, aunque entre cada una pasen cada vez más meses. Os ponéis al día porque hay mucho que contar. Los temas de conversación cambian: futuras bodas, hipotecas, alquileres, emigración, trabajo nuevo o preocupación por la falta de él... sustituyen a exámenes suspendidos, asignaturas aprobadas, viajes de fin de curso, fiestas de fin de semana, a rollete muerto rollete puesto...

Y sientes una punzadita de nostalgia. Por esas horas de recreo, corriendo y saltando como si no hubiera un mañana. Por las excursiones a la montaña una vez al trimestre. Por los campamentos de verano y las cartas (sí, en papel) que te mandaban tus padres para decirte lo mucho que te echaban de menos. Por la sala de castigados y las amistades que salieron de ella. Por el equipo de baloncesto, el de fútbol y hasta las clases de ballet. Por la función de fin de curso (benditos ridículos y los vídeos que han dejado para la posteridad). Por ese chico que tanto te gustó y del que ahora no sabes nada.

En definitiva, por una época en que tu mundo se reducía al colegio y tu máxima preocupación era tener listos los deberes antes de empezar a cenar. Pero has cambiado y la vida adulta, con sus decisiones, sus problemas y sus responsabilidades, te ofrece también un sinfín de retos, oportunidades y experiencias que exprimir como si se tratara de nuestra última carrera en el recreo antes del toque de campana para volver a clase. Para que dentro de otras tres décadas, cuando de casi todo vuelva a hacer mucho tiempo, no pueda asaltarnos la duda de si habremos disfrutado al máximo lo que se nos puso por delante.